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Pensamiento

Estanislao Zuleta

Elogio de la dificultad

Para el filósofo colombiano Estanislao Zuleta, la pregunta más honesta que el individuo se puede hacer no es tanto cómo alcanzar la tranquilidad, sino si estaría dispuesto a prescindir de ella.

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01
junio
2026

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Fantasear con una vida cómoda y sin fricciones es una recurrente utopía con la que seguramente todos hemos soñado alguna vez. Una existencia en la que, como por arte de magia, todo encaja. Ni las relaciones duelen ni el dinero es un inconveniente. El filósofo colombiano Estanislao Zuleta (1935-1990) consagró una generosa parte de su pensamiento a desmantelar esta ilusión. Con especial maestría lo hizo en una célebre conferencia pronunciada al recibir el doctorado Honoris Causa en la Universidad del Valle –titulada después como Elogio de la dificultad– que, cabe añadir, no ha envejecido un día.

De primeras, el argumento principal se antoja sencillo: deseamos mal. Entiéndase: no se trata de que seamos incapaces de lograr nuestros propósitos, se trata de que estos están mal configurados desde su origen. Aspiramos a seguridades inquebrantables o, por ejemplo, a omniscientes doctrinas que todo lo explican. He aquí el problema, de notables consecuencias políticas y personales.

En el plano colectivo, Zuleta observa que los movimientos que prometen la felicidad comparten una estructura. Tanto los partidos políticos como las distintas iglesias suprimen la duda y convierten el disenso (la diferencia) en amenaza. A pesar de ello, su atractivo social es incuestionable a la luz de eso que el humano anhela en secreto: no tener que pensar ni soportar la angustia de dudar más de lo debido. Pero el alivio tiene un coste. «El que no está conmigo está contra mí», anotó el pensador originario de Medellín, resumiendo así el corazón de un fanatismo, por lo demás, tan común.

Lo que produce ese modelo, cuando finalmente se agrieta, tampoco es muy esperanzador. El resquicio por el que se cuela la decepción no conduce, casi nunca, a una madurez ilustrada. Conduce al cinismo y a un individualismo que estima haber superado la moral simplemente porque ha abandonado cualquier esperanza.

Tal vez la parte más penetrante del ensayo no se corresponda con la crítica política, sino el análisis de lo que Zuleta llama «no reciprocidad lógica», el mecanismo cotidiano por el que juzgamos al otro por sus actos y a nosotros mismos por nuestras intenciones. Según esto, cuando el adversario fracasa, mantenemos que era inevitable. C’est la vie, cosechó lo sembrado. Cuando fracasamos nosotros, invocamos las circunstancias adversas, la ingrata coyuntura, el mal de ojo, la desafortunada suerte. El andamiaje argumental construido para explicar el mundo cambia por completo según quién esté en el banquillo. Ese doble rasero, señala Zuleta, es, en primer lugar, deshonesto con los demás, y, segundo, es una traición a uno mismo, porque impide pensar de verdad en el proceso que se está viviendo.

Zuleta propone aprender a velar por la diferencia

¿Qué propone en positivo, entonces? Desde luego, no el sufrimiento por el sufrimiento o algo tan extraño como la dificultad, como si fuera un valor en sí mismo. Zuleta propone aprender a velar por la diferencia –la del otro, la de las ideas–. El respeto, afirma, solo existe donde hay verdadera diferencia. Por la contra, allí donde todos piensan igual no hay respeto.

La dificultad, en este sentido, no es un obstáculo que hay que eliminar para llegar a la utopía que tenemos a buen recaudo en nuestra psique. Dificultad es el territorio donde la felicidad, si acaso existe, se incuba. Dicho de otro modo: si no hay riesgo tampoco hay deseo real. Sin preguntas abiertas no hay pensamiento genuino. Sin la posibilidad de perder y sufrir por ello, el amor es un contrato de seguros.

Hay algo en la conferencia que la sitúa en los arrabales de lo que suele llamarse filosofía académica, lo cual, por supuesto, no es un defecto. Zuleta es conocido por haber escrito y hablado para ser entendido, y esa voluntad de claridad se nota en cada línea. No hay oscuridad técnica en su obra, cumpliéndose así la máxima de Ortega y Gasset según la cual «la claridad es la cortesía del filósofo».

Como los buenos textos, el Elogio de la dificultad goza de una vigencia que Zuleta no podría haber imaginado. En su caso, recuerda que la comodidad intelectual y emocional pasa por una obligada e incómoda renuncia. También que la pregunta más honesta que el individuo se puede hacer no es tanto cómo alcanzar la tranquilidad, sino si estaría dispuesto a prescindir de ella.

Zuleta falleció en 1990, a los 55 años. Legó una obra repleta de frescura que permanecerá en los anales del pensamiento en lengua hispana. Esta conferencia es quizá su texto más leído. No debe coger desprevenido a nadie pues, en pocas palabras, hace lo que el buen pensamiento siempre ha hecho, al menos desde Sócrates: pinchar a los demás para que se molesten en pensar.

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