El Yo, el Ello y el Superyó
Para Freud, el comportamiento humano nace del choque permanente entre lo que deseamos, lo que podemos hacer y lo que creemos correcto.
Artículo
Si quieres apoyar el periodismo de calidad y comprometido puedes hacerte socio de Ethic y recibir en tu casa los 4 números en papel que editamos al año a partir de una cuota mínima de 30 euros, (IVA y gastos de envío a ESPAÑA incluidos).
COLABORA2026
Artículo
¿Por qué hacemos cosas que sabemos que no nos convienen? ¿Qué nos lleva a reprimir determinados deseos? ¿Cómo conciliamos nuestros impulsos con las normas y valores que hemos aprendido en sociedad? Desde sus orígenes, el ser humano ha tratado de responder a estas cuestiones y de encontrar un equilibrio entre lo que quiere, lo que considera correcto y lo que la realidad le permite hacer. En 1923, Sigmund Freud publicó El yo y el ello y reorganizó su teoría en torno a tres instancias psíquicas: el Ello, el Yo y el Superyó.
Son tres conceptos con los que el padre del psicoanálisis trató de explicar las fuerzas que influyen en nuestra forma de pensar, sentir y actuar. Según su teoría, los procesos psíquicos de cada individuo están marcados por un conflicto constante entre los impulsos más primitivos, las exigencias de la realidad y los valores morales que vamos interiorizando a lo largo de la vida. Del equilibrio —o el enfrentamiento— entre estas tres instancias depende, en buena medida, nuestra forma de actuar y de relacionarnos con el mundo.
Aunque hoy este modelo ha perdido peso como explicación científica de la mente, sigue siendo una de las propuestas más influyentes para comprender los conflictos psíquicos. Pero, ¿qué son estas tres instancias y cómo interactúan entre sí?
Ello
En la teoría de Freud, esta es la primera instancia psíquica en desarrollarse y la única presente desde el nacimiento. Reúne los impulsos más básicos e innatos del ser humano y constituye la parte más primitiva de la personalidad, regida por el principio del placer. En los primeros años de vida no distinguimos entre el bien y el mal ni hemos interiorizado normas morales; simplemente buscamos satisfacer nuestras necesidades de forma inmediata, evitando aquello que nos produce displacer.
Entre los impulsos que conforman el Ello destacan el instinto sexual —entendido por Freud como una energía orientada a la búsqueda de placer, más allá de la sexualidad en sentido estricto— y el instinto agresivo, relacionado con la supervivencia, la ira, la hostilidad y la autodefensa. Ambos actúan de forma inconsciente y buscan satisfacerse sin atender a normas o consecuencias.
Yo
Es la segunda instancia psíquica y se desarrolla progresivamente durante los primeros años de vida a medida que entramos en contacto con el mundo que nos rodea. A diferencia del Ello, el Yo aprende que la realidad impone límites y que no todas las necesidades pueden satisfacerse de inmediato. Gracias a esta interacción con el entorno desarrollamos la capacidad de razonar, planificar y valorar las consecuencias de nuestros actos.
A diferencia del Ello, el Yo aprende que la realidad impone límites y que no todas las necesidades pueden satisfacerse de inmediato
Regido por el principio de realidad, el Yo actúa como mediador entre los impulsos del Ello y las exigencias del mundo exterior. Su función consiste en encontrar la manera más adecuada de satisfacer esos deseos teniendo en cuenta las circunstancias y las necesidades de quienes nos rodean. En otras palabras, intenta conciliar lo que queremos hacer con lo que realmente podemos hacer.
Pero la realidad no es el único freno a nuestros impulsos. A medida que crecemos incorporamos las enseñanzas de nuestro entorno, la educación recibida y las normas sociales que rigen la convivencia. Poco a poco, esos valores se convierten en una brújula moral que guía nuestra conducta. Según Freud, esta función corresponde al Superyó, la tercera y última instancia de la personalidad.
Superyó
Representa la dimensión moral de la personalidad. Surge a medida que interiorizamos las normas, valores y prohibiciones transmitidos por nuestros progenitores, la educación y la sociedad. A diferencia del Ello, no es una instancia innata, sino que se desarrolla conforme aprendemos qué conductas son aceptables y cuáles no. Su función consiste en frenar los impulsos del Ello y valorar nuestras acciones de acuerdo con los principios éticos y morales que hemos incorporado. Actúa como una conciencia interna que nos impulsa a comportarnos conforme a nuestros ideales: nos hace sentir culpa cuando creemos haber actuado mal y nos provoca orgullo cuando lo hacemos de acuerdo con nuestros valores.
Aunque el Yo y el Superyó pueden parecer similares porque ambos controlan los impulsos del Ello, cumplen funciones distintas. El Yo actúa desde un punto de vista práctico: intenta satisfacer nuestros deseos teniendo en cuenta las circunstancias y las consecuencias. El Superyó, en cambio, actúa desde una perspectiva moral. No se pregunta si algo es posible o conveniente, sino si es correcto o incorrecto según los valores interiorizados. Mientras el Yo busca un equilibrio entre deseo y realidad, el Superyó trata de que nuestro comportamiento se ajuste a nuestros principios éticos y al ideal de persona que aspiramos a ser.
Para entender mejor esta teoría, imaginemos una discusión con un amigo. Tras un comentario que nos resulta ofensivo, el Ello nos impulsa a responder con otro insulto o con agresividad. El Yo interviene para valorar las consecuencias: la discusión puede agravarse o deteriorar la relación, por lo que opta por contener el impulso y responder con calma. El Superyó, en cambio, no actúa por miedo a las consecuencias, sino por convicción moral. Nos recuerda que insultar no encaja con los valores que hemos interiorizado y que, si finalmente lo hacemos, puede despertar un sentimiento de culpa por haber actuado en contra de nuestros propios principios.
Más de un siglo después de su formulación, la teoría del Ello, el Yo y el Superyó sigue presente en la cultura popular y en nuestra forma de interpretar los conflictos internos. Su legado reside en haber ofrecido una manera de entender la tensión permanente entre nuestros deseos, las exigencias de la realidad y los valores que guían nuestro comportamiento.
COMENTARIOS