Ana Mombiedro
«Nuestra casa influye en quiénes somos y quiénes podemos llegar a ser»
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Los espacios que habitamos marcan nuestra realidad. Si son luminosos u oscuros, si están ventilados o no, o si hay mucho ruido, mucho frío, mucho calor… todos estos aspectos afectan nuestra vida diaria, ya sea en el propio hogar, en los centros educativos o en el lugar de trabajo. La arquitecta y neuropsicóloga Ana Mombiedro explica cómo a través de la neuroarquitectura se pueden diseñar espacios que tengan en cuenta las necesidades fisiológicas, emocionales y cognitivas de quienes los habitan.
«Tu casa es tu identidad» es una creencia extendida. Desde la perspectiva de la neuroarquitectura, ¿cuán cierto es que el espacio en el que vivimos impacta sobre quienes somos o sobre cómo nos percibimos?
Yo diría que la casa no solo habla de quiénes somos, también influye en quiénes podemos llegar a ser dentro de ella. A veces pensamos que decoramos una casa desde nuestra identidad, pero ocurre también al revés: el espacio nos va moldeando poco a poco. Una casa puede ayudarte a sentir calma, pertenencia, seguridad, claridad mental… o puede hacerte sentir en tránsito, saturada, expuesta o cansada sin que sepas muy bien por qué. El entorno nos está dando información constantemente, la neuroarquitectura es una disciplina científica que mide cómo el cuerpo recibe esta información. Lo que estamos viendo en diferentes investigaciones es que si podemos descansar, si tenemos intimidad, si hay luz, si hay orden, si hay belleza, el cuerpo puede bajar la guardia. Por eso, más que decir que «tu casa es tu identidad», diría que tu casa modela tu identidad. Lo mismo sucede con las ciudades, la oficina o el cole…
«Si tenemos intimidad, luz, orden, belleza, el cuerpo puede bajar la guardia»
¿Cuáles son los principales problemas que ha observado la neuroarquitectura que impactan en mayor grado y de forma negativa sobre el cerebro? Por ejemplo, ¿la iluminación incorrecta, la falta de ventilación…?
Hay dos puntos aquí. Uno es qué observa la neuroarquitectura. En realidad, la neuroarqutictura experimental mide y busca correlaciones. Mide, por ejemplo, la temperatura de la luz y la concentración de la persona. Establece así relaciones de qué pasa en condiciones de laboratorio. Y aquí está también el desafío porque lo que sucede en el laboratorio no necesariamente tiene que suceder así en la vida real, fuera de las condiciones controladas del laboratorio. Si queremos llevar esta parte de la neuro al proyecto construido, por ejemplo, cuando hablamos de luz no nos referimos únicamente a «ver bien». La luz tiene que ver con nuestro ritmo circadiano, con la energía que tenemos durante el día y con cómo dormimos por la noche. El ruido tampoco es solo molestia: obliga al cerebro a estar filtrando información todo el tiempo. Luz y sonido son dos parámetros muy estudiados que sabemos que impactan muy negativamente. Pero deberíamos también hablar de la presencia de la naturaleza, de las proporciones… la realidad es multisensorial.
«El espacio emocional es la capa invisible de la arquitectura»
¿De qué hablamos cuando hablamos del «espacio emocional»? ¿Cómo impacta sobre el estado de ánimo y la salud?
Para mí el espacio emocional es ese lugar que no solo ocupas, sino que sientes. Es la capa invisible de la arquitectura: lo que un espacio despierta en tu cuerpo antes incluso de que lo puedas explicar con palabras. Hay habitaciones que te invitan a compartir a hablar. Pienso en algunas consultas de psicología, cómo están dispuestos los sofás, los colores, los materiales… Yo trabajo en el ámbito educativo, soy docente, y sabemos que hay aulas que invitan a participar. También he trabajado en proyectos de investigación-acción en consultas de enfermería pediátrica, y ya sabemos que la disposición de los muebles o qué objetivos hay a la vista puede tranquilizar o alterar a los pacientes. Hace poco he hecho una actividad en el colegio Attilio Bruschetti sobre espacios y emociones con alumnos con resultados muy interesantes también… Es un mundo que empezamos a explorar por fin de manera ordenada. Pero no existen recetas, no podemos decir que un espacio con árboles calmará a una persona porque depende de la persona y de a qué nos referimos con «espacio con árboles». De ahí la importancia de las herramientas —principalmente cuestionarios– que he publicado en el libro Espacio cuerpo y mente.
Aprovechando tu experiencia como docente, ¿qué errores se cometen con frecuencia en el diseño de los espacios educativos?
El error más habitual es pensar que un aula es simplemente una caja donde metemos mesas, sillas, una pizarra y niños. Y no. Un aula es un ecosistema de atención, emoción, movimiento, vínculo y aprendizaje. Por extensión, la escuela es una microciudad donde los niños y niñas ponen en práctica sus habilidades sociales y comunicativas para aprender a gestionar su individualidad y colectividad. Los docentes somos acompañantes en este bellísimo proceso de maduración que define al ser humano. Esta es mi mirada, que otros docentes pueden o no compartir, pero lo veo así, desde la óptica de docente y diseñadora. He visto centenares de espacios educativos rígidos, donde solo es posible una única forma de estar y de aprender. Todo mira hacia delante, todo ocurre sentado, todo está pensado para el control visual del adulto, pero no siempre para las necesidades reales de los niños o adolescentes. Personalmente no abogo por el modelo diametralmente opuesto, sino que necesitamos encontrar un modelo híbrido que funcione. Sobre los errores más comunes, aparte de la rigidez, a menudo se cometen errores sensoriales importantes: mala acústica, luz artificial homogénea (con flickering), exceso de estímulos en las paredes, poca o mala ventilación, ausencia de rincones de calma o de espacios para moverse. Hay que tener en cuenta que aprendemos con el cuerpo entero. Si el cuerpo está incómodo, sobreestimulado o en alerta, el aprendizaje se vuelve más difícil.
Volvamos sobre la vivienda. Aplicar la neuroarquitectura a las obras nuevas (y de lujo) puede sonar relativamente fácil. Sin embargo, actualmente, gran parte de la población en España se está viendo afectada por la crisis de vivienda. La falta de oferta y los altos precios hacen que mucha gente tenga que vivir en espacios que le quedan pequeños o que no están en condiciones óptimas. De cara a esta realidad, ¿qué podemos hacer –especialmente cuando el presupuesto es reducido– para que los espacios que habitamos contribuyan a la salud física y mental y no al contrario?
Lo primero es no culpar a las personas. No todo el mundo puede elegir la casa que necesita, y hablar de bienestar espacial sin mirar la realidad económica sería muy injusto. Dicho esto, incluso en espacios pequeños podemos hacer ajustes que ayudan. El primero es reducir los objetos que tenemos en casa: despejar superficies, ordenar por grupos, guardar lo que no usamos, dejar que el ojo descanse. Si además podemos darle algún paisaje, ventana por la que mirar el cielo o un espacio verde, fenomenal. Esto ayuda a ampliar el espacio y relajar los músculos del ojo. El segundo es cuidar la luz: aprovechar la luz natural, evitar luces frías por la noche, crear puntos de luz más cálidos y bajos. Con algo tan sencillo como la luz podemos crear múltiples atmósferas en un mismo espacio, independientemente de su tamaño. También ayuda separar actividades aunque sea de forma simbólica. Si trabajas, comes y descansas en la misma mesa, el cerebro necesita pequeños rituales: recoger el ordenador, cambiar la luz, abrir la ventana, poner una manta, transformar el espacio. El filósofo Byung-Chul Han habla de cómo el ser humano necesita estos rituales… El hogar es un muy buen motor para cultivarlos. Y lo más importante, crear un microrrefugio. Una esquina, una silla, una lámpara, una planta. Un lugar dedicado a que el cuerpo pare y conecte con la mente. Pero no basta con hacerlo, ¡hay que darle uso!
«La arquitectura es también una herramienta política»
Porque hay una pregunta clave: ¿un espacio mal diseñado puede ayudar a crear desigualdades sociales y cognitivas? ¿Sería posible incluir la neuroarquitectura en las políticas públicas?
Sí, totalmente. El espacio también produce desigualdad, por eso digo que la arquitectura es también una herramienta política. No es lo mismo crecer en una casa con luz, silencio, ventilación y un lugar para estudiar, que hacerlo en un espacio hacinado, ruidoso o sin intimidad. No es lo mismo aprender en un aula bien ventilada y acústicamente cuidada, que en una donde el cuerpo está en alerta todo el día. Cuando hablamos de neuroarquitectura aplicada, la rama que yo practico, no deberíamos pensar solo en casas bonitas o proyectos de lujo. Deberíamos pensar en colegios, hospitales, vivienda social, residencias, barrios, transporte, bibliotecas. Ahí es donde más sentido tiene aplicar el conocimiento científico. Con respecto a esto, incluir la neuroarquitectura aplicada en políticas públicas no significa complicarlo todo, sino tomar mejores decisiones desde la evidencia: luz, aire, ruido, temperatura, accesibilidad, naturaleza, descanso, seguridad. Son cuestiones básicas que son competencia de las políticas públicas.
A pesar de que en el siglo pasado Victor Gruen buscaba crear «terceros lugares» que se asemejaran a las plazas públicas, hoy se conoce como el Efecto Gruen lo que sucede en tiendas o centros comerciales en los que parece que el tiempo se diluye porque no hay ventanas ni puntos de fuga que den sentido de duración. Ahora que tenemos más información sobre el impacto de la arquitectura sobre el cerebro, ¿cree que existe el riesgo de que la neuroarquitectura se utilice de forma manipulativa para influir en el comportamiento sin que las personas sean conscientes de ello?
Sí, y creo que es una pregunta muy necesaria. Es necesaria la implantación de un código ético del uso del conocimiento científico. Aunque el espacio siempre ha influido en el comportamiento y ha estado relacionado con aspectos sociales y culturales, ahora tenemos herramientas para entender cómo lo hace. Y eso puede usarse para cuidar, pero también para manipular. El ejemplo de los centros comerciales es muy claro: espacios sin ventanas, sin referencias temporales, con recorridos pensados para que pierdas la noción del tiempo y sigas consumiendo. En este caso el espacio está diseñado para orientar a la persona hacia una conducta consumista. Desde mi punto de vista, se cruzan líneas éticas que no se han abordado políticamente. Ahí está la gran responsabilidad.
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