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Medio Ambiente

Santiago Beruete

«Los jardines nos devuelven a la esencia de nuestra humanidad»

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30
abril
2026

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Tras ‘Verdolatría’ y ‘Jardinosofía’, Santiago Beruete vuelve de nuevo a las plantas para intentar comprender mejor el mundo en el que vivimos y los retos de este presente. El filósofo acaba de publicar ‘Filosíntesis’ (Taurus), en el que se aproxima a la espiritualidad y la filosofía desde el jardín. «Los jardines nos devuelven al ritmo de la naturaleza», nos dice. En medio de un mundo cada vez más acelerado, invitan a pararse y replantearse las cosas.


Señalas en el libro que en tiempos de emergencia ecosocial se recurre a la jardinería. Eso me recordó algo que cuenta Olivia Laing en El jardín contra el tiempo, cómo en la I Guerra Mundial los soldados hacían jardines en sus trincheras a pesar de que sabían que iban a morir. ¿Por qué nos refugiamos en los jardines en tiempos de crisis?

Somos humanos, que viene de la raíz humus, la tierra fértil de cultivo. Creo que los jardines nos devuelven a la esencia de nuestra humanidad. En el libro de Laing, como en el mío, esto está muy patente. En tiempos de emergencia, acudimos a los jardines, a los huertos y al cultivo, no solo para corregir el déficit de naturaleza, sino también el de significado, de sentido; y para reencontrarse con una fantasía tangible de un mundo más hermoso, más justo. El jardín se sitúa a medio camino entre la utopía y la Arcadia, entre el mito y el ideal, entre el paraíso perdido y el prometido, entre la añoranza y la promesa. Tal vez esa sea la fuerza de los jardines.

Por otro lado, soy de los que piensan que quizá el mejor antónimo de guerra es jardín. Es algo que recuerdo mucho estos días. Ese trozo de tierra cultivado y acordonado, delimitado para disfrute o provecho humano, es al final un símbolo de la paz más convincente que la paloma blanca o la rama de olivo. Las plantas dan a quienes las cultivan cualidades como la paciencia, la calma, el tesón o la humildad. Nada está más alejado del instinto bélico y el fervor guerrero que estas virtudes.

«Las plantas dan a quienes las cultivan cualidades como la paciencia, la calma, el tesón o la humildad»

¿Y también nos da un anclaje? Desde que mi padre tiene un huerto pienso en cómo todo tiene su momento, su ciclo, algo que rompe bastante con el ritmo acelerado de nuestro momento. Aquí no hay entrega prime 24 horas. ¿Es esto algo que ponen en valor los huertos y los jardines?

Claro, frente a esta celeridad tecnológica, frente a esta prisa que nos tiene a todos agotados y ansiosos, los jardines y los huertos tienen un ritmo distinto. Nos devuelven a los ciclos naturales, a los estacionales, al ritmo de la naturaleza. Nos recuerdan que somos parte de la biosfera y nos trasladan a un mundo más amable, a un refugio. Crean un entorno en el que uno se reencuentra consigo mismo. Me gusta decir que salir al jardín invita a entrar en uno mismo.

Esto es especialmente interesante al hilo de algo que comentas en el libro: vivimos en un presente lleno de ecoterapias y mindfulness natural, pero en realidad todo está de espaldas a la propia naturaleza.

En cierta ocasión fui a dar unas charlas al Hay Festival y me pusieron [en una mesa] con personas referentes en el mundo de la meditación. Me pareció curioso. Yo nunca he hecho meditación, pero tengo la sensación de que llevo haciéndolo toda la vida. Es una meditación activa, como la hará cualquiera que sale a un espacio cultivado en el que se ocupan, atienden, fluyen y están con la conciencia puesta en cuidar a otros seres vivos, las plantas. Es una contemplación activa. Viven en el presente.

Cuando concentramos voluntariamente la atención en algo, sea una flor, sea una coliflor, sea el silencio o la respiración, estamos haciendo una forma de contemplación. A veces lo envolvemos en una gran retórica, propia de urbanitas y de un mundo cada vez más acelerado, pero es algo que los seres humanos hacemos desde la noche de los tiempos. Esa alianza rota con la naturaleza nos ha dejado una herida abierta, una nostalgia de reencuentro que recuperamos de muchas maneras. El mindfulness no forma parte más que de una versión moderna de todo esto.

«La cultura jardinera permite plantear una contranarrativa con los mitos dominantes»

Siempre que hablamos de jardines acabo pensando en cuestiones de clase. No todo el mundo puede tener su propio jardín. ¿Deberíamos también hablar del jardín de un modo colectivo? Ante esta brecha socioeconómica, ¿deberíamos poner en valor las zonas verdes abiertas a todas las personas?

Sin duda. Yo vivo en Ibiza, donde el jardín es en gran parte un signo de estatus, una marca de distinción social. Históricamente, los jardines han sido instrumentos de legitimación política, escenarios de las luchas por el poder. Creo aquello que decía Walter Benjamin de que todos los documentos de civilización los son también de barbarie. El jardín es un documento de civilización. Por eso es interesante, porque codifica las ideologías de clase y tiene una dimensión política. Ahí se traducen en un lenguaje sensorial y simbólico todas las grandes cuestiones. Entonces, es evidente que el jardín es un privilegio de clase que se pueden permitir solo aquellos que tienen unos recursos económicos, pero también es un medio de hacer sociedad, comunidad. Existen los jardines urbanos, los huertos comunitarios, la jardinería radical, la green gardening, todo lo que es la jardinería y la agricultura contracultural.

El jardín tiene esa doble cualidad. Uno podría preguntarse por qué hablar de jardinería ante tantísimos problemas y retos existenciales. Esa experiencia de jardín nos ofrece un lenguaje universal y símbolos comunes, una narrativa que van a compartir todos los terrícolas sin importar su ideología, su credo, su estatus y su procedencia. Además, la noción de ajardinar el mundo y ajardinarse a uno mismo transmite un ideal de vida como proyecto de sociedad presidido por el cuidado y la belleza.

La cultura jardinera permite plantear una contranarrativa con los mitos dominantes, como el crecimiento ilimitado, la superioridad y singularidad humana o esa idea del progreso material desligado del espiritual. Para mí, ha sido una vía para hablar en Filosíntesis de temas filosóficos, de asuntos muy cruciales, de retos individuales y colectivos. Está la crisis climática, la educación, la dictadura del algoritmo, la muerte, el amor, la salud mental, la esperanza…

¿Y por qué a pesar de todo esto seguimos infravalorando tanto a las plantas?

Vivimos tiempos paradójicos. Estamos más dispuestos a considerar conscientes a las máquinas que a las plantas. Al final, la inteligencia artificial nos causa menos perturbación, menos disonancia cognitiva, que la inteligencia vegetal. Preferimos atribuir la creatividad biológica, la capacidad de adaptación de los árboles, las flores y las hierbas, a una programación innata antes que a su perspicacia. La sola idea de que tengan intenciones cuestiona qué significa ser humano y todos los fundamentos de nuestra manera de interpretar y entender el mundo.

Por otro lado, nos olvidamos con frecuencia de que el mundo que habitamos es obra de las plantas. Nuestro mundo lleva su firma verde.

Sufrimos esta ceguera vegetal por una arrogancia antropocéntrica y cuesta aceptar esa deuda impagable que tenemos con las plantas. Hemos afirmado durante tanto tiempo nuestra singularidad como especie que nos olvidamos de que el primate humano jamás hubiera aparecido en el escenario de la historia si las plantas no hubieran estado modelando durante cientos de millones de años la biosfera. Para las plantas en general y los árboles en particular, nosotros somos unos meros recién llegados a la fiesta de la vida.

¿Y se conecta también cómo infravaloramos el papel que han tenido con cómo lo hacemos con su importancia para el futuro? Porque por mucho que queramos el planeta no va a funcionar si ellas no están.

Nuestra dependencia de las plantas es total. Nos olvidamos de que no son un escenario, un atrezo, de la historia humana, sino que, si las plantas desaparecieran, nosotros no viviríamos para contarlo. En cambio, al revés, las plantas colonizarían en muy poco tiempo las ruinas de nuestra civilización y los vestigios de nuestra historia caerían en el verdor del olvido. Olvidamos que a lo largo de la historia se han extinguido el 99% de las especies y, si nosotros no somos más inteligentes, no somos capaces de cooperar con ellas, seguiremos el mismo camino. La Tierra seguirá girando, orbitando alrededor del sol, pero sin nosotros.

La única manera de evitar las consecuencias catastrofistas de nuestras conductas ecocidas es cooperar en vez de luchar contra la naturaleza. No hay solución a la crisis ecosocial sin cooperación con las plantas. Esto es algo que nos cuesta entender, tenemos tan imbuido nuestro protagonismo que nos cuesta entender que solo la inteligencia vegetal nos puede ayudar a resolver la incógnita de la ecuación del futuro. Nuestro porvenir se liga a nuestra capacidad de comprender y colaborar con el reino vegetal en busca de soluciones.

«No hay solución a la crisis ecosocial sin cooperación con las plantas»

Es parte de un debate mucho más grande. Nos hemos creído quizás en los últimos siglos que somos el top de la pirámide cuando quizás no había tal pirámide, sino una cohabitación.

Sí, estamos en un momento crucial. Nuestra civilización comenzó con la revolución agraria, lo que nos llegó a la Revolución Neolítica y la domesticación de las plantas y de los animales. En la Revolución Industrial aprendimos a mercantilizarlas, a producir alimentos en una agricultura cada vez más industrial y ahora nos toca volver la mirada hacia las plantas con otra visión, la de intentar comprenderlas y ver nuestra complicidad con ellas. Las respuestas a los problemas que nos aquejan vendrán de la inteligencia vegetal, más que de la artificial.

La inteligencia artificial es una inteligencia mineral. Las famosas tierras raras, el litio, el cobalto, el silicio y la arquitectura de esta inteligencia artificial algorítmica tienen poco que ver con nuestras flexibles redes neuronales, que se parecen mucho más a las redes radiculares, los sistemas de raíces de las plantas. Comenzaremos a ver un camino diferente cuando empecemos a ser capaces de pensar como las plantas y tengamos la capacidad de salir de nuestros marcos cognitivos y conceptuales, cuando superemos esta miopía antropocéntrica que nos impide ver soluciones que tenemos ahí delante. Sabemos que es posible una fuente de energía inagotable y no contaminante, desarrollar una economía íntegramente circular y alcanzar una sociedad regenerativa, y que no es una fantasía, una quimera, porque las plantas llevan millones de años realizando la fotosíntesis, convirtiendo desechos en nutrientes y renaciendo de sus cenizas.

Tenemos delante esas soluciones innovadoras que necesitamos para avanzar hacia un mañana deseable, si somos capaces de verlas. Y hasta entonces debemos empezar a aprender a discurrir como una planta, tenemos que aprender a ver el mundo con otros ojos.

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