TENDENCIAS

Margarita del Val y Daniel Stix

El poder de un equipo

¿QUIERES COLABORAR CON ETHIC?

Si quieres apoyar el periodismo de calidad y comprometido puedes hacerte socio de Ethic y recibir en tu casa los 4 números en papel que editamos al año a partir de una cuota mínima de 30 euros, (IVA y gastos de envío a ESPAÑA incluidos).

COLABORA
31
marzo
2026


En un mundo cada vez más lleno de aristas y puntos de vista distintos, el talento in­dividual es condición necesaria pero insuficiente para responder a los numerosos y enor­mes desafíos actuales. Redefinición geopolítica, tensiones comerciales internacionales, crisis energética, urgencia climática, desigualdades sociales o revolución tecnológica son solo la punta de lanza de una lista interminable de retos mayúsculos que no dan tregua y cambian, además, a velocidad de vértigo.

En este tiempo de grandes transformaciones, donde la diversidad de perspectivas es nuestra mayor riqueza, la colaboración activa entre actores surge como el puente hacia las soluciones que el futuro demanda. Pero ¿cómo se puede articular en la práctica esa colaboración? Sobre el proceso de gestionar un equipo y llevarlo a lugares de excepción tienen mucho que decir Margarita del Val, química, viróloga e investigadora del Centro de Biología Molecular Severo Ochoa (CSIC-UAM), y Daniel Stix, capitán del CD Ilunion de baloncesto en silla de ruedas, quienes se reunieron para poner en común su experien­cia y hablar de la importancia de la comunidad.

«El trabajo conjunto te ayuda a crecer», afirmó, categórica, Margarita del Val en el inicio del encuentro. Durante la pandemia del coronavirus, la viróloga experimentó en primera persona los beneficios de una colaboración multilateral enfocada a un objetivo común. «En marzo de 2020 en el CSIC montamos un equipo multidisciplinar en el que especialistas de diferentes campos pusimos en común nuestras ideas sobre cómo podía­mos enfrentar la pandemia. Pero todos teníamos muy claro que partíamos de un objetivo común: derrotar al virus y ser útiles a la sociedad», recordó.

Del Val: «El trabajo en equipo no solo es muchísimo más satisfactorio que el individual, sino mucho más eficaz»

No siempre ha sido así en el campo de la ciencia, donde el propio sistema investiga­dor no está diseñado para fomentar el trabajo compartido, reconoció Del Val: «Cuando yo empecé mi carrera investigadora, no se valoraba tanto la colaboración entre equipos y sí la aportación individual. Incluso en los trabajos en equipo, al final eran uno o dos los que se llevaban la gloria. Se buscaba al mejor especialista en un campo, al mayor experto, al que publicara el mejor artículo. Y se premiaba esa individualidad en forma de estabi­lidad laboral, con un contrato de trabajo o una plaza en un instituto de investigación. Y eso nos hacía ser más egoístas». Para esta investigadora, la pandemia ayudó a cambiar el enfoque de un sistema científico que tradicionalmente había primado el mérito indivi­dual sobre el colectivo: «Hoy los grandes problemas del mundo son muy complejos y solo pueden abordarse a través de la colaboración. Para mí, ese trabajo en equipo no solo es muchísimo más satisfactorio que el individual, sino mucho más eficaz», aseveró.

Esa búsqueda del intercambio de ideas como palanca de transformación exige mu­chas veces trascender la zona de confort de los límites conocidos del grupo inmediato y buscar la cooperación con personas y entidades de diferente naturaleza, enfoque y has­ta intereses. «Los deportistas pasamos diez meses de la temporada compitiendo contra rivales de otros equipos que luego van a ser tus compañeros en la selección durante las concentraciones del verano, y eso es algo que genera tensión», expuso Daniel Stix, que entre otros galardones y titulaciones es medallista paralímpico en Río 2016. ¿Cómo se manejan ese tipo de situaciones? Paciencia, generosidad y capacidad de adaptación son la receta del deportista. «Tienes que adaptarte a un contexto, un entrenador y una me­todología distintos, y eso requiere paciencia para encontrar esos puntos que unen. Y una comunicación constante, pausada y argumentada para resolver los conflictos que seguro van a surgir. A partir de ahí, es posible empezar a trabajar y luchar todos juntos por un objetivo común», destacó Stix.

Margarita del Val también relató el cambio de enfoque que ella ha ido experimen­tando con el paso de los años. «En mi carrera profesional he pasado de competir solo con mi equipo a colaborar frecuentemente con otros grupos de investigación. Y, cuando empiezas a hablar con colegas que son tus competidores porque trabajan en tu mismo campo, te das cuenta de que tienen una manera de pensar parecida a la tuya, se hacen las mismas preguntas, cometen los mismos errores y padecen el mismo tipo de problemas. Seguramente tienen herramientas distintas, y ahí es cuando decides compartirlas y po­nerlas en común, y descubres lo satisfactorio que es el trabajo colaborativo», explicó la investigadora.

Egos y diversidad

Una de las cuestiones más delicadas en el trabajo colaborativo es mantener el equili­brio entre los egos individuales y la necesidad de ponerlos al servicio del conjunto. «Cada uno de nosotros tiene un ego funcional que es positivo porque nos exige y nos empuja a mejorar. Pero un ego desmedido que se enfoca únicamente en el mérito individual acaba perjudicando al objetivo común y, paradójicamente, te acaba privando de ese reconoci­miento que tanto anhelabas», advirtió Daniel Stix.

Margarita del Val, por su parte, también recordó esa doble cara del ego como acele­rador y freno del talento: «El ego está detrás de muchísimas actividades humanas. Es el elemento que te ayuda a tirar para adelante, que te empuja a hacer aquello que te has pro­puesto o que incluso te permite superar tus propias expectativas sobre tus capacidades». Sin embargo, objetó, una constante necesidad de reconocimiento mata la colaboración, ya que «te aleja de aquellos compañeros con los que podrías haber formado un gran equi­po». Para la investigadora, una de las claves para que la fórmula funcione es «asegurarse de que cada miembro del equipo encuentre su sitio en el conjunto y tenga su momento de gloria». Lo importante, remató Stix, es «recordar que el reconocimiento individual se consigue a raíz del éxito colectivo, y no al revés».

Los participantes en el diálogo coincidieron en señalar que una de las claves del éxito de un equipo radica en que sus integrantes no respondan a un mismo perfil, sino que sus talentos sean complementarios. «La mayor riqueza de la especie humana es que somos todos distintos. Desde un punto de vista biológico, una especie cuyos individuos fueran todos idénticos tendría muchas menos posibilidades de sobrevivir y adaptarse», indicó Margarita del Val. La viróloga española tiene claro que la diversidad actúa como potenciador del trabajo en equipo. «Cada uno poseemos una serie de talentos individua­les, pero no los tenemos todos. Intentar hacer de todo uno mismo no solo es frustrante sino ineficaz. Es mucho mejor identificar qué es aquello que tú no sabes hacer y buscar a alguien que sí sea bueno en eso para que te complemente», concluyó.

Es una visión con la que concuerda Stix: «Estamos hechos para compartir y, bajo esa premisa, la diversidad, la diferencia de opinión, es una ventaja competitiva real, porque permite al equipo detectar mucho antes los problemas y funcionar de una forma más op­timizada». Una diversidad que, además, subrayó, aporta un plus en un momento históri­co en el que «el cambio es innegociable y se necesita una gran capacidad de adaptación a distintas circunstancias».

Cuestión de confianza

Según el jugador internacional de baloncesto, lo que marca la diferencia en el tra­bajo colaborativo es tener un propósito claro y generar un clima de confianza: «Un grupo de personas que trabajan juntas no conforma necesariamente un equipo. Para que ese grupo funcione necesitas saber que cuando surja un problema o una situación adversa la persona que tienes al lado va a dar la cara por ti». La confianza actúa, terció Del Val, como ese termostato que ayuda a regular el estado emocional del equipo: «Todos atravesamos baches, épocas bajas y momentos en que no luces nada. Que en esas fases haya alguien que tome la iniciativa y tire de los demás es muy importante para el grupo». La pregunta es: ¿puede convivir esa confianza con la necesidad, a veces asfixiante, de obtener resulta­dos? Stix dejó claro que, para él, no son conceptos excluyentes: «La confianza sin exigen­cia genera complacencia, y la exigencia sin confianza genera miedo».

Stix: «La confianza sin exigencia genera complacencia, y la exigencia sin confianza genera miedo»

Y es que, tal como expuso Margarita del Val, para que un equipo pueda desarrollar su labor en un entorno de seguridad es fundamental que sus integrantes sientan que no se castiga el error. Y que sepan reconocer cuando han cometido uno. «Los científicos estamos muy acostumbrados a admitir que nos hemos equivocado, y también que hay muchas cosas que, directamente, desconocemos», explicó. Una práctica que la investi­gadora cree que no se da con tanta facilidad en otros ámbitos.

No es el caso, sin embargo, del deporte de élite. Daniel Stix explicó que es habitual que los equipos repasen sus partidos en vídeo para analizar los errores cometidos y ex­traer enseñanzas de ellos. «El verdadero error no está en cometer el error, sino en no destaparlo, en mirar hacia otro lado. Porque de esta forma se está renunciando a usar el error como herramienta de mejora», razonó. Para la viróloga madrileña, los habitantes del siglo XXI «somos unos privilegiados, ya que las nuevas tecnologías nos brindan acce­so a la información sobre lo que ha hecho el resto del planeta, es decir, nos abren la puerta a un trabajo en equipo muchísimo más grande».

El liderazgo tiene mucho que decir en esa construcción de equipos cohesionados, seguros y orientados a la excelencia. «De un líder me gusta que deje espacio a los demás, que escuche y que apoye a los colaboradores. Y que sea capaz de generar suficientes ideas y propuestas para que cada miembro del equipo elija aquella tarea o responsabilidad en la que crea que va a hacerlo mejor», resumió Del Val. Stix también apuesta por un estilo de liderazgo participativo que promueva la innovación y la aportación individual dentro del grupo. «Porque ese tipo de entornos no solo generan equipos más felices, sino que acercan al grupo a la consecución de sus objetivos. Los equipos no trabajan juntos; crecen juntos», concluyó.

ARTÍCULOS RELACIONADOS

El feminismo que viene

Esther Peñas

Hay que involucrar a los hombres. No hay otro modo posible de conseguir lo que es de justicia.

COMENTARIOS

SUSCRÍBETE A NUESTRA NEWSLETTER

Suscríbete a nuestro boletín semanal y recibe en tu email nuestras novedades, noticias y entrevistas

SUSCRIBIRME