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Bomarzo, inventario emocional de lo monstruoso

A unos noventa kilómetros de Roma, la Ciudad Eterna en el decir del poeta Albio Tibulo, en las estribaciones de los montes Ciminios, se emplaza la ciudad de Bomarzo, en la provincia de Viterbo, a cuyos pies, encajado en el valle, se despliega uno de los lugares más oníricos, formidables y sobrecogedores jamás vistos por el hombre: El Parque de las Maravillas, Bosque Sagrado o El Parque de los Monstruos, un inventario emocional de su creador, el enigmático duque de Orsini.

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Fotografía original

Wikicommons/Livioandronico203
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08
junio
2026

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Wikicommons/Livioandronico203

A unos noventa kilómetros de Roma, la Ciudad Eterna en el decir del poeta Albio Tibulo, en las estribaciones de los montes Ciminios, se emplaza la ciudad de Bomarzo, en la provincia de Viterbo, a cuyos pies, encajado en el valle, se despliega uno de los lugares más oníricos, formidables y sobrecogedores jamás vistos por el hombre: El Parque de las Maravillas, Bosque Sagrado o El Parque de los Monstruos, un inventario emocional de su creador, el enigmático duque de Orsini.

Los romanos creían que cada lugar estaba presidido por un espíritu que infundía al espacio de un carácter concreto, de una energía única, de una esencia impar, el genius loci. Así este parque, la quintaesencia del manierismo, del que dijo el traductor y ensayista italiano Ippolito Pizzettu que es «más importante que Versalles». Dalí, Bretón, Cocteau o Antonioni sucumbieron a su área.

«Vosotros que vais por el mundo, errantes, tratando de ver estupendas maravillas, venid aquí, donde encontraréis rostros horrendos, elefantes, leones, ogros y dragones». Así reza la bienvenida a una de las creaciones más fascinantes del Renacimiento, que procura una insólita prueba estética y sensitiva. Adentrarse en las aproximadamente cinco hectáreas del Bosque Sacro, surcado por saltos de agua y riachuelos, resulta una experiencia iniciática. No hay indicación alguna para su recorrido, se trata de dejarse llevar escuchando el idioma sonámbulo de la piedra.

«Vosotros que vais por el mundo, errantes, tratando de ver estupendas maravillas, venid aquí, donde encontraréis rostros horrendos, elefantes, leones, ogros y dragones», reza la bienvenida al parque

Más de una treintena de piezas, algunas de hechura colosal, se disponen de forma caprichosa por el parque. Fueron talladas directamente en rocas y bloques de peperino, una piedra volcánica color de la pimienta que sirvió como material para las construcciones del Capitolio romano. Destaca por su imponente tamaño La boca del infierno, una máscara granítica que muestra la ferocidad de un ogro abriendo su boca, dispuesto a engullir a quien ose atravesarla. En el labio superior, una inscripción: «Ogni pensiero vola», todo pensamiento es fugaz. Identificada con la entrada al inframundo, sorprende que en su interior uno encuentre una mesa que pudiera hacer tanto las veces de altar como de merendero. Esta sobrecogedora escultura sirvió de inspiración para la fachada de unos de los más insignes cabarets de París, Cabaret L’Enfer.

En el deambular, uno encuentra esfinges, piñas y bellotas grandiosas (símbolo de la dinastía Orsini), cancerberos de tres rostros, un galápago gigantesco, una ballena monumental, un dragón, una sirena… hasta una Casa inclinada, de un enorme impacto cuando uno entra en ella, pues pierde el equilibrio. En el interior de uno de sus dinteles leemos: «Animus quiescendo fit prudentior ergo» (para que el alma gane en prudencia hay que buscar tranquilidad).

De los grupos escultóricos más sobrecogedores es el del Gigante desgarrando a una mujer, que supera los cuatro metros de alto, cuya inspiración podemos encontrar tanto en el poema épico Orlando furioso, de Ludovico Ariosto, como en los trabajos de Hércules (su lucha contra Caco, que simboliza el combate entre el bien y el mal). Otro de los sorprendentes habitantes del parque es el Elefante atacando a un soldado (Aníbal empleó a estos animales en su enfrentamiento con Roma; los elefantes, por sus dimensiones, características y su origen, han fascinado desde antaño a la curiosidad occidental).

Rostros barbados, la diosa Ceres, personificación de la Tierra, cariátides, una fuente dedicada a Pegaso, el mítico caballo alado, molosos (perros distinguidos por su musculatura), el Jano dual, el de las dos caras… y un templo al final del recorrido, que se alza sobre una inmensa explanada, dedicado a Gulia Farnese, mujer de Francesco Orsini, que falleció a edad temprana. Ornamentos etruscos, planta octogonal (símbolo católico de la resurrección) y doble fila de columnas interiores honran la memoria de la esposa muerta.

Por lo acuñado en uno de los cipos del parque, se cree que pudo comenzarse a construir en 1552 para concluirse hacia 1580

Por lo acuñado en uno de los cipos del parque, se cree que pudo comenzarse a construir en 1552 para concluirse hacia 1580. Asimismo, la principal hipótesis es que estas esculturas bizarras, desproporcionadas, grotescas, estuvieron policromadas, como los antiguos templos griegos. Poco más que conjeturas lo referido a los artistas que lo hicieron posible. Su trazado se atribuye, con reservas, a Pirro Ligorio (quien sustituyó a Miguel Ángel tras su muerte para los trabajos de la Basílica de San Pedro). Como escultores, se barajan algunos nombres, ninguno confirmado: Bartolomimeo Ammannti, Giambologna, Jacopo del Duca o Raffaello da Montelupo.

No muchas más certezas alrededor de su creador, el duque de Bomarzo, Pier Francesco Orsini (1523-1585). Que amaba las letras tanto como las armas, que de su linaje salieron papas, condotieros, cardenales, que se casó con Giula Farnese que murió joven, como su primogénito. Se cree que el Retrato de un joven caballero, firmado por Lorenzo Lotto (custodiado en El Prado), pudiera ser él. El Sacro bosque, con esa pureza del desamparo, nos dice mucho más de quien lo ideó que cualquier biografía. La de Orsini la escribió, siglos después, el escritor argentino Mujica Lainez, en su extraordinaria novela Bomarzo. Pero todo en ella es fabulado, desfigurado hasta lo irreconocible. Retrata a un aristócrata deforme, corcovado y con cojera, de aviesa alma y corrompidos sentimientos, impotente, perverso… alguien que concibe un lugar como este, auténtico fuga mundi, un espacio de recogimiento y ensueño, acaso merecía una biografía, siquiera imaginada, más noble. O tal vez no.

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