¿Estamos perdiendo la capacidad de leer con profundidad?
Nunca habíamos leído tantas palabras al cabo del día. Sin embargo, terminar un libro, seguir un ensayo o mantener la atención sobre un mismo texto parece exigir un esfuerzo cada vez mayor. ¿A qué responde este fenómeno?
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Compras un libro con ilusión, encuentras un rato tranquilo y avanzas unas cuantas páginas. Entonces suena el móvil. Contestas un mensaje, compruebas una notificación o buscas una palabra que aparece en el texto. Cuando vuelves al libro necesitas releer el último párrafo para recuperar el hilo. Hace unos años, abandonar un libro después de 50 páginas significaba que no nos estaba gustando. Ahora significa algo distinto: cualquier interrupción consigue apartarnos de la lectura antes de que el autor haya tenido tiempo de atraparnos. No parece que hayamos perdido el interés por los libros. Lo que ha cambiado es la forma en que los leemos.
Nunca habíamos vivido rodeados de tantas palabras. Leemos titulares, conversaciones de WhatsApp, emails, publicaciones en redes sociales o artículos durante buena parte del día. Sin embargo, leer más no siempre significa comprender mejor.
¿Estamos perdiendo la capacidad de sostener una lectura larga? Hace unos meses, un reportaje publicado en The Atlantic recogía el testimonio de profesores universitarios estadounidenses sorprendidos por las dificultades de algunos alumnos para terminar libros o seguir el argumento de ensayos extensos. El artículo planteaba que la dificultad ya no parece estar únicamente en entender las palabras, sino en permanecer el tiempo suficiente dentro de un mismo texto.
Leer también consiste en permanecer
No es solo una intuición. También es una conclusión respaldada por la investigación sobre cómo aprendemos a leer. La neurocientífica Maryanne Wolf lleva años defendiendo que la lectura profunda no es una capacidad innata, sino una habilidad que el cerebro desarrolla con la práctica y que necesita seguir ejercitándose para mantenerse.
Los datos apuntan en la misma dirección. Informes como PISA o PIRLS reflejan un descenso de la comprensión lectora en muchos países. Las causas son múltiples y sería simplista culpar de ello únicamente a la tecnología, pero cuesta no pensar que un entorno donde la atención se fragmenta constantemente también tenga algo que ver. El cambio ha sido tan gradual que apenas lo hemos percibido. Pensamos que seguimos leyendo igual porque seguimos pasando mucho tiempo delante de textos. Pero una cosa es leer durante dos horas y otra muy distinta permanecer dos horas dentro de la misma conversación. Hoy empezamos un artículo en el móvil, lo dejamos para responder un mensaje y regresamos sin saber por dónde íbamos. Al final hemos leído muchas cosas, pero pocas de principio a fin.
Y la lógica de los libros es otra. No necesitan competir por nuestra atención cada pocos segundos. No cambian de tema constantemente ni ofrecen recompensas inmediatas. Simplemente obligan a aceptar un ritmo distinto: el de una idea que necesita tiempo para desarrollarse.
El verdadero reto de la comprensión lectora quizás sea recuperar una atención que vive rodeada de interrupciones
Además, no todos los libros consiguen atraparnos desde la primera página; hay novelas que tardan cien páginas en mostrar su verdadera voz. Aunque antes diésemos por hecho que esa paciencia formaba parte de la experiencia de leer, ahora empezamos a percibirla como una gran exigencia. Da la impresión de que nos hemos acostumbrado a que todo llegue antes: las respuestas, las conclusiones.
Primero se popularizaron los resúmenes de libros en diez minutos. Después llegaron las aplicaciones que prometen condensar cualquier ensayo durante un trayecto de metro. Todos pueden ser útiles para despertar la curiosidad o ayudarnos a elegir una lectura, pero el problema aparece cuando sustituyen al propio libro y empezamos a confundir conocer las conclusiones de este con haberlo leído.
Y ahí aparece el límite de esos formatos. Un buen ensayo no solo importa por aquello que dice, sino por la forma en que llega a decirlo. Las dudas, los ejemplos, los matices e incluso los rodeos forman parte del argumento. Suprimir ese recorrido es un poco como contemplar únicamente la última escena de una película y pensar que ya conocemos la historia.
La paciencia que exige un libro también nos resulta útil fuera de la lectura. Nos ayuda a entender un reportaje, a seguir un argumento o a notar cuándo una explicación simplifica un problema complejo. Tal vez por eso la preocupación por la comprensión lectora no debería limitarse a cuántos libros leen los jóvenes o a los resultados de algún informe internacional. También tiene que ver con el tiempo que somos capaces de seguir pensando en la misma idea. Al fin y al cabo, un libro sigue pidiendo hoy lo mismo que hace 50 años: tiempo. La pregunta es si seguimos dispuestos a concedérselo.
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