María José Rubio
«No es que pensemos menos: pensamos peor, más deprisa y con menos profundidad»
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¿Estamos «entrenando» a nuestro cerebro para la fatiga constante y el olvido? Hablamos con la neurocientífica María José Rubio, docente del Grado de Psicología y del Máster Universitario en Neuropsicología Clínica de la Universidad Internacional de Valencia (VIU), sobre el impacto cognitivo que el ‘scroll’ infinito, las redes sociales y el uso desenfrenado de ‘chatbots’ están teniendo sobre nuestros cerebros.
Recientemente, en una sentencia sin precedentes, un jurado en Estados Unidos condenó a Meta y a Google por generar adicción a través del diseño de sus plataformas, especialmente entre los menores de edad. Pero no es un fenómeno que se limite a los jóvenes. ¿Por qué el cerebro actual se vuelve adicto a las redes sociales?
En mi opinión, las redes sociales están aprendiendo a hablar el idioma biológico del cerebro. No estamos ante una simple herramienta de comunicación sino ante entornos diseñados para explotar mecanismos muy antiguos de recompensa, anticipación y necesidad de pertenencia. Cada notificación, cada like, cada novedad activa circuitos dopaminérgicos relacionados no tanto con el placer como con la expectativa de recompensa. Y eso es especialmente potente cuando la recompensa es variable e impredecible, porque el cerebro queda enganchado esperando «la próxima». Y algo que nos preocupa es que en los menores este tema es aún más delicado, porque su corteza prefrontal –que es la región implicada en el autocontrol, la planificación y la regulación de impulsos– aún está madurando.
«Las redes sociales están aprendiendo a hablar el idioma biológico del cerebro»
Hace un par de años, el Diccionario Oxford eligió brain rot como «palabra del año». Desde la perspectiva de la neuropsicología, ¿cuán cierto es que, en medio del tsunami de estímulos y sobreinformación, nos estamos «pudriendo» el cerebro?
Yo no diría que el cerebro se está «pudriendo» porque esa expresión es demasiado alarmista pero sí creo que estamos viendo una reorganización preocupante de nuestros hábitos mentales. El cerebro es plástico: se adapta a aquello que hacemos de forma repetida. Si lo entrenamos en la fragmentación, en la urgencia o en el consumo rápido de estímulos, se vuelve más eficaz en eso, pero menos competente para sostener la atención, tolerar el aburrimiento o profundizar. El verdadero riesgo no es una degeneración cerebral en sentido literal. Lo que debe preocuparnos es la posible erosión de ciertas capacidades cognitivas superiores por falta de uso. Te pongo una analogía: igual que el cuerpo se resiente con el sedentarismo, la mente también se empobrece cuando vive instalada en la sobreestimulación y la superficialidad. No es que pensemos menos: pensamos peor, más deprisa y con menos profundidad.
Desde hace ya unos años, los expertos han dado la voz de alarma por el retroceso de nuestra capacidad de atención y concentración. Johann Hari incluso habla de una crisis atencional, debida principalmente a la hiperconexión y al diseño de las plataformas. ¿Qué impactos concretos está observando la neurociencia que tienen el scroll infinito, la gratificación instantánea de las redes sociales y la hiperconectividad sobre el cerebro?
Lo que observamos es una combinación muy clara de fatiga atencional, impulsividad y dificultad creciente para sostener el esfuerzo mental. El scroll infinito elimina el punto de cierre que es muy importante para el cerebro. Antes, una actividad tenía un principio y un final; ahora entramos en dinámicas de consumo sin límite, donde siempre hay un estímulo más esperando. Eso mantiene al cerebro en un estado de vigilancia constante. Además de eso, la gratificación instantánea va moldeando nuestras preferencias: cada vez cuesta más tolerar procesos lentos, complejos o que no ofrecen recompensa inmediata.
«Igual que el cuerpo se resiente con el sedentarismo, la mente se empobrece cuando vive instalada en la sobreestimulación»
En Generación dopamina, la psiquiatra Anne Lembke alerta sobre el precio personal y social que tiene la búsqueda desenfrenada por el placer. ¿Nos hemos convertido en esclavos de la dopamina? ¿Cómo superar esta búsqueda de «chute» dopamínico constante en internet?
Creo que a veces simplificamos demasiado cuando hablamos de la dopamina. La dopamina no es «la molécula del placer» solamente; también interviene en la motivación, la anticipación, y la búsqueda. El problema es haber construido ecosistemas digitales que la estimulan de forma continua, intensa y sin apenas fricción. Eso genera un efecto muy claro: lo cotidiano empieza a parecernos poco. Una conversación tranquila, una lectura larga o incluso el descanso quedan en desventaja frente al estímulo rápido, brillante y constante. Para salir de esa lógica no hace falta demonizar internet pero sí reeducar el sistema de recompensa. Y ¿eso qué implica? Pues volver a familiarizarnos con el esfuerzo, el silencio, la espera, y con actividades que no dan un premio inmediato.
¿Cree que el uso (y el abuso) de las redes sociales y los motores de búsqueda está llevando a la fatiga cognitiva? ¿Qué consecuencias tiene la fatiga digital sobre la mente humana?
La fatiga cognitiva se ha convertido en una de las grandes epidemias silenciosas de nuestro tiempo. El cerebro tiene una capacidad limitada para procesar información y tomar decisiones, y el entorno digital lo somete a una sobrecarga constante. Al pasar el día saltando entre notificaciones, mensajes y tareas fragmentadas, agotamos nuestros recursos atencionales mucho antes de percibirlo. Esto se traduce en dificultad para concentrarse, irritabilidad, peor memoria de trabajo y una sensación difusa de agotamiento mental. No es tanto un cansancio físico como una mente saturada por microdemandas continuas, que acaba deteriorando la calidad y profundidad del pensamiento.
«No hay tanto un cansancio físico como una mente saturada por microdemandas continuas»
¿Tenemos menos memoria hoy que hace unas décadas? ¿Cuánta culpa la tiene el llamado «Efecto Google» y cuánta la pereza cognitiva que están generando los chatbots? Mejor dicho, mi pregunta principal es: ¿estamos cayendo en el «sedentarismo cognitivo»?
En términos biológicos, no creo que tengamos menos memoria aunque sí estamos cambiando profundamente nuestra relación con ella. El llamado «Efecto Google» refleja algo muy humano: cuando sabemos que una información está disponible, tendemos a recordar menos el contenido y más dónde encontrarlo, lo cual no es necesariamente negativo. El problema surge cuando delegamos también la elaboración del pensamiento. Los chatbots pueden ser herramientas muy valiosas para aprender o explorar ideas pero también pueden ser un sustituto del esfuerzo mental puede fomentar una pasividad preocupante. Cuando dejamos de buscar, comparar, recordar o argumentar, entramos en una forma de «sedentarismo cognitivo» que, como ocurre con el cuerpo, termina pasando factura.
«Hay que proteger la atención como si fuera un bien de primera necesidad, porque lo es»
Los expertos están recomendando recuperar prácticas milenarias como la meditación, la respiración consciente y la atención profunda. Como neuropsicóloga, ¿qué recomienda para hacerle frente a la fatiga digital y a la pereza cognitiva?
Yo recomendaría partir de una idea sencilla: proteger la atención como si fuera un bien de primera necesidad, porque lo es. La atención determina lo que hacemos, y también quiénes somos, qué recordamos y cómo pensamos, y hoy la cedemos con demasiada facilidad. En la práctica, conviene introducir momentos sin pantalla, reducir interrupciones, trabajar en bloques de atención profunda, recuperar la lectura de textos largos o la escritura a mano y aprender a tolerar el aburrimiento sin recurrir al móvil. A esto se suman herramientas como la respiración consciente o la meditación, útiles para regular el estrés y fortalecer la atención cuando se practican con constancia. La clave es reaprender a ir más despacio. En un entorno que nos empuja a reaccionar, el «pensar bien» exige detenerse.
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