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Tierras raras en España, ¿en qué punto se encuentran?

A pesar de que se han identificado yacimientos de estos minerales, en España la dependencia exterior de las tierras raras es total. Para poder explotarlos haría falta un marco regulatorio claro, consenso social y una minería ambientalmente responsable.

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14
abril
2026

Imanes de alto rendimiento, pantallas, láseres, catalizadores, baterías… muchas de las tecnologías fundamentales en la industria actual (y cuyo uso, previsiblemente, no hará más que crecer en los próximos años) dependen de las tierras raras para su producción.

A pesar de que su nombre puede dar lugar a confusión, las tierras raras no son más que un grupo de 17 elementos químicos clave en sectores como la electrónica, las telecomunicaciones, o las energías renovables, por lo que se consideran recursos estratégicos. Incluyen los 15 lantánidos, además del escandio y el itrio. Tierras es el nombre que se daba antiguamente a los óxidos. Raras porque, aunque no son escasas (hay depósitos de la mayoría de ellas en todo el mundo) sí es poco frecuente encontrarlas en yacimientos de fácil explotación.

Países como China, Brasil, Vietnam, Rusia o India cuentan con reservas importantes, pero no todos tienen la capacidad de extraer y procesar dichas reservas. En la actualidad, China produce en torno al 70% de las tierras raras extraídas en todo el mundo, y concentra alrededor del 90% del refinado mundial, controlando de esta forma más del 80% del comercio global de estos materiales. Teniendo en cuenta la importancia estratégica de las tierras raras, no es de extrañar que prácticamente todas las grandes potencias económicas y tecnológicas traten de asegurarse el acceso a ellas. Estados Unidos, por ejemplo, está impulsando proyectos mineros y de refinado propios y alianzas con otros países como Australia, Canadá o Brasil para reducir la dependencia de China y construir cadenas occidentales de suministro.

También la Unión Europea es consciente de la importancia de las tierras raras para su transición ecológica y digital, así como para cuestiones de defensa y carrera espacial, pero sus esfuerzos van muy a la zaga. En 2024, se aprobó el Critical Raw Materials Act (CRMA) con la finalidad de garantizar un suministro seguro, sostenible y diversificado de 34 materias primas críticas (entre ellas, las 17 tierras raras). Así, se fijaban varios objetivos concretos para 2030: extraer en territorio de la UE al menos el 10% del consumo anual de estos materiales estratégicos, procesar internamente al menos el 40% y reciclar al menos el 25% del consumo anual. Además limitaba que ningún país extranjero pudiera cubrir más del 65% de las importaciones.

Objetivos que no se han cumplido, según las propias evaluaciones oficiales. Un documento del Servicio de Estudios del Parlamento Europeo sobre la aplicación del CRMA señala que, aunque el marco es un «buen primer paso», hay muchas dudas sobre si las medidas para acelerar la minería y el procesado serán suficientes, sobre todo por falta de financiación específica, baja aceptación social y costes energéticos altos. En ese mismo informe se cita una estimación de la patronal minera Euromines según la cual, para cumplir el objetivo del 10% de extracción, harían falta entre 20 y 30 nuevos proyectos mineros estratégicos en la UE antes de 2030. Pero los plazos para abrir nuevas minas son largos, los estándares ambientales son mucho más exigentes que en otros países, lo que mejora el proceso, pero también lo ralentiza, y muchos proyectos se encuentran con resistencia social y ambiental a nivel local (como ha ocurrido con las tierras raras en España).

En España hay yacimientos de tierras raras –según la geóloga Ester Boixereu, «muy fáciles de explotar»–, pero a día de hoy la extracción y el refinado industrial de estos elementos es prácticamente inexistente. En distintos estudios se han identificado varias zonas de interés para las tierras raras en el país. En el Domo del Tormes, en la frontera entre Salamanca y Zamora, se han descrito indicios de lantano, cerio y otros lantánidos. En la Sierra do Galiñeiro (Pontevedra) se documentan concentraciones significativas de monacita y otros minerales de tierras raras. Y en el complejo basal de Fuerteventura y la zona submarina del monte Tropic (Canarias) se han detectado enriquecimientos de telurio y otros metales estratégicos vinculados a tecnologías renovables.

En Ciudad Real, Pontevedra, Fuerteventura y entre Salamanca y Zamora ya se han encontrado yacimientos de tierras raras

Pero sin duda el yacimiento más citado es Matamulas (Campo de Montiel, Ciudad Real), con monacita rica en tierras raras magnéticas como el neodimio y el praseodimio, evaluado por geólogos del CSIC como un depósito de «altísima calidad» y con potencial clave para Europa. De hecho, es el único gran proyecto de mina de tierras raras en España que había avanzado en tramitación administrativa, promovido por la empresa Quantum Minería, pero recibió una Declaración de Impacto Ambiental negativa en 2018 y fue frenado por la justicia por riesgos para la biodiversidad, el agua y la agricultura.

En la práctica, no existe en la actualidad ninguna explotación de tierras raras en operación comercial en España. Tampoco se dispone de plantas industriales de separación y refinado significativas, aunque sí hay capacidad científica y experiencias piloto, y varias empresas españolas participan en proyectos europeos para crear la primera cadena de valor europea de extracción, procesado y refinado de estos metales, pero están en fase incipiente.

Por el momento, el papel de España es principalmente como importador, y no hay indicios de que eso vaya a cambiar en el corto plazo. El gobierno lanzó el pasado año un plan en la misma línea del europeo que incluye explorar yacimientos de minerales críticos (incluidas tierras raras), recuperar recursos de antiguas minas y potenciar el reciclaje, con el objetivo de reducir la dependencia exterior y, a mediano plazo, poder extraer y tratar parte de estos materiales en territorio español.

Las barreras que se interponen a estas intenciones no son de índole geológica sino ambiental y social. Y es que la extracción y procesado de las tierras raras pueden generar grandes volúmenes de residuos tóxicos, en ocasiones radiactivos, y altos consumos de agua y alteración de suelos, lo que choca con una protección medioambiental consistente (hay que tener en cuenta que la legislación ambiental europea es de las más estrictas del mundo). Esto provoca una fuerte oposición social por miedo a la contaminación, que se suma a una desconfianza histórica ante la opacidad o las posibles malas praxis del sector minero.

Por otro lado, actualmente España tiene una casi nula capacidad industrial para separar y refinar las tierras raras, por lo que estas acabarían procesándose en el extranjero, lo que reduce el interés económico para las empresas. De la misma manera, los costes de extracción y cumplimiento ambiental en España son altos, mientras China, por ejemplo, ofrece estos materiales a precios muy competitivos gracias a economías de escala y normas más laxas.

Por eso, a pesar del interés estratégico de las tierras raras y de la presencia de yacimientos de minerales críticos en España, esto solo se podrá aprovechar si hay políticas claras, transparencia y participación social que garanticen una minería responsable y sostenible, algo que, a día de hoy, aún no existe.

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