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La muerte de Walter Benjamin

Benjamin fue un pensador inclasificable. Tras revolucionar la crítica cultural y la comprensión de la modernidad, su vida terminó trágicamente en el exilio al huir del nazismo.

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05
febrero
2026

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Walter Benjamin (1892-1940) nació en Berlín al calor de una pudiente familia de origen judío. Desde joven mostró una curiosidad que brincaba de la filosofía a la literatura o de la teología a la fotografía, entre otros. Ese cóctel, con ingredientes de erudición clásica, de afinidad por la modernidad urbana, de teología y marxismo, comporta que su obra no sea fácil de encajar en las categorías tradicionales. Fue un crítico literario, sí, pero no menos que un historiador de la cultura o, igualmente, un pensador sobre la experiencia estética.

Estudió en varias universidades alemanas y su formación coincidió con el momento en que la filosofía europea debatía sobre el legado del idealismo, el nacimiento de la sociología o la emergencia de nuevas formas de arte. De ello da fe su tesis de habilitación, El origen del drama barroco alemán, que le granjeó cierto respeto intelectual, aunque curiosamente fue rechazada por los académicos. En realidad, su talento se desplegó en ensayos cortos que ya en su juventud fue produciendo con gran eficiencia. Quien los lea detectará una peculiaridad muy al estilo de Benjamin. De cualquier fenómeno particular (como el estilo de una calle) extrae preguntas de gran enjundia filosófica.

Su ensayo sobre La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, publicado en 1936, propuso un cambio en la manera de pensar la modernidad. La aparición de la fotografía y del cine transforma la relación entre la obra y su público, quebrando el aura de la pieza y permitiendo su circulación masiva, con notables efectos políticos y estéticos. Esa intuición le permitió pensar la cultura como un terreno de luchas, y no únicamente como reflejo pasivo de lo social.

Otra constante en su obra fue la imaginación histórica. Benjamin no entendió la historia como una hilera de episodios perdidos en el pasado. La historia es, para él, un campo del que las imágenes pueden ser recuperadas para reflexionar acerca del presente. Con este espíritu, sus célebres Tesis sobre la filosofía de la historia proponen una historia llena de destellos en los que las víctimas de antaño reclaman justicia en su presente.

En 1940, cuando París cayó bajo la ocupación nazi, Benjamin emprendió la huida hacia el sur de Francia

Por desgracia, su biografía destaca a partir de aquí por ser una fuga. Huyó del ascenso del nazismo y vivió en el exilio parisino, donde trabajó con colegas de la Escuela de Frankfurt y otros amigos intelectuales. En 1940, cuando París cayó bajo la ocupación emprendió la huida hacia el sur de Francia e intentó cruzar los Pirineos para alcanzar España y, desde allí, embarcarse hacia Estados Unidos en el puerto de Lisboa.

El tramo final del trayecto terminó en Portbou, un pueblo fronterizo en la costa catalana. Entre otras personalidades, había llegado acompañado de la fotógrafa Henny Gurland, futura esposa del filósofo Erich Fromm, guiado por la activista Lisa Fittko (autora de Mi travesía de los Pirineos). Allí, la esperanza se le quebró. Las autoridades españolas anularon los permisos de tránsito de los refugiados y Benjamin fue conducido al Hotel Francia.

Todavía se conserva la factura. El filósofo comprendió que estaba a punto de ser devuelto a Francia y, con toda probabilidad, a sus persecutores nazis. Asfixiado por la situación, saldó sus deudas con el hotel e ingirió en su cuarto, aquella noche del 26 de septiembre de 1940, una dosis letal de morfina.

Durante cinco años sus restos reposaron en el nicho 563 del cementerio de Portbou. Sus compañeros lo costearon hasta que ya no pudieron hacer frente a la factura, tras lo cual sus huesos fueron perdidos en el osario.

El pasado tiene eco en el presente y, así, la memoria de Benjamin (junto la de todos los que no pudieron escapar del horror) se conserva en ese pequeño pueblo que le vio morir gracias a un hermosísimo monumento, sobre un acantilado, llamado «Pasajes».

La muerte de Benjamin en Portbou convirtió su biografía en un relato casi mítico. Así fue la vida de un intelectual que trató de escapar con un maletín lleno de obras y cuadernos. A lo largo de los años han surgido debates y documentales que exploran hasta qué punto su muerte fue consecuencia del desamparo, de un acto voluntario y trágico, o, acorde a algunas hipótesis menos plausibles, de una intervención externa.

Sea como fuere, Benjamin brindó la lección de que la crítica cultural puede ser al mismo tiempo exacta y comprometida. Observar las calles no es necesariamente una distracción gratuita. Puede ser la forma de documentar las condiciones de posibilidad de una época. Su vida, y la manera en que concluyó, recuerdan que las preguntas intelectuales más agudas afloran allí donde la reflexión se abraza con la vida. Y, asimismo, que la ética del pensamiento se mide en los momentos en que la historia apremia.

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