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El libro más útil jamás escrito

En el ‘Oráculo manual y arte de prudencia’, Baltasar Gracián enseñaba a vivir con lucidez en un mundo donde los ingenuos eran devorados a dentelladas.

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28
abril
2026

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Así lo definió Schopenhauer en sus Parerga: «el libro más útil jamás escrito». Fue leído y discutido por Goethe, Nietzsche, Walter Benjamin y T. S. Eliot. Las empresas de negocios británicas lo han usado durante años como vademécum y los publicistas siguen citando algunos de sus aforismos como mantras («obrar siempre como si se tuviera testigos»). Durante los 90 del pasado siglo se convirtió en un bestseller entre los estadounidenses y Bill Clinton afirmó que era un libro al que volvía cada cierto tiempo. Ahora Elon Musk dice que es uno de sus libros favoritos…

¿Quién iba a imaginar que Baltasar Gracián (1601-1658) acabaría conquistado América sin moverse de su celda? De todos los autores del Siglo de Oro, pocos resultaban, en principio, menos atractivos que este jesuita aragonés, más soso que brindar con agua del grifo. El padre Gracián vivió ajeno a las heridas de guerra y a la prisión (a diferencia de Cervantes), a las pendencias libertinas (a diferencia de Lope) y a las controversias literarias (a diferencia de Quevedo). No hubo en su vida galeras ni cadenas, ni amantes apasionadas o mecenas caprichosos. Solo un cura leyendo en la penumbra a Séneca y Tácito mientras sus mayores en la Orden lo miraban de reojo. ¡Viviendo al límite!

En efecto, Gracián nunca empuñó la espada, aunque su pluma cortara como el estoque, ni escribió novelas jocosas o dramas sangrientos, como tantos genios chispeantes del XVII. Su vida fue en general prosaica y retirada. Sin embargo, pagó un precio alto por atreverse a pensar. Cuando escribió en 1647 el Oráculo manual y arte de prudencia (pequeño arsenal de inteligencia que he tenido la oportunidad de prologar para Roca Editorial), Gracián ya vivía muy atado en corto por sus superiores de la Compañía de Jesús e intuía que su obra terminaría siendo su condena. No se equivocaba.

Aunque nacido en el silencio pedregoso de Belmonte de Calatayud, una pequeña localidad aragonesa de trazado medieval, Gracián siempre se consideró bilbitano. Entre su pueblo y Calatayud, en la actual provincia de Zaragoza, apenas mediaban quince kilómetros de suaves colinas, viñedos y campos de cereal, pero la distancia parecía mucho mayor. La antigua Bílbilis, enclave estratégico en la ruta entre Zaragoza y Madrid, era su horizonte cultural, la herencia romana a la que deseaba adscribirse.

Su primera obra publicada fue El Héroe (1637), uno de esos «espejos de príncipes» que, desde la Edad Media, ofrecía a los gobernantes retratos idealizados del gobernante virtuoso. La innovación de Gracián consistió en definir un nuevo tipo de nobleza en que la excelencia interior era más importante que el linaje. Le siguió El Político Don Fernando el Católico (1640), una aparente hagiografía del rey aragonés que colaba de matute una crítica finísima al poder: so capa de tributo se ofrecía una lectura de la política como teatro, como juego de espejos y apariencias, en que Fernando aparecía como un maestro del disimulo y el cálculo capaz de gobernar sin perder el control del gesto. El Discreto (1646) ya no iba dirigido a estadistas, sino a cualquier que deseara vivir en sociedad sin perder la integridad o exponerse como presa fácil. En un mundo dominado por el artificio, discreto es aquel que mira sin ser visto y actúa sin hacerse notar, influyendo en la voluntad ajena con la persistencia queda con que el agua se filtra en la piedra. Terminaba así de perfilarse el homo gracianus: aquel que sabe conducirse en un mundo de engaños sin renunciar a la verdad.

Compuesto de 300 aforismos, el Oráculo manual y arte de prudencia vino a ser su obra de madurez y también de síntesis. Su estilo breve e incisivo no respondía solo a una elección estética, en tanto que el aforismo obliga a interpretar y, sobre todo, decidir. En un mundo que no daba certezas, cada máxima exigía ser aplicada con inteligencia en función de cada momento. Enseñaba a vivir con lucidez en un mundo donde los ingenuos eran devorados a dentelladas. Hablaba de política, de trato social, de cómo fingir, de cómo callar, de cómo elegir, de cómo retirarse a tiempo…

Compuesto de 300 aforismos, el ‘Oráculo manual y arte de prudencia’ vino a ser su obra de madurez y también de síntesis

Lo escribió durante su segunda estadía en Huesca, donde trabajaba como predicador y profesor de teología moral. En la provincia, un avispero de tensiones internas entre aragoneses, catalanes y valencianos, su figura de hombre de letras era vista con suspicacia: lo leían no solo frailes, sino cortesanos, diplomáticos, laicos y hasta erasmistas. Poco importó que publicara bajo el seudónimo de Lorenzo Gracián. Su voz empezaba a resonar más allá de los púlpitos y las aulas, y eso despertaba los recelos de los jesuitas. A estas alturas, Gracián ya lo había sido todo en la Compañía: novicio, maestro, predicador, confesor, profesor… Había pasado por los colegios de Tarragona, Calatayud, Valencia y Gandía, y acumulado más lecturas que ascensos. La España de los años 40 afrontaba la guerra de Cataluña, la secesión de Portugal, la bancarrota del Estado y, de fondo, el lento periclitar del Imperio. Ese clima de zozobra colectiva se reflejaba en este libro desengañado, escrito con un estilo sobrio y cortante, muy alejado del relativo idealismo de El Héroe o El Discreto.

Los recelos no harían sino aumentar con El Criticón (1651–1657), la más compleja de sus obras. A lo largo de varias decenas de crisis —esto es, críticas, juicios—, los dos protagonistas de esta curiosa novela alegórica viajaban de la primavera de la niñez al invierno de la senectud, es decir, de la ingenuidad al desengaño. Andrenio era el buen salvaje, el hombre natural, amamantado por una bestia y criado en una cueva, que caía en todas las trampas que le salen al paso; Critilo, el hombre reflexivo y juicioso que buscaba las claves de un mundo engañoso, o, en expresión de Gracián, un mundo «encifrado». Cuando en 1651 se publicó su primera parte, Gracián era ya un autor consolidado, leído en España y fuera de ella. Tan inmediato fue el éxito como el escándalo, que se volvió intolerable con la aparición de la segunda parte en 1653. Gracián retrató al clero levantino, en especial el de Gandía y Valencia, dominado por el oropel y la vida mundana. En vez de templar gaitas, el autor se mantuvo intransigente y en 1657 entregó la tercera parte, la más controvertida de todas, sin la autorización de sus superiores. El desenlace, que narraba la huida de los protagonistas hacia una isla de sabiduría, asequible a unos pocos, no dejaba lugar a dudas: el mundo es corrupción, y la virtud solo puede salvarse poniendo tierra de por medio. Fue entonces cuando la Compañía de Jesús decidió intervenir de forma tajante. La reprensión fue cuando menos severa: no volvería a publicar ni una sola línea sin consentimiento expreso de la Orden. Gracián, que hasta entonces había vivido con una escrupulosa observancia de sus obligaciones como predicador, confesor y maestro, experimentó aquella censura como una verdadera traición. No se le acusaba de herejía ni de escándalo moral, ni de faltar a la ortodoxia doctrinal, sino de haber pensado por su propia cuenta.

A Gracián no se le acusaba de herejía ni de escándalo moral, ni de faltar a la ortodoxia doctrinal, sino de haber pensado por su propia cuenta

Finalmente, Gracián solicitó su exclaustración, lo que en Roma cayó como una bomba. Se le negó la salida, se le impuso el silencio y, apartado de sus cargos, fue desplazado a Huesca, luego a Zaragoza, después a Graus y, finalmente en 1658, destinado a una Tarazona fría y marginal. Gracián vivió sus últimos meses vigilado y obligado a callar. Murió el 6 de diciembre de ese mismo año sin haber abjurado de su fe, pero con la certeza amarga de que la claridad de juicio había sido su condena. El Oráculo, por su parte, se tradujo al francés en 1684, convirtiéndose en un manual político para sobrevivir en la corte de Luis XIV, y su influencia se dejó notar en autores como La Bruyère y, más adelante, Saint-Simon y Montesquieu. Luego vendrían Schopenhauer, Bill Clinton y el súrsum corda. La paradoja no es menor: la Compañía lo silenció, pero su obra nos sigue hablando cinco siglos después.

Conque ¿de qué va el Oráculo? A estas alturas, la pregunta es obligada. Por fuera, parece una colección de aforismos. Pero, a poco que uno se fije, advierte que nada tiene que ver con un florilegio de ocurrencias. Entonces, ¿es un tratado moral? ¿Un manual de liderazgo barroco? ¿Un compendio de aforismos? ¿Una miscelánea sapiencial? ¿Un espejo de príncipes en miniatura? Todo y nada a la vez. Digamos que hay libros que son como esas aves raras que no se dejan enjaular con facilidad: uno las mira y, ante la incapacidad de precisar si son cisnes, patos o garzas, solo puede confirmar que vuelan. El Oráculo manual y arte de prudencia es uno de ellos.

Para muestra, un botón: «Nunca perderse el respeto a sí mismo» y obrar así «más por el temor de su cordura que por el rigor de la ajena autoridad». Como enseñara Spinoza, el autodesprecio es en ocasiones peor que el envanecimiento o la soberbia; por eso llamó abyección al hecho de estimarse en menos de lo justo: abyecto (en origen, ab-jectus) es quien se separa de lo común y se arrastra por al suelo. Otro aforismo: «Para ser bienquisto, el único medio, vestirse la piel del más simple de los brutos». ¿Hace falta recordar la conveniencia de hacerse el tonto? Quienes sobrepujan entre sus pares sóoo generan pelusa y resquemores. El tonto de Pastrana solía zamparse la bandeja de pasteles que sus superiores le encargaban, pero estos tendían a disculparlo cuando aquel les interpelaba: ¿Pero no ven que soy bobo, señores? Actuar con discreción es lo contrario de actuar a discreción.

Más madera: «Con el docto, docto; y con el santo, santo». Un tratado de buenos modales en nueve palabras. Hay un lenguaje para cada lugar. Intolerable es la jerga patibularia en el templo, intolerable la jerga académica en la taberna. Do fueres… Y el último, que es el primero del libro y también el más conocido: «Lo bueno, si breve, dos veces bueno». Tiene gracia leer que «más obran quintaesencias que fárragos» en un tiempo de ensayos plúmbeos, indigestos y, en efecto, farragosos.

¿Qué es, por cierto, un oráculo? Este libro lo es, pero no en el sentido de esos sacerdotes griegos que ofrecían respuestas enigmáticas. La estructura del libro da una pista: impreso en formato pequeño, pensado para caber en la faltriquera, busca acompañar al lector como un breviario del mundo, según se deduce del pasaje del Criticón donde Andrenio contempla las virtudes en relieve y escucha la explicación de Critilo: «mucho gustó de ver y de entender aquel maravilloso oráculo de toda la vida». Oráculo, a este respecto, significa guía, explicación.

En cuanto a «manual», tampoco es lo que hoy entendemos como un conjunto de instrucciones tediosas, como el que acompaña a la mesa de Ikea o al exprimidor eléctrico, sino «lo que cabe en la mano», lo que acompaña y, ante todo, lo que uno lleva en el bolsillo como un puñal pequeño contra los vicios. No es casualidad que, ya para los griegos, enchiridion significara precisamente eso, daga. ¿Y qué es el Oráculo sino un arma blanca contra la idiocia?

El «arte de prudencia» es la tercera trampa barroca del título, porque «arte» no es aquí arte bello, sino «técnica» (téchne), conjunto de reglas para sobrevivir, como el arte de la guerra o el arte de la política; y «prudencia» no es solo la virtud cardinal, sino también un cóctel bien equilibrado de discreción, cálculo y también picardía, instilados gota a gota.

¿Qué es el ‘Oráculo’ sino un arma blanca contra la idiocia?

Prudentia recta ratio, decían los latinos. ¿De verdad la prudencia guía a la razón a actuar rectamente? Sí, siempre y cuando no confundamos la rectitud con el arte de llegar primero y, por tanto, con la negación del arte mismo. ¿Qué hay de artístico en conducir por la autopista a doscientos por hora? Lo mismo, ya puestos, cabría preguntarse de las calificaciones escolares: la gloria no estriba en sacar la única matrícula de la clase, sino en obtener un cinco pelado cuando se contaba con suspender. Digamos, fuera de bromas, que la única manera de hacer bien las cosas es no atender al resultado, dado que los fastos no son sino excusas para no rendir cuentas ante el espejo. Si ser recto —esto es, ser prudente— nada tiene que ver con jugar a las carreritas, lo que aplica en el pupitre escolar también aplica en el mundo universitario —no es casualidad que se llamen carreras— y a las infinitas añagazas y trompicones del mundo adulto, en que el éxito efímero suele premiarse por encima del esfuerzo constante. Al fin y al cabo, ¿qué es la política actual sino un gigantesco patio de colegio en el que todos los alumnos hubieran desertado, salvo los matones que gritan más fuerte y los sapientines que repiten la lección sin entenderla? ¿Y qué es la prudencia sino lo opuesto a la obstinación de tener siempre razón y conquistar el dudoso derecho de amargarle la sobremesa al vecino?

Si algunos, de Bill Clinton a quien esto firma, releemos cada cierto tiempo el Oráculo es porque nos parece un tesoro. Y un tesoro no reluce por ser nuevo, sino porque siempre está presente. Ignoro si la historiografía miente, pero sospecho que al menos no dice toda la verdad: el barroco no es una época del pasado, sino una forma de —por decirlo con una expresión gracianesca muy cara a Schopenhauer— «tomar muy de veras el vivir». Y la prudencia, su virtud cardinal, no es sino la manera inteligente de negociar con la realidad, evitando por igual el optimismo ciego y la desesperación derrotista. Porque una cosa es ser recto y otra muy distinta es ser rígido, plano o paralelepípedo. Bien nos iría cultivando la prudencia como regalo oracular, pero nunca como ley de piedra. Porque toda piedra, antes o después, termina por romperse y convertirse en un peligroso objeto arrojadizo contra uno mismo.

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