Enric Juliana y Esteban Hernández
«La batalla de los periodistas hoy es una batalla de reputación»
Los analistas Enric Juliana y Esteban Hernández diseccionan los cambios que ha traído consigo el siglo XXI en su libro ‘Viaje a un nuevo mundo’.
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Plataformas tecnológicas más poderosas que algunos países del G7, líderes mundiales que presumen de guiarse por su código moral antes que las leyes y una sensación de que el mundo que conocimos se derrumbó en algún momento y ahora ya no sabemos qué vendrá. Con este panorama, Enric Juliana y Esteban Hernández, dos de los más finos analistas de la prensa española, han publicado ‘Viaje a un nuevo mundo’ (Arpa, 2026). A lo largo de 328 páginas, los dos periodistas dialogan sobre los cambios que estamos viviendo y plantean las claves para entender el futuro que se nos avecina.
Hace 25-30 años los antisistema eran de izquierdas que decían «otro mundo es posible» y ahora es la extrema derecha quien parece querer dinamitarlo todo y la izquierda se ha vuelto antirrevolucionaria. ¿Qué ha pasado?
Enric Juliana (EJ): Bueno, acaba de haber unas manifestaciones en Ginebra con motivo del G7 que quizás sean el embrión de algo otro, de un nuevo ciclo de protestas cuyo signo todavía está por ver. A veces se hacen lecturas casi de parábola evangélica sobre esto, pensando que a la izquierda le va tan mal que ahora los que de verdad cuestionan las cosas son otros. Sin embargo, lo que ocurre es una dinámica social de postcapitalismo. Las voces de impugnación no tienen que ser obligatoriamente de izquierdas bajo presupuestos históricos tradicionales. Los hechos demuestran que pueden surgir desde la derecha, la tradición o el nacionalismo, con el lema de «queremos volver al mundo de antes porque el que viene no nos gusta». Estamos en un cruce de aguas. Mi gran incógnita es saber qué capacidad tiene esta fase de mutación del sistema capitalista para generar una base social estable. No me atrevería aún a responder qué elementos puede ofrecer a la sociedad para decirle que este sistema vale la pena para la mayoría.
Esteban Hernández (EH): Respecto al instante que señalas, 1998 o 1999, no había un descontento social generalizado como el que existe ahora. En aquel momento eran manifestaciones antiglobalización fundamentalmente de izquierdas frente a cambios que se intuían. Ahora, esos cambios ya los hemos percibido y el ciclo de 25 años ha generado sus efectos. Ese elemento que comentaba Enric de querer volver al pasado ante un sistema inseguro es ahora algo generalizado. El descontento es habitual en Occidente, pero la impugnación no ha venido de una rebelión de las bases populares, sino de una ruptura entre las élites. Tienes a las élites tecnológicas y financieras enfrentadas a las élites de los combustibles fósiles que se han rebelado frente a un sistema estable, fruto también de la pérdida de hegemonía de Estados Unidos. Trump es el punto de encuentro de esa base social que quería un cambio y de esos tecnólogos. El nuevo marco de enfrentamiento ya no es comunismo contra democracia o socialdemocracia contra conservadores, sino derecha tecnológica contra derecha establecida.
Esteban Hernández: «El nuevo marco de enfrentamiento ya no es socialdemocracia contra conservadores, sino derecha tecnológica contra derecha establecida»
El nuevo mundo quiere cesarismo. ¿Las democracias liberales ya no son sistemas atractivos para la ciudadanía?
EJ: La tentación cesarista siempre ha estado ahí; la democracia siempre ha ido acompañada de esa posibilidad. Idealizamos la Guerra Fría en Europa como algo estable, pero fue convulsa. En una de esas descargas eléctricas se refundó la República Francesa sobre bases cesaristas con De Gaulle tomando el poder en una república presidencialista. En Italia, los años 70 fueron un «campeonato» de patadas por debajo de la mesa, terrorismo y convulsión. La diferencia sustantiva entonces era que Estados Unidos, en su competición con el bloque soviético, adoptó la defensa de la democracia liberal como principio estratégico. Quiso que Europa Occidental fuese un escaparate de bienestar y reputación que contrastase con el Este. La novedad es que hoy Estados Unidos ha abandonado esa causa. En sus documentos de Asamblea Nacional ya no aparece el apoyo a la democracia como en los años 70. La transición española y la revolución portuguesa se gestionaron bajo ese marco estratégico donde se prefería la carta liberal democrática para controlar la situación. Ahora han perdido una guerra y cuando se pierde una guerra pasan cosas; la Voz de América ya no defiende la democracia como antes.
EH: Fuera de Europa, la salida ideológica principal es fortalecer el territorio nacional bajo la promesa de mejora de vida basada en el éxito del país. Esto se realiza mediante un acuerdo entre élites y poderes que encabeza una sola persona. Lo vemos con Xi en China, Putin en Rusia, Modi en India, Erdogan en Turquía o Netanyahu en Israel. Son personajes de perfil más o menos bélico que reacondicionan el orden internacional prometiendo eficiencia: dicen que un líder fuerte es mejor que un orden democrático, que siempre es más lento y complicado. Si la potencia hegemónica, EE. UU., actúa igual, las bases de la ideología democrática europea quedan muy debilitadas porque todo el mundo que te rodea adopta una posición territorial que no es la tuya.
Enric Juliana: «La izquierda se ha centrado en una gestión justa del capitalismo, pero el drama de fondo es si esa gestión equitativa es posible hoy»
El cesarismo siempre viene con milicias. ¿Después de ver los disturbios de Belfast, eso se ha acabado?
EJ: A veces nos acostumbramos a pensar que todo va a peor, pero la vida humana ha ganado valor y eso es una buena noticia. El asentamiento de la democracia ha difundido la idea de que las personas tienen derechos. Aunque se diga contracorriente, las redes sociales han contribuido a esto porque son la «República del Yo». Tienen efectos perversos, pero en ellas las personas cuentan. Rusia, por ejemplo, sacrifica mucha gente intentando colapsar la comunicación horizontal porque sabe que donde existe esa comunicación hay que ir con cuidado. Ahora bien, estas redes pueden provocar incendios sociales y coagulaciones de ira cuando su propietario decide activarlas, como si fuese el dueño de un periódico global. Lo de Belfast nos dice algo serio: hay intentos de desestabilizar estructuras estatales, incluso en el Reino Unido, para capturar poder.
EH: Yo avisaría sobre el incremento de la violencia estructural. Las épocas de ajuste terminan generando tensiones. Si miras a Latinoamérica, aunque no haya golpes de estado como en los 70, la lucha política se ha vuelto mucho más fea, violenta y polarizada. No sería extraño que partes de Europa se «latinoamericanicen» en ese sentido: campañas tensas con episodios de violencia ocasionales destinados a incidir en las elecciones.
Se acusa a la izquierda de haber abrazado cuestiones woke… ¿Esto ha permitido la expansión de esta nueva derecha?
EJ: Recientemente se ha recordado la encíclica Rerum Novarum de León XIII. En 1881, esa encíclica decía que la industrialización había generado una nueva clase obrera viviendo en la miseria, lo cual era un problema para la dignidad humana y para la propiedad, porque el socialismo planteaba su abolición. Históricamente, la izquierda discutía la propiedad privada, pero hoy ese debate ha desaparecido. Sin embargo, la cuestión está volviendo: los que están «robando» la propiedad privada no son los colectivistas, sino el Capitán Drake del siglo XXI: los tecnólogos. Se están apoderando de datos y propiedad intelectual, realizando una acumulación de capital basada en el robo que no está en el código penal. La izquierda se ha centrado en una gestión justa del capitalismo, pero el drama de fondo es si esa gestión equitativa es posible hoy. Como dice el Papa, ya no nos jugamos solo la propiedad, nos estamos jugando el ser.
EH: En EE. UU. nunca hubo una discusión real sobre la propiedad, sino sobre los abusos de los «barones ladrones» (monopolistas de energía y gas) que empobrecían a la gente. La respuesta allí fue defender la justicia social dentro del sistema, muy ligado a un sentido religioso de defensa del individuo y la comunidad frente al dinero. Respecto a la izquierda, es cierto que se apoyó en lo woke, lo que le generó un prejuicio social que la extrema derecha aprovechó. Pero creo que esas cuestiones están políticamente agotadas; ya no dan más votos. El problema real es la crisis de la socialdemocracia: si no puedes gestionar el capitalismo de forma justa ni generar bienestar social, ¿qué le ofreces a la población? Si no hay estabilidad internacional ni bienestar, la oferta política se queda vacía.
Esteban Hernández: «Si no puedes gestionar el capitalismo de forma justa ni generar bienestar social, ¿qué le ofreces a la población?»
Habláis de religión y espiritualidad, pero también del resurgimiento del yo. ¿Cómo se compagina esto?
EJ: Son los latidos de la sociedad. El sistema capitalista es un acelerador que consume cosas como combustible; es como la máquina de tren de los Hermanos Marx que necesita quemar los muebles para seguir. Tras la guerra se necesitaba carbón y acero; luego vino el modelo americano con electrodomésticos y bienestar básico. Pero el sistema ha avanzado tanto que ya no le basta con la fuerza de trabajo: ahora necesita el cerebro y el alma. Al llegar a esta «apoteosis del yo», surgen convulsiones porque la máquina no devuelve el bienestar prometido. Por eso hay añoranza del pasado y una búsqueda de respuestas anímicas. Reaparecen melodías comunitaristas, incluso religiosas, como reacción a esa soledad, aunque algunos sectores de la izquierda estén distraídos con esto.
EH: Hay dos reacciones a la crisis. Una es la aceleración individualista, que vemos en los «criptobros» que creen que su talento y picardía pueden vencer al sistema, o en las fantasías de inmortalidad y transhumanismo de las élites. La otra es el repliegue, que busca refugio en los suyos, en vínculos cercanos y en un sentido de trascendencia ante una crisis casi antropológica. Al final, puedes terminar siendo una marioneta del poder que se parte la cara por otros, o buscar un sentido más allá del éxito individual.
Las elecciones son cada vez más emotivas. ¿Esto no supone ya la primera derrota para la democracia?
EJ: En 1948 hubo unas elecciones en Italia con una intensidad emocional y una apelación a elementos disyuntivos brutales (el miedo al comunismo frente a la democracia cristiana). Hubo incluso anuncios de neón y cartas masivas desde EE. UU. para influir en el voto. En España tuvimos un espejismo de cautela tras el 77 porque lo prioritario era asentar el sistema, pero la normalidad son las elecciones tensas. Los dispositivos digitales aceleran esto. Vienen tiempos duros y hay que asumirlo; la cuestión es manejarlos para no ir a una catástrofe.
EH: Se ha usado la tesis de que el mundo racional está siendo perturbado por emociones vulgares como un consuelo de las élites. El problema es que muchos creían tener todas las respuestas y no escucharon las preguntas de la sociedad. En lugar de entender por qué no atraían votos, prefirieron desdeñar al votante llamándolo emocional. Eso es un problema del sistema que se ha agravado.
Enric Juliana: «La gente no quiere que la adoctrinen, quiere tener sensación de libertad y de no ser dirigida»
¿El nuevo mundo será sin periodistas y medios como conocíamos?
EJ: El periodismo como voluntad de explicar la realidad con ponderación objetiva seguirá existiendo, pero coexistirá con otras formas. Estamos en una fase de destrucción acelerada de reputaciones. La batalla de los periodistas hoy es una batalla de reputación: que tu trabajo sea respetado por el público. La gente no quiere que la adoctrinen, quiere tener sensación de libertad y de no ser dirigida. No se asesina una cultura democrática en dos días; hay una «gimnasia democrática» que todavía nos hace compartir ciertos códigos.
EH: Me preocupa que el periodismo escrito se esté convirtiendo en algo elitista, para un pequeño porcentaje que paga suscripciones, perdiendo su base social de masas. Además, la información está ahora en manos de muy pocas plataformas (YouTube, Twitter, Substack) que operan bajo algoritmos. Es una pérdida democrática frente a la antigua pluralidad de propietarios locales que tenían intereses y colores distintos.
En el libro comentáis que os daba miedo que Orban no abandonase el poder de forma pacífica si perdía las elecciones, y al final no ha habido ningún problema. ¿Creéis que pasará lo mismo en 2028 si MAGA pierde la Casa Blanca?
EJ: En Hungría, Orban cambió la ley para ser invencible, pero la oposición se unió y le dio la vuelta al mecanismo. Para lograrlo, partidos como el socialista o los verdes tuvieron que sacrificarse y no presentarse, pidiendo el voto para la fuerza con más posibilidades. Eso es una alteración del sistema: Orban consiguió que sus rivales desaparecieran de la papeleta para poder ganar. Si el resultado hubiera sido ajustado, habrían decidido los jueces. Orban se retiró porque la derrota fue incontestable.
EH: Veo improbable un escenario rupturista en 2028 porque lo lógico es que el propio partido aparte a Trump tras dos mandatos. Candidatos como Rubio o Vance no tienen ese perfil de incitación a la rebelión. El movimiento MAGA es el primero en estar desilusionado porque las promesas de bienestar y de «EE. UU. primero» no se cumplieron del todo. El potencial perturbador estaba en la figura de Trump, no tanto en lo que viene detrás.
Habláis de una disyuntiva Bruselas o Miami para España. ¿No hay otro camino?
EJ: España siempre ha pivotado sobre la idea de Europa desde los años 50; es nuestra idea articuladora. Pero si la estructura de la Unión Europea se resquebraja por el auge nacionalista en Francia, Polonia o Italia, España perdería su factor ordenador. Miami es la alternativa porque España tiene hoy una dimensión latinoamericana real, marcada por la inversión y la migración masiva, algo que no teníamos hace 30 años. Si Bruselas no ordena, lo hará ese eje con América.
EH: España se parece cada vez más a Latinoamérica socialmente. Vemos desindustrialización, desaparición de tiendas de barrio y dificultades extremas para las clases medias formadas que ya no ven en la universidad un factor de ascenso social. Nos dirigimos a una sociedad de grandes diferencias económicas y poca integración social. El dilema es si podremos mantener el modelo europeo de derechos sociales o si nos consolidaremos como esa sociedad latinoamericanizada de exclusión.
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