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Pocos ámbitos hay en los que la colaboración entre personas resulte tan vital para el resultado final como en una orquesta sinfónica, un microecosistema en el que cada individualidad debe ponerse al servicio del conjunto. Charlamos con Virginia Martínez (Molina de Segura, 1979), una de las grandes batutas de nuestro país, para descifrar los secretos del trabajo en equipo que permite que el silencio de una partitura se convierta en música. Directora honorífica de la Orquesta Sinfónica de la Región de Murcia (OSRM), directora titular de la Joven Orquesta Sinfónica de Cantabria (JOSCAN) y catedrática de dirección de orquesta del Conservatorio Superior de Música de Murcia, la músico, que recientemente se ha hecho un lugar en los hogares de nuestro país por su participación como jurado en el talent show lírico ‘Aria’ de RTVE, explica cómo lograr que la suma de talentos individuales confluya con armonía en una visión y un objetivo compartidos.
Una orquesta está formada por decenas de personas que tienen que aunar sus esfuerzos para crear un elemento único: la música. Y tu trabajo, como directora, es conseguir que todos vayan a una. ¿Cómo se transforma un conjunto de partituras independientes en una única melodía?
El trabajo de dirección de orquesta ha ido evolucionando a lo largo de los años y hoy es más democrático. Ya no se trata únicamente de plasmar la idea del director, sino que el resultado final es producto de un trabajo conjunto. El director aporta una visión de conjunto de la obra, más amplia que la de los músicos, que se fijan básicamente en su propia partitura. Pero siempre debe haber un espacio para las propuestas de la orquesta, que surgen además de manera natural durante el proceso. Eso es lo más valioso, el feedback continuo entre orquesta y director.
Una vez que se llega a la sala de ensayos, ¿cómo se orienta el trabajo de integrantes e instrumentos diferentes para llegar a esa meta final? Más allá de la parte musical, ¿qué importancia cobra la escucha activa en este proceso tanto entre músicos como desde la labor de dirección?
Ningún director puede dirigir sin saber lo que está ocurriendo a su alrededor, y para eso necesita escuchar. Durante muchos años la imagen que se ha proyectado del director de orquesta era poco menos que la de un tirano que imponía su criterio por encima de todo y de todos. Hoy esa concepción ha cambiado. Es fundamental que el músico se sienta partícipe, y para ello hay que fomentar la escucha activa y la capacidad democrática de la música. Karajan decía que su secreto estaba en dejar a los músicos libertad para hacer lo que él quería.
«No se puede dirigir sin saber lo que está ocurriendo alrededor, y para eso se necesita escuchar»
Una buena orquesta está formada por músicos que, de forma individual, también son buenos. ¿Cuáles dirías que son las claves para garantizar que el trabajo en grupo y el trabajo individual confluyan de forma armoniosa? ¿Qué valor tiene la diversidad de pensamiento, técnica o talento?
La diversidad es fundamental. El dejarse sorprender por la propuesta musical de un solista, de una sección o incluso de toda la orquesta. Nosotros no trabajamos con ordenadores, trabajamos con almas humanas, y a veces eso es complicado de gestionar. Para mí uno de los aspectos más difíciles de la dirección de orquesta es esa parte psicológica, cómo generar un buen ambiente de trabajo y lograr que todos los miembros del grupo trabajen por un objetivo común. Se necesita mucha empatía, respeto mutuo e inteligencia emocional. A veces, simplemente la manera en la que dices o pides las cosas te lleva a conseguir unos resultados u otros. Es algo que no forma parte de los programas académicos de los conservatorios. Yo tuve la fortuna de trabajar con dos maestros extraordinarios en Viena, Georg Mark y Reinhard Schwarz, que me enseñaron a gestionar esa faceta psicológica de la orquesta.
Se dice que la música es el único lenguaje universal capaz de unir a sociedades a priori distintas. En un mundo fragmentado, ¿cómo logra una partitura crear un sentimiento de pertenencia instantáneo entre personas que no se conocen de nada?
Esa es la magia de la música. ¿Cómo se consigue? No lo sé. De repente, el director coge la batuta, el violinista levanta el arco, la tuba toma aire para soplar por la boquilla y todo se unifica. Efectivamente, la música es un lenguaje universal y no hace falta que seamos del mismo país ni hablemos el mismo idioma ni compartamos cultura para sentirla. Una pieza de Mozart puede emocionar en España, en Japón o en Sudamérica. Es el gran tesoro que podemos compartir con cualquier ser del planeta.
En una entrevista para Ethic, el maestro Víctor Pablo Pérez afirmaba que «las orquestas tienen la obligación de acercar su trabajo a todo tipo de públicos». ¿Debe la cultura trabajar para la comunidad? ¿Cómo podría hacerlo?
Estoy totalmente de acuerdo. La cultura y la música, en particular, es un bien de todos, y no es justo que solo la disfruten quienes puedan permitirse pagar cien euros por una entrada. Hay muchas maneras de gozar de la música más allá de las cuatro paredes de un gran auditorio, solo hay que echarle imaginación. Se puede llevar a la calle, a los colegios, a los hospitales, a las residencias de ancianos. Hay muchas iniciativas muy interesantes en ese sentido, como Ópera Sin Fronteras, de Paco Azorín, que hace un trabajo increíble llevando la música a países de África para montar una ópera absolutamente desde cero.
«Hay muchas maneras de gozar de la música más allá de las cuatro paredes de un gran auditorio, solo hay que echarle imaginación»
En una orquesta, un fallo individual puede arruinar el conjunto, pero la presión excesiva bloquea el talento. ¿Cómo se gestiona el error en un entorno colaborativo de alto rendimiento para que se convierta en aprendizaje y no en miedo?
El error es necesario porque sin error no puede haber aprendizaje. Forma parte de la formación de todo músico. Algo que ha hecho mucho daño en el pasado ha sido una cierta obsesión con fijarse únicamente en los fallos de una interpretación, olvidando todas las demás cosas que están sucediendo sobre ese escenario. Es una losa que ha pesado mucho durante mucho tiempo en la formación musical. Yo misma he sufrido cuando estudiaba piano. Me llevaba esos fallos conmigo a casa y llegaban a afectarme a nivel personal, algo que, como me dijo una vez un psicólogo, es una barbaridad. Yo creo que el error nos hace humanos y es parte de la magia de una interpretación en directo. Si quiero escuchar una interpretación perfecta de una sinfonía de Beethoven, me pongo el disco. El error en la música en directo demuestra que estamos vivos. ¿Cómo se gestiona en la fase de formación? Nuestra misión como educadores es dar sosiego y confianza al estudiante que ha cometido un fallo para ayudarle a seguir avanzando.
¿A veces el mejor director es el que «desaparece» para dejar que la orquesta brille por sí sola? ¿Cuándo debe un líder dar un paso atrás y confiar en la inercia del equipo que ha construido?
Para mí esa ha sido una enseñanza que me ha costado aprender. Llevarla a la práctica no es inmediato porque es una cuestión de confianza y necesitas tiempo para llegar a conocer a las personas. Un director invitado, que solo va a trabajar con la orquesta durante una semana, no dispone de ese tiempo. Un trabajo continuado, como el que tienes cuando eres director titular, sí te permite estrechar esos lazos. Y cuando empiezas a confiar, a delegar y a soltar, la dirección de orquesta se convierte en el trabajo más maravilloso que existe.
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