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Descartes

El filósofo que eligió a Dios y a la ciencia

René Descartes sentó las bases de la filosofía moderna al unir razón científica y fe religiosa, buscando certezas en un tiempo de crisis intelectual y demostrando que el pensamiento racionalista no exigía renunciar a Dios.

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21
abril
2026

René Descartes ocupa un lugar singular en la historia del pensamiento occidental. A menudo presentado como el padre de la filosofía moderna y del racionalismo, su figura suele resumirse en una fórmula célebre, el pienso, luego existo, que ha terminado por eclipsar la complejidad de su proyecto intelectual. Descartes no fue únicamente un filósofo encerrado en la abstracción: fue un científico atento a los avances de su tiempo, un matemático innovador y un pensador profundamente preocupado por la cuestión de Dios.

Esa doble fidelidad a la razón científica y a la fe religiosa no fue una contradicción accidental. Constituyó el núcleo de su obra y de su biografía. En un siglo marcado por conflictos religiosos, censuras y revoluciones científicas, Descartes trató de construir un sistema que ofreciera certezas firmes en ambos terrenos. Su apuesta consistió en fundar la ciencia sobre bases racionales sólidas sin romper con la idea de un Dios encargado del orden del mundo y de la verdad.

Un itinerario intelectual marcado por la duda

Descartes nació en 1596 en La Haye, una pequeña localidad francesa que hoy lleva su nombre. Su salud frágil durante la infancia le permitió una educación poco convencional. Estudió en el colegio jesuita de La Flèche, uno de los centros más prestigiosos de la época, donde recibió una formación clásica en filosofía escolástica, matemáticas y teología. Años después, Descartes recordaría esa etapa con ambivalencia. Por un lado, apreciaría el rigor de la enseñanza, pero, por otro, se sentiría decepcionado por un saber que, a su juicio, ofrecía muchas opiniones y pocas certezas.

Tras finalizar sus estudios, eligió un camino poco habitual para un filósofo. Se alistó como soldado y recorrió buena parte de Europa. Viajó por Alemania, Italia y los Países Bajos, observando realidades distintas y entrando en contacto con científicos y pensadores de primer nivel. Esa experiencia reforzó su convicción de que el conocimiento heredado debía someterse a revisión. No se trataba de rechazarlo todo, no, sino de examinarlo con un criterio nuevo.

Descartes propuso suspender provisionalmente todas las creencias que no fueran absolutamente evidente

Ese criterio fue la duda metódica. Descartes propuso suspender provisionalmente todas las creencias que no fueran absolutamente evidentes. Dudar de los sentidos, de las tradiciones y de las autoridades se convirtió en un ejercicio intelectual con un objetivo claro, el de encontrar un punto de partida indudable desde el que reconstruir el edificio del saber. En ese proceso, la famosa afirmación del cogito emerge como una constatación inmediata. Aunque dude de todo, no puede dudar de que está pensando. Y si piensa, claro, existe.

Este giro tuvo consecuencias profundas (y positivas) para la ciencia de su época. Descartes defendió que el conocimiento debía avanzar mediante el análisis, la claridad conceptual y la deducción racional. En matemáticas, desarrolló la geometría analítica, que permitió traducir problemas geométricos a expresiones algebraicas. En física, formuló una visión mecanicista del mundo natural, donde los fenómenos se explican por el movimiento y la extensión de la materia. Todo ello respondía a un mismo impulso: sustituir la explicación basada en cualidades ocultas por un modelo racional y verificable.

Su prudencia, sin embargo, fue inevitable. Tras la condena de Galileo por la Inquisición en 1633, Descartes decidió no publicar algunos de sus trabajos científicos más ambiciosos. Se instaló definitivamente en los Países Bajos, donde disfrutó de una mayor libertad intelectual. Desde allí escribió sus obras principales, como el Discurso del método, las Meditaciones metafísicas y los Principios de filosofía. En todas ellas aparece una preocupación persistente por evitar el conflicto directo con la religión.

Dios como garantía de la razón y del mundo

La presencia de Dios en el pensamiento de Descartes cumple una función central en su sistema. Tras establecer el cogito como certeza inicial, el filósofo se enfrenta a un problema decisivo: cómo pasar de la conciencia individual a un conocimiento fiable del mundo exterior. La respuesta cartesiana se apoya en la idea de Dios como ser perfecto.

Descartes argumenta que la idea de un ser infinito y perfecto no puede proceder de un ser finito e imperfecto como el ser humano. Esa idea debe tener su origen en Dios mismo, lo que implica su existencia. A partir de ahí, introduce un principio clave. Dios, al ser perfecto, no puede engañar. Por tanto, las ideas claras y distintas que el ser humano percibe con evidencia deben ser verdaderas. De este modo, Dios se convierte en el guardián último de la verdad y de la fiabilidad de la razón.

Este papel resulta esencial para la ciencia cartesiana. Sin un Dios veraz, el conocimiento quedaría atrapado en la sospecha permanente. La física mecanicista, las leyes matemáticas y la regularidad del mundo natural descansan, en última instancia, en la confianza en un orden creado y sostenido por Dios. En vez de elegir entre razón y fe, Descartes optó por una alianza entre ambas.

Esa alianza también explica su concepción dualista del ser humano. Descartes distingue entre la res cogitans, la sustancia pensante, y la res extensa, la sustancia material. El alma pertenece al ámbito del pensamiento, mientras que el cuerpo forma parte del mundo físico regido por leyes mecánicas. Dios aparece como el creador de ambas sustancias y como el fundamento de su coherencia. Esta separación influyó de manera decisiva en la filosofía posterior, aunque también generó debates que llegan hasta la actualidad.

La razón debía avanzar con rigor, pero necesitaba un fundamento último que evitara el escepticismo radical

En el plano biográfico, esa tensión entre ciencia y religión se mantuvo hasta el final de su vida. En 1649, Descartes aceptó la invitación de la reina Cristina de Suecia para trasladarse a Estocolmo. La dureza del clima y las exigencias de la corte afectaron gravemente a su salud. Murió al año siguiente, en 1650, dejando una obra que ya había comenzado a transformar el pensamiento europeo.

Su legado fue ambivalente. Para algunos contemporáneos, abrió un camino peligroso al otorgar tanta autonomía a la razón. Para otros, ofreció un método capaz de liberar a la ciencia de la tutela teológica. Con el paso del tiempo, su figura quedó asociada a la emancipación del pensamiento moderno. Sin embargo, reducir a Descartes a un precursor del secularismo resulta impreciso.

El filósofo francés eligió a Dios y a la ciencia porque entendía que ambos eran necesarios para construir un conocimiento sólido. La razón debía avanzar con rigor, pero necesitaba un fundamento último que evitara el escepticismo radical. En esa elección se condensa el espíritu de una época de transición, en la que el mundo medieval daba paso a la modernidad sin romper del todo con sus raíces.

Hoy, Descartes sigue siendo un punto de referencia para comprender cómo se articuló el nacimiento de la ciencia moderna. Su proyecto fue el de un intelectual consciente de su tiempo, que trató de pensar con claridad en medio de la incertidumbre. Esa ambición, lejos de perder vigencia con el tiempo, continúa interpelando a un mundo que aún busca, y que buscará siempre, conciliar razón, sentido, verdad y fe.

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