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Magnifica Humanitas: un escándalo necesario

En su encíclica, el papa León XIV propone una defensa radical de la dignidad, el diálogo y la vulnerabilidad como únicas respuestas posibles ante un mundo cada vez más deshumanizado.

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26
mayo
2026

No hay ningún jefe de Estado que sea capaz de escribir un texto de tanta ambición moral e intelectual como la encíclica Magnifica Humanitas. De hecho, no conozco ni siquiera entre los círculos académicos e intelectuales a demasiadas personas capaces de alumbrar un documento semejante. Solo por este motivo, la lectura de la primera encíclica de León XIV resulta prioritaria para quienes andan —andamos— tentando el espíritu de nuestro tiempo. El documento, de hecho, interpela prioritariamente a los cristianos, pero se dirige de forma explícita a aquellos aliados, dice el Papa, que se muestren sensibles a la tríada platónica del bien, la verdad y la belleza. Es más, la exhortación de León es clara: el diálogo ha de ser siempre omnipresente y debe establecerse con todos los hombres y las mujeres de nuestro tiempo. Sin excepción. Esa universalidad instanciada en el cada uno, singular, doliente y concreto, es uno de los rasgos que atraviesan todo el texto.

El punto de partida quedó adelantado en la propia elección del nombre que Robert Prevost eligió como pontífice. Ahora sabemos que situarse en la estela de León XIII era casi un anuncio: si aquel papa actualizó la Doctrina social de la Iglesia con la Rerum Novarum, el nuevo León ha decidido hacer lo propio con la circunstancia de ruptura en la que nos ha tocado vivir. Cada época tiene sus res novae, esto es, sus «cosas nuevas», y las de nuestro tiempo tienen necesariamente que ver con el abrupto salto tecnológico, político, existencial y epistémico que ha traído consigo la inteligencia artificial. Nos duela o no.

El documento es complejo en la medida en que aborda una realidad presente a la luz de unas premisas intelectuales y espirituales que aspiran a ser eternas. Tomar imágenes del Antiguo Testamento y explicar lo que nos pasa a la luz de la construcción de Babel o de la muralla de Jerusalén no es sencillo, pero esa es la misión que tienen encomendada los papas. Y me atrevería a decir que todos los grandes pensadores: conciliar lo circunstancial con lo eterno, lo contingente con la necesidad, lo inmanente con lo trascendente. Consciente de la condición colosal de esta gigantomaquia, León XIV se pertrecha de recursos presentes en el arsenal de la tradición cultural cristiana, y no solamente. San Agustín, Tolkien, Arendt, Frankl o Santo Tomás son pertinentemente convocados cuando el argumento exige alguna autoridad más allá de las fuentes bíblicas. Y, sobre todo, como es costumbre en el género, la encíclica no deja de mencionar a quienes le precedieron en la cátedra petrina.

El arranque de la encíclica es abierta y explícitamente social, lo que podrá sorprender a quienes no acostumbren a leer encíclicas. León XIV apela al destino universal de los bienes, a la subsidiariedad, a la solidaridad e incluso ironiza sobre la ineficiencia de la mano invisible del mercado y subraya la imperiosa necesidad de que existan redes sólidas que garanticen una educación pública. La opción preferente por los pobres, las abiertísimas referencias a los migrantes y la insistencia en los marginados, los débiles y los dolientes delatan su imborrable sensibilidad misionera. Quien ha vivido entre los pobres no puede olvidarlo y Prevost exhibe con orgullo y lucidez aquellas verdades de las que fue testigo.

León advierte de que el progreso científico no entraña necesariamente el progreso moral

Habrá quien intuya rupturas o revoluciones y tampoco faltará quien quiera traducir a un esquema ideológico y político las tesis del Papa. Se equivocarán por dos motivos. En primer lugar, porque lo más radicalmente social que afirma León lo hace legitimándose sobre las palabras de sus predecesores. Sin rupturas. Y, en segundo lugar, porque cada afirmación susceptible de ser encajada en el precario sistema de las izquierdas y las derechas corre el riesgo de entrar en colisión con afirmaciones que figuran en otro lugar del texto. La condena de la desigualdad y la mención a la redistribución o a los sindicatos convive con una persistente defensa de la libertad de la persona. Las menciones abiertas a la igualdad de las mujeres se expresan un párrafo después de haber condenado con rotundidad el aborto. Quien quiera capitalizar al Papa en beneficio propio lo va a tener difícil. A menos que esté dispuesto a mentir o a recortar el documento para sacar tajada. Que por supuesto los habrá.

Uno de los rasgos más originales de esta encíclica es su objeto y la novedad que entraña el examen de la inteligencia artificial. Y es justo que así sea, ya que cuando pasen los años o los siglos esta será la primera vez en la que un Papa se pronuncia sobre una tecnología que impactará, ya es seguro, sobre el destino de la humanidad. Sus tesis a este respecto son sólidas y ambiciosas. León advierte de que el progreso científico no entraña necesariamente el progreso moral y recuerda las palabras en las que Romano Guardini señalaba que «el hombre moderno no está preparado para utilizar el poder con acierto». La IA nos hace más capaces, pero potenciar nuestras facultades hace más posible que nunca el acrecentar las desigualdades, cuando no la esclavitud.

Algunos intérpretes han subrayado las cautelas que el Papa plantea con respecto a la tecnología y que se pueden resumir en el lema —cierto y literal— de que hay que desarmar a la IA. El heredero de Pedro sumariza los riesgos habituales, de los que ya nos alertan no pocos estudiosos: que la IA incorpora riesgos ecológicos, interrumpe la cadena de responsabilidad en la toma de decisiones, introduce sesgos y desigualdades, y acrecienta la relación entre conocimiento y poder hasta constituir nuevas formas de dominio. Curiosamente, esas son las tesis más previsibles y, acaso, las menos genuinas, aunque no por ello menos importantes.

El papa nos alerta de los riesgos que acarrea interpretar la humanidad en términos de capacidad y superación pura

Creo que el valor más original de la encíclica lo encontramos en la matriz moral o en las premisas éticas que inspiran el diagnóstico y la terapia. León XIV impugna no solo la eficiencia y el cálculo —eso lo hacen muchos—. El papa nos alerta de los riesgos que acarrea interpretar la humanidad en términos de capacidad y superación pura. Su antropología, naturalmente basada en el trasfondo del Evangelio, insiste en acoger la vulnerabilidad y el límite de la humanidad no como un defecto, sino como su condición más propia. Frente a la fantasía transhumanista o posthumanista que busca trascender nuestro límite exacerbando nuestras facultades, Prevost reivindica la humanidad herida, de piel y corazón doliente, consciente de su límite y abierta, sobre todo, al rostro y a la limitación ajena. La consideración teórica y abstracta remonta el vuelo de forma abiertamente soberana sin olvidar las condiciones concretas en las que se desarrolla la IA y que requiere «cuerpos marcados, mutilados, consumidos para que el flujo de los cálculos no se interrumpa». Al lado de la abstracción metafísica del teólogo convive siempre la práctica concreta y ejecutiva del Prevost misionero.

Junto con la IA, el otro gran eje sobre el que se cierne la Magnifica Humanitas es la guerra, una amenaza antigua que se sitúa y se agrava en el mundo contemporáneo. Otra vez, lo eterno se instancia en una circunstancia concreta, esta vez como problema. En este punto, el Papa redobla su ambición y se sirve de la exhortación casi desesperada de Pablo VI: «¡Nunca más la guerra!». El eslogan podría parecer vacío, si no estuviera apuntalado por una colección de argumentos sólidos y hasta radicales en el mejor sentido de la palabra. León XIV no es un ingenuo, ni un delicado publicista de una moral infantil o beatífica. Es consciente de los argumentos realistas, pero su apuesta por la civilización del amor rebasa la practicidad de quienes resumen la política en la gramática del amigo-enemigo, el ellos o el nosotros. La Realpolitik es considerada y explícitamente despreciada como una forma de irresponsabilidad.

El Papa no solo propone desarmar la IA, sino que exhorta, implora y ruega a los cristianos a desarmar también el lenguaje. A quienes han encontrado en las guerras culturales su refugio o a los ironistas bravos esta parte de la encíclica les incomodará especialmente. Pero León XIV no ha escrito una encíclica brumosa o conciliadora. Este documento tiene algo de escandaloso y se nota la vocación de impacto que tiene sobre el ámbito civil e incluso sobre el orden mundial. Detrás de cada guerra, diagnosticará el pontífice, no suele haber más que un interés económico tan injusto como ilegítimo. Detrás de la agresividad polarizadora de los discursos suele acabar apareciendo, siempre, el ídolo maligno del dinero.

Frente a los grandes retos y desafíos de la IA o las guerras globales, León reivindica la moral de proximidad que se practica en los entornos cotidianos

Si virtudes teologales como la fe y la caridad atraviesan todo el documento, el Papa se reserva la última parte de la encíclica para invocar la esperanza. En cada momento de la historia, incluso en las noches más oscuras, han aparecido hombres y mujeres capaces de sembrar esa civilización del amor. Frente a los grandes retos y desafíos de la IA o las guerras globales, León reivindica la moral de proximidad que se practica en los entornos cotidianos. Esa pequeña fidelidad que cada uno de nosotros tiene a la mano es el lugar desde el que construir la paz y la justicia, según su diagnóstico.

Hablar con todos, negociar con todos, dialogar con todos en nombre de la vulnerabilidad humana es el primer paso para reconstruir un mundo que a ojos de todos se encuentra irremediablemente herido. El Papa interpela a los científicos, académicos, políticos y, de nuevo, a cada uno de nosotros. Nadie podrá defender la parcela de realidad para la que hemos sido reclutados en nombre de la justicia, parece sugerir el Papa. La historia, lo dice la encíclica de forma literal, puede cambiar cuando al menos un solo hombre o una sola mujer se toma en serio la dignidad de todos. Prevost parece haber acogido esa responsabilidad y su empeño contrasta con el derrumbamiento de tantas otras autoridades. En un mundo tan ayuno de líderes, esta encíclica ofrece, como poco, un primer lugar desde el que pensar y sobre el que podría discutirse durante un cuatrimestre entero en la universidad.

Con esta encíclica queda claro que León XIV no está dispuesto a conformarse con un papado figurativo. Magnifica Humanitas no es un documento cómodo ni está escrito para serlo. Otra vez, una verdad antigua vuelve a hacerse nueva: como dejó escrito San Pablo en la primera carta a los Corintios, aquel Cristo Crucificado era un escándalo para los judíos y una locura para los gentiles. Y la receta sigue vigente. No tenemos que tener miedo a ensuciarnos las manos en la obra de nuestro tiempo, advierte Prevost al comienzo de la encíclica. Y este Papa parece dispuesto a hacerlo invitándonos a pensar qué significa seguir siendo humanos en una época fascinada con la posibilidad de dejar de serlo.

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