‘Middlebrow’, cultura para sentirse mejor que los demás
Se trata de esa categoría cultural a la que casi nadie quiere pertenecer: demasiado popular para los cultos, excesivamente pretenciosa para el resto.
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Quizá la emoción que sientes cuando alguien te dice que le gusta leer se disipe rápidamente cuando te cuenta que su libro favorito es El Código Da Vinci. Puede que recomiendes fervorosamente The Wire, pero te calles que te has enganchado a La isla de las tentaciones. O es posible que seas de esos que afirman que los grupos musicales mainstream no son para ti. Hasta aquellos que aseguran despreciar el elitismo cultural caen en la tentación de creer que sus gustos, refinados, especiales, únicos, definen su identidad. No se consideran necesariamente intelectuales, pero tienen inquietudes. Y hay una palabra para definirlos: middlebrow.
En 1932, Virginia Woolf escribía en una carta no enviada y publicada póstumamente: «Si alguien se atreviese a llamarme middlebrow, tomaría mi pluma y lo apuñalaría». Este término se comenzó a usar a principios del siglo XX y se popularizó en 1925 cuando la revista satírica Punch lo describió como «personas que esperan acostumbrarse algún día a las cosas que se supone que deberían gustarles».
Su origen etimológico lo encontramos en la frenología. Esta pseudociencia consideraba la forma del cráneo como indicador de inteligencia: una frente alta (highbrow) significaba tener más luces y una baja (lowbrow), todo lo contrario. Además, esto se vinculaba a teorías raciales jerárquicas. El periodismo rescató estos términos y los convirtió en metáforas culturales, categorías para denominar la alta, media y baja cultura.
Una necesidad que, en cierta manera, se originó en el siglo XX. Hasta entonces, no existía una distinción tan rígida entre la alta cultura y la popular, porque tampoco había tanto riesgo de confundir la clase social de alguien. Shakespeare fue durante décadas entretenimiento de masas, representado junto a magos o cómicos, antes de ser reclasificado como literatura de élite. Lo mismo ocurrió con la ópera o con las obras literarias de Dickens o Zola.
Pero con la expansión de la clase media, la alfabetización masiva y el acceso a la educación, surge un consumidor de cultura con aspiraciones pero sin tanto tiempo o formación para ello. La respuesta no fue democrática sino defensiva. Según el historiador Lawrence Levine, la división entre alta y baja cultura fue fabricada en un momento y un lugar precisos: un Estados Unidos de principios del siglo XX sin aristocracia hereditaria, donde la distinción social necesitaba otros marcadores, y donde las masas inmigrantes amenazaban el orden simbólico establecido. La división entre highbrow, middlebrow y lowbrow no surgió como una cuestión de excelencia estética sino de temor social.
Esa jerarquía cultural fabricada se mantuvo a través del mecanismo del gusto. Como explica el sociólogo Pierre Bourdieu, el gusto «legítimo» es el de las clases dominantes, y tenerlo marca distancias con los demás. En ese contexto, middlebrow sería la puesta en escena de esa distinción sin poseer el capital cultural que la fundaría. De ahí la ansiedad por consumir lo que se debe consumir y separarse así de quienes son incapaces – o así se cree– de disfrutar de productos culturales complejos.
Lo middlebrow hoy en día es una suerte de cultura empaquetada para parecer elevada sin serlo
Esa ansiedad no surge en el vacío: hay toda una industria diseñada para alimentarla. Adorno y Horkheimer describieron cómo la cultura bajo el capitalismo se convierte en mercancía estandarizada que simula diferencia donde no la hay. El middlebrow encajaría perfectamente en su diagnóstico: cultura empaquetada para parecer elevada sin serlo. Ahí entrarían los libros de fácil consumo pero que, al mismo tiempo, logran cierto prestigio crítico. Las películas con ínfulas que también logran ser taquilleras.
Para el crítico estadounidense Dwight Macdonald, el verdadero peligro para la alta cultura no venía del consumo de masas sino de esa cultura media que parecía compartir las ambiciones de la primera, pero importando los valores degradados del comercio. Mantenía las cualidades esenciales del masscult, como la fórmula, la reacción prediseñada o la ausencia de criterio más allá de la popularidad, pero cubriéndolas decorosamente con una hoja de parra cultural.
Porque además la construcción de una identidad a través del gusto se usó sobre todo para trazar una frontera simbólica hacia abajo, y no tanto para alcanzar lo que nos queda por encima. Pero todos estos pensadores caen en la misma trampa que describen: su desprecio por la cultura media es también un gesto de distinción. ¿Podría reivindicarse lo middlebrow como un gesto contracultural?
Para el crítico literario John Guillory, sí. Sería una especie de práctica disidente a los gustos y tendencias de la alta cultura que han sido más insistentemente legitimados y cultivados. Tendría, por lo tanto, su propia lógica, sus propias instituciones y sus propios criterios de valor. La «distinción» que busca es frente a la cultura de masas: ya no es preciso que nos diferenciemos del «populacho» por clase, basta con hacerlo por gusto declarado. De ahí que haya mucho de performativo en el consumo de la media cultura, algo magnificado en la era de las redes sociales. La ansiedad de identidad es la que nos obliga a mantener al día nuestro perfil en Goodreads para que todo el mundo vea cuántos y qué buenos libros leemos.
Por otro lado, en las últimas décadas se documentó un cambio importante que complica este esquema: las élites contemporáneas ya no rechazan todo lo popular sino que hacen un consumo onmívoro de forma selectiva. Es decir, muestran poca tolerancia hacia los géneros asociados a un estatus social más bajo, seleccionando qué entretenimiento popular es aceptable y cuál no. La alta cultura no rehúye la dificultad formal, pero hoy es metacultural: sabe que existe una jerarquía, la conoce y puede jugar con ella. Puede citar a Deleuze y escuchar reguetón sin despeinarse porque entiende ambos contextos.
Lo middlebrow se situaría, por el contrario, en la necesidad de legitimarse consumiendo productos culturales de masas aceptables, y rechazando aquellos vergonzosos. Por ejemplo, nos enorgullecemos de leer ensayo, pero nunca autoayuda. Las novelas literarias son un marcador de buen gusto, salvo que sean novelas románticas.
Janice Radway advierte de que además hay aquí un importante sesgo de género. No solo porque el consumo de cultura de masas adecuado es el que se percibe como masculino, sino porque el propio middlebrow se desprecia porque lo consumen mayoritariamente mujeres, especialmente en el campo de la literatura. Y pone de ejemplo la incomodidad de Jonathan Franzen cuando Oprah Winfrey seleccionó Las correcciones para su club de lectura. Lo que Radway hace visible es que la jerarquía cultural tiene dos ejes: clase y género se refuerzan mutuamente, y ambos se disfrazan de juicio estético.
El middlebrow no tendría por qué ser alta cultura rebajada ni baja cultura con pretensiones: podría ser un tercer espacio con reglas propias, que se sitúa entre ambas precisamente porque necesita diferenciarse de las dos, aunque lo haga de forma ambivalente y ansiosa. En cualquier caso, cuando una obra empieza a funcionar como marcador de «buen gusto», también se convierte en objeto de crítica. De este modo, leer a Murakami acaba transformándose en un lugar común: pasa de ser cultura media que distingue a cultura media que aliena, al considerarse pura seña pretenciosa.
La paradoja final es que incluso la crítica de la cultura middlebrow puede convertirse en un gesto middlebrow: una forma más de distinguirse, esta vez desde la superioridad de quien cree no necesitar distinguirse.
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