Begoña Méndez
«Las místicas nos hablan de la importancia de una soledad propia»
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Raíz, conocimiento, liberación, amor, cuerpo, hambre y sed, lenguaje y, en medio, una palabra que lo significa todo y no significa nada: Dios. Frente al mundanal ruido y el capitalismo feroz, la profesora y escritora Begoña Méndez (Palma, 1976) nos propone en su ensayo ‘Místicas’ (Wunderkammer, 2025) un recorrido por las biografías de autoras y artistas que, desde la Edad Media hasta la actualidad, han explorado los caminos de la mística en sus obras. A través de los textos de Beatriz de Nazaret, Margarita Porete, Josefa Tolrà, Hilma af Klint, Simone Weil, Clarice Lispector, Marosa di Giorgio, Chantal Maillard y Anne Carson, Méndez desglosa e investiga la experiencia espiritual, que hoy nos apela más que nunca.
En el libro cuentas que el viaje místico comienza siempre con una quiebra: un duelo, la llegada a la madurez, una enfermedad. ¿Buscar la vida interior es necesariamente una reacción ante un suceso rompedor?
Leyendo a muchas autoras místicas, he podido constatar que despertar a la necesidad de encontrar un sentido por encima de las propias vidas –precarias, vulnerables y pequeñas–, un sentido que trascienda la propia insignificancia, viene siempre de una grieta interior. En esa grieta también anida una voluntad dormida de relacionarnos con los demás de una manera más amorosa, que renuncia a la idea de la vida como lucha o pelea. Esta doble idea es fundamental en todas las autoras místicas, y entender que llega a través de una quiebra vital es fundamental para entender el camino místico.
«La mística es un llamado a aceptar que el dolor es inherente al hecho de estar vivos», escribes. Aceptación del dolor, que no eliminación. ¿Puede ser esto una lección vital en un mundo que en su búsqueda del placer absoluto niega la incomodidad, que niega el sufrimiento?
Vivimos en un mundo muy individualista que ha elevado la búsqueda de la felicidad y el placer a instancias superiores, y si no eres feliz y no sientes placer eres una persona fracasada. Las místicas, si las traemos al mundo contemporáneo, nos ayudan a entender que la belleza de estar vivas implica también aceptar el placer y el dolor, que no son opuestos, sino que forman parte de la experiencia vital. Negar el dolor implica negar una parte muy importante de la experiencia humana, y cerrar las puertas a la empatía y a la compasión. Queremos cerrar los ojos ante el dolor propio y ajeno, y lo acabamos convirtiendo en una forma de no responsabilizarnos de las vidas que tenemos alrededor. No hablo de culpa [por no hacerlo], sino de tratar de construir un mundo menos frío y menos terrorífico. Aceptar el dolor implica aceptar también la dimensión relacional del ser humano, una idea que, para mí, era fundamental traer al mundo de hoy, porque nos puede ayudar a vivir en un mundo más agradable.
«Las místicas nos ayudan a entender que la belleza de estar vivas implica aceptar el placer y el dolor»
Por otro lado, el proceso íntimo de la mística nos obliga a detenernos a pensar en las distintas caras de la soledad, uno de los grandes problemas de nuestro tiempo. ¿Es posible aprender a ver la otra cara del aislamiento, los beneficios de la soledad?
Creo que tenemos que aprender a habitar la soledad desde un lugar que no sea negativo, pero esto es algo muy difícil que exige un trabajo interior en el que ningún gurú nos puede ayudar. Tenemos que aprender a hacerlo por nuestros propios medios: Virginia Woolf hablaba de una habitación propia, y las místicas nos hablan de la importancia de una soledad propia. Es importante indagar en nosotras mismas para aprender qué necesitamos de todo aquello que no está en el mercado, por así decirlo, de todo lo que tenemos que construir. Por otro lado, para mí es importante diferenciar entre soledad y aislamiento, porque precisamente lo que nos muestran las místicas es que la soledad no es aislamiento. Ellas, desde su soledad, transforman la búsqueda interior en un lenguaje poético o artístico. Y a partir del momento en que transformas la soledad y la intimidad en un lenguaje artístico, lo estás transformando en una entidad comunicable, de vivencia compartida con los demás. De esta forma, a través de la soledad, podemos tender puentes artísticos hacia los otros. A partir del momento en que echas mano del lenguaje, aunque sea para expresar tu universo interior, ya hay una demanda de interlocutor, ya no hay aislamiento. No escribimos para nosotras solamente: dentro del lenguaje ya está inscrita la llamada del otro.
¿Puede aprenderse la mística o es un sentimiento que llega, como una «llamada»?
Creo que ambas vías son posibles. Al principio hablábamos de la idea de la grieta que te despierta la necesidad de trascender el propio yo, y a veces la vía hacia lo místico es una experiencia salvaje e inesperada, como fue el caso de Clarice Lispector, que encuentra el camino místico a través de algo tan inesperado como la observación de una cucaracha. Pero también es posible conseguir esa espiritualidad a través de las experiencias de otras autoras, mediante la lectura, por ejemplo. De hecho, ese es el espíritu del libro: trazar un legado que ha corrido en paralelo al canon oficial, que siempre es masculino, y que a través del seguimiento de esos hilos quien lea pueda encontrar su propia manera de despertar el sentimiento de lo sagrado, aunque, eso sí, muy ligado a lo terrenal. Mi propuesta no tiene que ver con la búsqueda del cielo eterno, sino de lo sagrado en el mundo físico.
«A través de la soledad, podemos tender puentes artísticos hacia los otros»
Hay mucha distancia entre varias de las mujeres que mencionas en el libro (Simone Weil, Marosa de Giorgio) y una religiosidad tradicional, como la de la Iglesia católica. ¿Es buscar lo divino necesariamente buscar a Dios, con mayúscula y en masculino?
Las místicas medievales sí que buscan a ese Dios, por decirlo así, masculino y arraigado a la idea de lo cristiano, pero el Dios que se busca es un dios críptico. No buscan un dios separado del hombre, sino uno que esté completamente vinculado al sufrimiento y a la belleza de este mundo. Sí que creo que muchas veces Dios es el nombre que le damos a lo inefable, a lo que no sabemos nombrar y que sin embargo despierta un deseo de búsqueda. Creo que Dios es un concepto casi, casi vacío que cada una de las místicas llena con lo que para ellas significa lo divino. Esa idea es emancipatoria, porque también implica que podemos buscar lo divino incluso considerándonos ateas. La mística femenina se funda en el amor, y Dios se conforma a través de cualquier forma del amor.
Al principio del libro citas a Susan Sontag: «Negar el misterio produce cordura y salud». El misterio del mundo ¿aún nos produce terror reverencial?
La mística trabaja con absolutos, y la idea de lo absoluto rebasa totalmente el sistema humano esencial, que es el lenguaje. Frente al lenguaje, que es un sistema dicotómico, en oposición, lo que hacen las místicas es juntar los pares dicotómicos y no concebirlos como ideas separadas, sino como un uno en confusión. Eso provoca terror, porque de repente el sistema lingüístico, que es el que sostiene la visión de lo humano, se descompone. En ese sentido sí, la búsqueda del misterio provoca terror. También es cierto que muchas veces esa búsqueda de lo absoluto, que implica no concebir el mundo organizado en pares binarios, se asocia con lo binario. A veces me pregunto dónde acaba la santidad y dónde empieza la locura. Pienso en el caso radical de Simone Weil, que estaba enferma pero aceleró su muerte precisamente por sentirse concernida con todas las personas que estaban sufriendo en la Segunda Guerra Mundial. No soportaba que nadie pasara hambre durante el nazismo y por ello se dejó ella misma morir de hambre: esto es algo radical, y asusta. Es el mismo caso de Margarita Porete, que murió quemada en la hoguera por negarse a defenderse ante el tribunal inquisitorial; estaba tan convencida de su escritura y de su experiencia y pensamiento que decidió que callarse y dejarse matar. Estos gestos de las místicas, estos modelos de experiencia de Dios, claro provocan terror por lo radicales.
«Creo que Dios es un concepto casi vacío que cada una de las místicas llena con lo que para ellas significa lo divino»
Simone Weil es precisamente una de las autoras para las que el cuerpo es un medio para la mística. Esta es una noción que resaltas: que en muchas de estas autoras el cuerpo no es una prisión, un estadio antes de llegar a lo divino, sino un medio para llegar a él. ¿Cómo conjugar el mundo sensible con la experiencia divina?
Para ellas el cuerpo es un elemento más de la experiencia divina. Es un hallazgo absolutamente rebelde contra la teología cristiana, que consideraba que el cuerpo era un costal asqueroso. Hidelgarda, por ejemplo, hablaba de la mujer como podredumbre de la podredumbre; sin embargo las místicas dignifican la experiencia encarnada y permiten que la experiencia pasada por la carne sea relevante, lo que nos ayuda a entender esa idea de lo sagrado que reside en el mundo terrenal. También eso hace que, con mucha frecuencia, la mística de amor se exprese en términos muy parecidos o directamente eróticos. El erotismo de la carne y la experiencia divina muchas veces se transmiten a través de los mismos símbolos.
Antes hablabas de la convivencia de lo divino con el ateísmo, y pienso también en la visión racional del mundo físico, científica, que muchas veces creemos no se puede conjugar con la espiritualidad…
Simone Weil se preguntaba por qué una persona atea no podía experimentar a Dios. Weil decía que la experiencia de lo divino puede existir en alguien ateo siempre que se sienta concernido con el dolor del mundo y vinculado a los demás. Tal vez podríamos hablar de una idea de lo humano como una instancia relacional en la que ningún dolor te puede resultar ajeno. Si tú sientes compasión, ahí puede nacer la experiencia de lo divino, en el sentido de que es una experiencia vinculada con toda la creación, más allá de lo humano. Concernirse con las violencias de todo el planeta puede ser también un camino de sentir esa cosa que denominamos «Dios».
«El erotismo de la carne y la experiencia divina muchas veces se transmiten a través de los mismos símbolos»
¿Cómo te explicas este boom de la mística? ¿Buscamos, quizá, algo de silencio contemplativo entre tanto ruido?
Desde época medieval hasta ahora mismo, con Chantal Maillard o Anne Carson, el misticismo o la escritura mistérica ha estado ocurriendo siempre en paralelo, ha sido una búsqueda que no ha cesado, aunque no lo viéramos tan abiertamente. Lo que ha ocurrido es que, a través del fenómeno de Rosalía, de repente se ha puesto en el centro de la cultura pop. Creo que tiene que ver con la necesidad de frenar el ritmo frenético del capitalismo y salirnos del individualismo atroz, y también, creo, que hay algo de hartazgo identitario. Estamos todo el tiempo obligadas a sostener un yo firme, un yo reconocible, que en la mayoría de los casos se puede comprar y exponer como si fuera una mercancía. El yo se han convertido en un producto de venta y consumo, y creo que hay una necesidad de salirse de esa exigencia de construir identidad, una necesidad muy profunda de vincularnos con los otros desde un lugar que no esté mercantilizado. [El boom de la mística] responde a un espíritu de época que a mí me ha cogido por sorpresa, porque cuando escribí el libro pensé que estaría fuera de los intereses de nuestro tiempo [risas].
¿Y no corremos el peligro de que la intimidad espiritual y la mística se conviertan también en un nicho de consumo?
Claro, es que yo creo que nuestro mundo todo lo fagocita. El capitalismo es famélico e insaciable, entonces creo que, dentro de esta explosión de lo místico, seguramente habrá muchas personas que se queden en lo superficial y en lo meramente estético, y que se olvidará a los pocos días cuando surja un nuevo interés que se sitúe en el centro. Pero sí que creo que hay un goteo más silencioso que seguramente dará lugar a una continuidad silenciosa, a que ese hilo de búsqueda de no se interrumpa. Ahora solo pensamos en Alauda Ruiz de Azúa, en el libro Instrucción de novicias de Ana Garriga y Carmen Urbita, en Lux… Pero antes ya estuvo Aixa de la Cruz en Todo empieza por la sangre, que es una novela anterior al boom en la que ya se exponía esa necesidad de recogimiento interior por una experiencia insatisfactoria de lo erótico como un intercambio de bienes, o también Christina Rosenvinge con su disco Los versos sáficos, donde coge fragmentos de Safo, que tiene que ver mucho con la divinidad. Ese hilo [de lo místico] siempre ha estado presente, y va a seguir construyéndose fuera de los términos capitalistas.
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