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Marc Amorós

«Somos más vulnerables a las ‘fake news’ de lo que creemos»

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27
julio
2026

En un estudio de Ipsos de 2018 en el que se encuestó a más de 19.000 personas de 27 países, un 48% dijo que había creído alguna noticia falsa antes de descubrir que era mentira. Un dato que seguramente habrá crecido con el avance de la IA y que no sería relevante si las ‘fake news’ no afectaran a nuestra vida real. Pero es más bien al contrario: nos perjudican y mucho. Lo pudimos comprobar durante la pandemia de covid-19, casi a diario a través de la lengua de Donald Trump o en verano con el uso de los protectores solares. Hablamos con el periodista Marc Amorós sobre su libro ‘¿Por qué las fake news nos joden la vida?’.


El título del libro es claro: las fake news nos joden la vida. ¿Las noticias, aunque falsas, tienen consecuencias reales en nuestras vidas?

Sin duda. Las noticias son falsas pero sus consecuencias son reales. Las fake news adulteran nuestra toma de decisiones porque contaminan la información que recibimos. Hemos lamentado muertes de personas que no han querido vacunarse o en Estados Unidos quienes gobiernan plantean cualquier contienda electoral en términos de «o ganamos nosotros o quienes nos ganan es porque hacen trampa», algo que está dañando nuestra confianza en la democracia. La desinformación nos afecta como individuos y también como sociedad, y las noticias falsas nos saturan, nos angustian, nos confunden, nos polarizan y nos separan. En España, el 90% de la gente cree que las fake news sirven para manipular la opinión pública y el 86% piensa que generan polarización política y provocan conflictos de convivencia.

«Las ‘fake news’ adulteran nuestra toma de decisiones»

¿Cuáles son esas consecuencias? ¿Cómo nos afectan?

Las fake news trabajan para confundirlo todo de manera que ya no importe la verdad y sus consecuencias son patentes. Las vemos tomando decisiones acerca de nuestra mirada hacia colectivos diferentes, bien sean inmigrantes, mujeres u homosexuales. En España, el 77% cree que las fake news alimentan el odio hacia los inmigrantes y el 74% piensa que fomentan la intolerancia y que afectan a nuestra percepción de la violencia machista. También vemos estas consecuencias a la hora de tomar decisiones sobre nuestra salud. O las vemos a la hora de definir nuestro posicionamiento acerca de grandes desafíos sociales como el cambio climático o la credibilidad que le conferimos al periodismo, al conocimiento científico o a las instituciones. La mitad de los españoles cree que el país está tan polarizado que el sistema político es incapaz de abordar los problemas de la gente.

En el libro muestras múltiples ejemplos de esto. Hasta el punto de que algunas de esas mentiras han llevado a cometer asesinatos.

Las noticias falsas arman relatos capaces de aglutinar a mucha gente alrededor de una mentira porque funcionan como si fueran gomina para nuestros prejuicios. No solo las fijan, sino que además nos regalan un sentimiento de pertenencia a una causa y dan esplendor a la que defienden. Muchas personas encuentran en las noticias falsas una explicación fácil a sus problemas y abrazan ese marco mental como si fuera una verdad indiscutible que hay que defender de cualquier ataque y al precio que sea. Esto incluye la violencia en todos sus grados imaginables. Acoso, señalamiento, odio, deshumanización e incluso ataques físicos que pongan en peligro la integridad del que piensa diferente. Hemos visto multitudes asaltar parlamentos democráticos por la fuerza y provocar víctimas mortales. Hemos visto grupos de personas reunirse para perseguir y matar a alguien que creían (equivocadamente) que era un supuesto violador. Y hemos visto cómo en redes sociales se han avivado cazas de migrantes como sucedió en Torre-Pacheco.

Y lo peor es que, aunque sintamos que a nosotros no nos pasa, seguramente nos haya sucedido. ¿Qué porcentaje de la población ha caído en una?

Casi todos. Según el CIS, el 91% cree que España está muy afectada por la desinformación. Y según el estudio DesinfoSTOP de 2025, el 95% de los españoles reciben noticias falsas a diario. En 2018, Ipsos hizo una encuesta en 27 países con más de 19.000 encuestados de todo el mundo. Ya entonces, el 48%, es decir una de cada dos personas, reconocía haber creído alguna noticia falsa antes de descubrir que era mentira. En 2026, el Digital News Report nos reveló que tres de cada cuatro españoles dudan de la veracidad de las noticias que reciben en internet y otro estudio constató que el 40% de los españoles son incapaces de distinguir entre una noticia real y una falsa. En realidad, somos más vulnerables a las fake news de lo que creemos.

«El 40% de los españoles son incapaces de distinguir entre una noticia real y una falsa»

¿Por qué caemos en ellas? ¿Cuánto tiene que ver que nuestro cerebro prefiera una mentira que nos encaje en nuestro modo de ver el mundo que la realidad?

Es muy difícil admitir que una noticia con la que estamos de acuerdo es mentira. El sesgo de confirmación de nuestro cerebro empuja fuertemente hacia esta resistencia. En España un 88% de la gente considera que los demás creen más las noticias si estas coinciden con su forma de pensar, según un estudio hecho por UTECA y la Universidad de Navarra. Esto sucede porque nuestro cerebro es una máquina de titulares. Retiene lo emocional, lo simple y lo sorprendente. La información, en cambio, es lenta y rica en matices. Pero las fake news son rápidas y contundentes. Son fáciles de leer, de comprender, de recordar y de compartir. Y si además nos dan la razón y confirman nuestras creencias, son tan deseables que se convierten en tentaciones irresistibles.

¿Qué parte de culpa tienen las redes sociales y el acceso ilimitado a información de que esto ocurra?

Las redes sociales han democratizado la información. Tanto en su difusión como en su acceso. Somos la sociedad con más información a nuestro alcance y con más capacidad de generarla y difundirla de la historia. Pero esto nos lleva a una inundación informativa donde las noticias falsas lucen en el mismo escaparate que las noticias reales y circulan por las mismas vías. Y esto es gracias a las redes sociales. Ellas no son las culpables per se de las fake news, pero es cierto que su algoritmo, su diseño de viralización, de captación de la atención, de personalización de las noticias y su permisividad en cuanto a su difusión contribuyen inevitablemente a su éxito.

«Nuestro cerebro es una máquina de titulares»

¿Están haciendo lo suficiente para cambiar la situación?

No. Las redes sociales no han querido jamás ser catalogadas o consideradas un medio de comunicación. No desean ser responsables de la validación o verificación de las noticias que circulan por sus plataformas. Descargan esa responsabilidad directamente en nosotros, en los consumidores. Desde el escándalo de Cambridge Analytica en 2016, las redes sociales se vieron obligadas a incorporar verificadores externos para limpiar su imagen. Pero superada la pandemia y con la vuelta de Trump a la presidencia de Estados Unidos los diques de contención que se intentaron poner entonces se han eliminado. Algo que sucede también porque las redes sociales todavía se lucran con la difusión de fake news.

¿Qué pueden hacer los gobiernos o los medios de comunicación frente a las fake news?

Es complicado legislar contra las fake news sin afectar a la libertad de expresión y al derecho a la difusión de información. Ocurre que mentir, como tal, no es un delito. Además, querer controlar qué información puede difundirse y cuál no conlleva el riesgo de parecer un gobierno que solo admite la información que a él le parece de su agrado o conveniencia. Y esto remite a escenarios poco o nada democráticos. Por su parte, los medios de comunicación enfrentan un gran desafío que puede eliminarlos del mapa si no entienden la oportunidad que este escenario les brinda: la mejor arma contra las fake news tiene que ser el periodismo. Ahora bien, un periodismo presentado como un ejercicio garante de veracidad y no un periodismo basado en difundir opinión.

«La mejor arma contra las ‘fake news’ tiene que ser el periodismo»

Una situación que con la IA ha empeorado, ¿no?

La inteligencia artificial ha disparado las formas en las que se generan las fake news y está facilitando su creación de una manera tan extraordinaria que incluso el mejor verificador de videos falsos del mundo, Hany Farid, admite que ya no se fía de sus propios ojos a la hora de detectar lo que es falso. Un informe de News Guard de 2025 nos lo dice claramente: el ritmo al que la inteligencia artificial difunde fake news se ha duplicado en el último año. Junto a este escenario, cabe tener en cuenta otro: la inteligencia artificial se nutre de lo publicado. Si internet se inunda de fake news como viene sucediendo desde 2016, corremos el riesgo de que la inteligencia artificial nos desinforme aun creyendo que no lo hace.

¿Cómo podemos hacer para no caer en ellas?

Primero comprender que el fenómeno de las fake news existe y nos afecta. Es un error pensar que es algo que solo les sucede a los demás. En segundo lugar, dejar de primar la velocidad en nuestra interacción con las noticias y no dejarnos llevar por impulsos emocionales. Y, en tercer lugar, prestar atención a la información, verificarla antes de darla por cierta o compartirla y activar nuestro pensamiento crítico ante cada noticia que nos suscite interés.

«Hay que activar nuestro pensamiento crítico ante cada noticia que nos suscite interés»

¿A dónde nos lleva un mundo de fake news?

A un escenario de polarización y radicalización. A un choque de posturas y a sociedades divididas que luchan por imponer su visión. Las fake news activan maneras de ver la realidad en una sociedad. Esta nueva mirada puede ser sorprendente o impensable al principio, pero las fake news luchan por convertir esa visión en algo admitido para luego convertirlo en dominante e incluso en único. No son escenarios distópicos. Hemos visto cómo esto ha sucedido en países que antes eran democráticos y han dejado de serlo o en países que han pasado de querer exportar la democracia por todo el mundo a poner en tela de juicio sus propias elecciones.

¿Y qué pasa con la verdad en esta situación?

La verdad solo existe si admitimos el poder de los hechos. Si pensamos que pueden ser alternativos o construidos a conveniencia de cada uno, la verdad deja de ser un relato compartido alrededor de unas evidencias que la respaldan y pasa a ser una verdad personalizada. Y una verdad personal es como el niño que trae el balón al patio para jugar al fútbol. Como el balón es suyo se cree dueño de poner las normas. Si cada uno se siente dueño de su verdad personal, va a ser muy difícil consensuar una compartida, aunque los hechos nos digan que la Tierra es redonda y no plana.

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