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Lo que el cine de terror nos enseña sobre el trauma

Mucho antes de que existiera la psicología, los cuentos infantiles ya utilizaban brujas y monstruos para acercarse a miedos y heridas difíciles de comprender. El cine de terror continúa explorando esa misma relación entre símbolo, miedo y trauma.

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04
junio
2026

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En 1960, Alfred Hitchcock desconcertó al público de Psicosis haciendo algo que nadie esperaba. Mató a la protagonista a mitad de la película. La escena de la ducha se convirtió en una imagen icónica del cine. Y aunque la violencia conmocionó en la época, lo inquietante era otra cosa: la ruptura de una lógica invisible que el espectador ni siquiera sabía que estaba siguiendo. Durante buena parte de la película miramos el mundo a través de Marion Crane. La historia parece organizada a su alrededor y, de pronto, ella desaparece. En ese instante, el relato deja de sentirse estable. Ya no sabemos quién está a salvo ni qué reglas rigen el mundo.

Esa ruptura conecta con algo reconocible para muchas personas que han atravesado experiencias traumáticas. Porque lo traumático no es únicamente lo que pasó, sino lo que dejó de sentirse seguro después. El miedo brota al comprobar que aquello que debía protegernos puede dejar de hacerlo, que quien cuida también puede herir y que el hogar puede convertirse en el lugar del que huir. Hay algo devastador en descubrir que el peligro puede aparecer precisamente allí donde esperábamos protección.

Hay algo devastador en descubrir que el peligro puede aparecer precisamente allí donde esperábamos protección

El cine de terror lleva décadas explorando la atmósfera que rodea esa pérdida de seguridad. Por eso las grandes historias del género rara vez ocurren en lugares desconocidos. Se despliegan en dormitorios infantiles, cocinas familiares o iglesias, allí donde debería ser posible bajar la guardia. Una puerta entornada, un silencio que se prolonga o un vecino cuyo comportamiento resulta ligeramente extraño nos advierten de que algo no termina de encajar. Como si el mundo hubiera perdido parte de su orden y previsibilidad. Como si algo pudiera romperse en cualquier momento.

En su ensayo Soy lo que me persigue, el terror como ficción del trauma, el psicólogo Carlos Pitillas y el escritor Ismael Martínez Biurrun plantean que las películas de terror permiten acercarse a aquello que cuesta mirar y poner en palabras. Algunas vivencias son demasiado confusas, dolorosas o contradictorias para pensarlas de manera directa, y ahí el cine funciona con enorme eficacia como lenguaje simbólico. A veces es más sencillo hablar del daño a través de figuras imaginarias. Igual que un niño habla antes de la bruja que de una madre que le asusta, el género convierte ciertos sufrimientos en monstruos, fantasmas o fenómenos sobrenaturales.

El fantasma es una magnífica metáfora de ese funcionamiento psíquico central en el trauma. Hay recuerdos que quedan atrapados fuera del tiempo porque no consiguen integrarse en la biografía. Permanecen latentes, capaces de irrumpir en el presente con parte de su intensidad original. Representan algo que sigue presente. Guillermo del Toro definía al fantasma como «un instante de dolor suspendido en el tiempo». Quizá por eso las casas encantadas siguen fascinándonos: porque hablan de secretos familiares y presencias invisibles alrededor de las cuales una vida entera sigue organizándose.

La casa encantada se parece mucho a ciertas formas de memoria traumática. Arriba continúa la vida cotidiana: lo visible, lo habitable, el orden que puede mostrarse a los demás. Abajo queda el sótano, lo apartado. Ciertos episodios desbordan tanto que fragmentarlos fue, en su momento, la única manera de sobrevivir. El problema es que lo apartado no desaparece del todo. No vuelve necesariamente de forma nítida y cronológica. Vuelve como hipervigilancia, miedo difuso, irritabilidad o sensación persistente de amenaza.

En muchas películas de terror la amenaza apenas aparece en pantalla y, sin embargo, contamina la atmósfera de todo lo demás. Algo parecido ocurre en el trauma: el miedo termina filtrándose en la forma de percibir el entorno, como una niebla que, en ocasiones, se transmite de una generación a la siguiente. Consciente de esta realidad, una parte importante del cine de terror contemporáneo entrelaza lo sobrenatural con historias de duelo, herencia emocional o familias rotas. Títulos como Hereditary o Relic utilizan el género para explorar cómo el dolor, la culpa o ciertos conflictos familiares trascienden a quien los sufrió y terminan moldeando la vida de quienes vienen después.

Títulos como ‘Hereditary’ o ‘Relic’ utilizan el género para explorar cómo el dolor, la culpa o ciertos conflictos familiares

Tal vez por eso el terror ha adquirido una extraña potencia cultural en una época tan centrada en el bienestar emocional. Vivimos rodeados de discursos sobre sanar, regularnos y cerrar etapas que a menudo alimentan una fantasía difícil de sostener: la idea de que el sufrimiento humano puede resolverse de forma limpia, lineal y definitiva.

Pero hay una verdad incómoda que el género sigue señalando: no todas las heridas desaparecen. Hay duelos que regresan años después. Algunas experiencias tempranas siguen proyectando su huella mucho tiempo más tarde. Por eso las películas más interesantes ya no destruyen a la criatura. En Babadook, el monstruo sigue viviendo en el sótano al final de la historia. No desaparece, pero ya no domina la vida de la protagonista. Integrar una experiencia dolorosa no significa borrarla ni convertirla en una lección inspiradora; significa conseguir que deje de invadir cada rincón del presente.

El terror nos recuerda lo que la cultura contemporánea del bienestar intenta olvidar: que no todo dolor puede resolverse, y que madurar tiene menos que ver con expulsar a nuestros fantasmas que con aprender a convivir con ellos sin dejar que gobiernen toda la casa. Porque el arte, cuando funciona de verdad, encuentra códigos simbólicos capaces de acercarse a formas de sufrimiento humano que a veces resultan difíciles de comprender desde otros lenguajes.

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