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Reivindicar la pausa: por qué el sueño es el último reducto de nuestra libertad

En una cultura que ha borrado los límites del tiempo, descansar bien muestra hasta qué punto hemos convertido la vigilia en norma y la pausa en excepción.

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28
abril
2026

El sueño ya no es solo una cuestión biológica, sino política. En una cultura que premia la vigilia y penaliza la pausa, descansar bien depende cada vez menos de la voluntad y más de cómo hemos organizado la vida.

Dormir no debería ser un acto de resistencia. Y, sin embargo, lo es. En una sociedad que ha convertido la productividad en identidad, el descanso ha dejado de ser una necesidad para convertirse en una anomalía. No porque no sepamos dormir, sino porque hemos organizado nuestras vidas de tal manera que hacerlo bien resulta cada vez más difícil. El problema del sueño ya no es individual: es estructural. Y lo estructural no se corrige con fuerza de voluntad.

Hemos abordado el descanso como una cuestión de hábitos: apagar pantallas, cenar ligero, meditar antes de acostarse. Todo eso ayuda, pero desplaza la atención hacia el lugar equivocado. Porque el problema no es solo cómo dormimos, sino en qué condiciones intentamos hacerlo.

La hiperconectividad ha diluido los límites del día. El trabajo se ha filtrado en la noche, la disponibilidad constante se ha normalizado y el tiempo ha perdido su forma. Donde antes había una arquitectura reconocible —trabajar, vivir, descansar—, hoy hay un continuo sin interrupciones. En ese contexto, dormir no es simplemente cerrar los ojos: es retirarse, aunque sea por unas horas, de una lógica que no se detiene.

El problema del sueño ya no es individual: es estructural

Hemos aprendido a vivir en una vigilia permanente. Dormimos menos y descansamos peor, pero hemos dejado de percibirlo como un problema. El cansancio se ha integrado en la normalidad hasta convertirse en una medalla invisible. Decir «no paro» ya no expresa malestar, sino valor.

Pero el cuerpo no negocia. Puede adaptarse durante un tiempo, incluso engañarnos con una sensación de activación que confundimos con rendimiento, pero siempre termina pasando factura. Y lo hace de la forma más silenciosa: deteriorando nuestra capacidad de pensar, de decidir y de relacionarnos. Porque un cerebro cansado no solo funciona peor; siente peor.

Quizá por eso el sueño empieza a revelar una dimensión que rara vez se menciona: su carácter profundamente político. Dormir bien no depende únicamente de la voluntad individual, sino de cómo están organizados nuestros tiempos y trabajos. Cuando esas condiciones fallan, el descanso deja de ser un derecho efectivo y se convierte en un privilegio silencioso. Byung-Chul Han describió esta deriva como la transición hacia una sociedad del rendimiento, en la que el individuo se explota a sí mismo creyéndose libre. En ese contexto, el descanso deja de ser un derecho para convertirse en una concesión.

No es casual que hayamos empezado a pagar por descansar. Aplicaciones que monitorizan el sueño, retiros de silencio, programas de desconexión digital… El descanso se ha transformado en un objeto de consumo. Cuando una sociedad necesita cursos y reglamentos para aprender a desconectarse, algo se ha roto en su relación con el tiempo. Incluso el sueño ha sido absorbido por la lógica de la optimización: ya no basta con dormir, hay que hacerlo mejor, medirlo, compararlo.

No es casual que hayamos empezado a pagar por descansar

Y, sin embargo, dormir es precisamente lo contrario de una tarea. Es el único momento del día en el que dejamos de producir, de responder, de estar disponibles. El sueño pertenece a la constelación de lo no utilitario —el arte, el juego, el amor—: aquello que no se justifica por lo que produce, sino por lo que es. Lo que no tiene propósito sostiene todos los propósitos. Por eso incomoda. Porque en un mundo que mide el valor en términos de actividad, detenerse resulta sospechoso.

Aun así, atrapados en la lógica del rendimiento, hemos empezado a hablar del descanso como si fuera una cuenta corriente. Pagamos «deudas», acumulamos «horas», compensamos «déficits». El sujeto del rendimiento no descansa: gestiona su agotamiento.

Quizá la pregunta no sea por qué dormimos mal, sino por qué hemos aprendido a vivir así.

La historia reciente del sueño es, en buena medida, la historia de su progresiva colonización. La noche dejó de ser un refugio para convertirse en una extensión del día. El descanso pasó a ser una negociación constante con la agenda. Pero el cuerpo sigue recordando algo que la cultura ha olvidado: que no todo el tiempo puede ser productivo sin consecuencias. Dormir no es una interrupción de la vida, sino su condición de posibilidad.

Tal vez por eso el insomnio no sea solo un problema clínico, sino un lenguaje: la forma en que el cuerpo dice «basta» cuando nosotros no nos atrevemos. Reivindicar la pausa no es una renuncia al progreso, sino una forma de hacerlo habitable. Implica reconocer que no todo debe estar al servicio de la eficiencia.

Por ello, dormir bien no debería ser un privilegio. Debería ser una forma básica de libertad, quizá nuestro último reducto.


Alfredo Rodríguez-Muñoz es catedrático de Psicología en la Universidad Complutense de Madrid y autor de ‘Dormir para vivir. La ciencia del descanso en la era del cansancio’ (Kailas, 2026).

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