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Julio Ceballos

«Las democracias pueden convertirse en una reliquia si no entienden el poder de los datos»

Fotografía original

Antonio Martínez
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30
julio
2026

Fotografía original

Antonio Martínez

Si alguien que entiende bien la mentalidad en China en España es Julio Ceballos, un consultor de negocio especializado en China que ha escrito dos libros sobre el gigante asiático y su papel en el mundo: ‘Observar el arroz crecer’ y ‘El calibrador de estrellas’ (Ariel, 2025), que ha recibido el galardón KnowSquare como mejor libro de empresa. Pese a su formación eminentemente empresarial, Ceballos ha entendido la cultura y la sociedad china con la precisión de un antropólogo y desgrana las claves de cómo entender a esta nación y su desempeño en pleno siglo XXI.


Afirma que «China tiene un plan» mientras que Occidente suele improvisar. ¿Eso es más por torpeza política occidental o una debilidad de las democracias que les cuesta más planificar a largo plazo?

No creo que la democracia sea débil por naturaleza, al contrario: una democracia sana es el sistema más potente y resiliente que existe porque corrige errores, escucha, debate y limita el abuso de poder… Pero [esto solo funciona] cuando es eficaz, pero llevamos décadas perdiendo eficacia. El problema que enfrentamos es otro: hemos confundido democracia con cortoplacismo, regular con liderar, bienestar con no competir, igualdad con mediocridad y consenso con inacción.

China planifica porque su sistema está diseñado para ejecutar y porque su dinámica jerárquica y centralizada se lo permite: no necesita seducir a un electorado cada cuatro años ni negociar cada decisión con veintisiete (o diecisiete) intereses cruzados. Eso le da una ventaja operativa enorme, pero también genera rigidez, censura y errores que nadie se atreve a discutir.

La cuestión incómoda para Europa no es si deberíamos parecernos a China: yo no creo que debamos, la cuestión es si somos capaces de planificar sin dejar de ser libres ni renunciar a nuestros valores. Airbus, el euro, el mercado único o los fondos NextGeneration demuestran que Europa sabe pensar a largo plazo cuando se asusta lo suficiente, lo malo es que hemos eliminado buena parte de los incentivos que deberían empujarnos ya al cambio, antes de que sea demasiado tarde.

«Hemos confundido democracia con cortoplacismo»

La meta china está fijada en el 1 de octubre de 2049, centenario del triunfo de la revolución. ¿Cómo cambia la mentalidad de un ciudadano cuando su horizonte temporal no es la próxima legislatura?

No conviene imaginar que un ciudadano chino se levanta cada mañana pensando en 2049 mientras se lava los dientes, pero sí es verdad que esta fecha opera como música de fondo. Hay un metrónomo, esa es quizás la mayor diferencia con nosotros, tienen una referencia colectiva a la que enfocar su energía y motivación.

China no vive solo en el calendario político, sino en un calendario civilizacional. Para nosotros, cien años es historia, mientras para ellos son parte de una hoja de ruta ya planificada que cambia su relación con el esfuerzo, con la educación, con la paciencia y con el sacrificio. Cuando un país se relata a sí mismo que está recuperando el lugar que le pertenece, entonces cada puente, cada fábrica, cada universidad y cada puerto dejan de ser simples obras públicas y se convierten en piezas de una reparación histórica. En Europa construimos infraestructuras donde China construye continuidad. Europa habla de iniciativas donde China ejecuta proyectos. Esa es la diferencia.

En Occidente valoramos la libertad individual por encima de casi todo; en China, el concepto de «Guojia» parece priorizar la estabilidad colectiva. ¿Es nuestra concepción de la libertad un obstáculo para la eficiencia que el siglo XXI demanda, como se vio en la pandemia?

La libertad no es un obstáculo, al contrario, es toda una conquista a la que no debemos renunciar. El obstáculo es haber convertido a veces la libertad en coartada para la irresponsabilidad. Libertad no puede significar que el Estado sea incapaz de actuar, que las instituciones no coordinen, que la ciencia se discuta como si fuera una tertulia de bar o que la desinformación circule en nombre del pluralismo.

China resolvió la pandemia desde una lógica de control mientras Europa intentó resolverla desde una lógica de derechos, consenso y legalidad. Evidentemente, preferimos vivir en la segunda, pero eso no nos exime de hacernos una pregunta: ¿por qué una democracia avanzada tiene tantas dificultades para ejecutar bien lo que decide? El siglo XXI no nos obliga a renunciar a nuestra libertad, pero sí más capacidad y un mayor equilibro de deberes a cambio de derechos. Si la libertad sin Estado eficaz se convierte en intemperie, entonces un Estado eficaz sin libertad se convierte en jaula. La tarea europea consiste en evitar ambas cosas. No va a ser fácil, pero es importante explicárselo a la ciudadanía de manera serena, clara y adulta: va a costar, va a exigir de mucho sacrificio y probablemente los resultados no reviertan en una o dos generaciones.

«Libertad no puede significar que el Estado sea incapaz de actuar»

El confucianismo sigue siendo el ADN cultural chino tras 2.500 años. ¿Cómo influye esta ética de la lealtad filial y la jerarquía en la relación actual entre el ciudadano y el Estado?

Confucio sigue muy vivo: está en la familia, en la escuela… En Occidente solemos imaginar al Estado como un contrato: yo cedo algo, usted me garantiza derechos. En China el Estado se parece más a una arquitectura moral: orden, jerarquía, estabilidad, deber, continuidad. Eso no significa que todos los chinos obedezcan felizmente ni que no haya tensiones, pero la relación con la autoridad parte de otro suelo cultural.

Confucio también explica que la armonía social (la seguridad y orden públicos, la repartición equilibrada de rentas, la ausencia de caos) no es una fórmula retórica, sino una prioridad política. Y explica también que la estabilidad no sea una preferencia conservadora sino casi una obsesión histórica. China ha vivido invasiones, hambrunas, guerras civiles, colapsos dinásticos y humillaciones nacionales a lo largo de muchos siglos. Por eso, cuando uno mira el Estado desde esa memoria, el caos resulta el peor de los escenarios: todo un abismo. El Partido se presenta precisamente como el dique frente a ese abismo. La población comprende bien ese lenguaje.

En España el que estudia mucho es un «empollón», en China es un «héroe». ¿Cómo se repara ese diferencial de prestigio social en torno al conocimiento?

Se repara cambiando el relato y los incentivos. No basta con decir que la educación importa, hay que demostrarlo en presupuestos, salarios, prestigio, exigencia y presencia pública… y en pactos de Estado que den continuidad a líneas maestras que solo dan frutos al cabo de década y media. En España hemos convertido al listo en sospechoso, al estudioso en caricatura y al profesor en diana de críticas y burlas. Luego no debemos sorprendemos de que falten vocaciones científicas, matemáticas o técnicas. Es absurdo. Ningún país que desprecie simbólicamente el conocimiento, la intelectualidad, el estudio y el trabajo duro puede después exigir milagros de productividad.

China, en cambio, dignifica al buen estudiante porque entiende que ahí se juega el futuro de la familia y del país. Nosotros deberíamos hacer algo parecido sin copiar su presión asfixiante que deja una terrible factura en salud mental y social. Debemos represtigiar al maestro, celebrar al que aprende, premiar al que investiga, visibilizar al que fabrica, programa, cura, inventa, innova, diseña o enseña. Durante años hemos tratado la cultura del esfuerzo y el afán de superación como fórmulas rancias, cuando debe volver a ser una política pública.

«Ningún país que desprecie simbólicamente el conocimiento puede después exigir milagros de productividad»

Habla de devolver el prestigio al profesorado, ¿la educación es el verdadero ascensor social chino o una herramienta de competitividad extrema?

Las dos cosas. La educación china es ascensor social, pero también es una trituradora: ha sacado a millones de personas de la pobreza, ha creado una clase media urbana gigantesca y ha alimentado el salto tecnológico del país, pero también genera ansiedad, presión familiar, competencia feroz y una obsesión por el examen que puede estrechar la vida.

No hay que idealizarlo, pero tampoco hay que negar su eficacia. La educación allí es una autopista hacia la mejora material, pero es un derecho activo que empieza en uno mismo, no solo es un deber del Estado para con sus ciudadanos: empieza en cada individuo chino y en su responsabilidad por cultivarse. Mientras en Europa, para demasiados jóvenes, la educación empieza a parecer una rotonda: das vueltas, acumulas títulos y no siempre sales a ninguna parte.

La lección, claro está, no es importar el gaokao ni convertir a nuestros hijos en máquinas de rendimiento. La lección es otra: un país que trata a sus profesores como figuras secundarias no puede esperar que sus alumnos traten el conocimiento como algo central. Para los chinos el futuro de China está en manos de sus docentes, de sus formadores, de sus profesores, de sus maestros. Por eso se les prestigia: no hay nada más importante que un destino nacional próspero.

Define al Partido Comunista Chino como una «oligarquía tecnocrática» repleta de ingenieros. ¿Podría nuestra democracia «perfeccionarse» introduciendo filtros meritocráticos sin renunciar a las urnas?

Sí, pero no se trata de poner un examen para votar ni de sustituir la democracia por una oposición de tecnócratas. No podemos renunciar a todos nuestros logros desde la Revolución Francesa y la Ilustración: se trata de profesionalizar la gestión pública y elevar el nivel de quienes toman decisiones técnicas. Una democracia puede elegir gobiernos y, al mismo tiempo, exigir competencia a sus reguladores, gestores, empresas públicas, agencias, órganos de supervisión y altos cargos. Una cosa es la legitimidad política y otra la solvencia profesional. Hemos mezclado ambas demasiado a menudo.

China tiene un problema grave, la ausencia de control democrático, pero tiene una gran virtud operativa: quien gestiona suele haber gestionado antes grandes presupuestos, crisis relevantes, equipos de gran tamaño y situaciones complejas. En Europa a menudo entregamos ministerios, consejerías o empresas públicas a personas que no acumulan la experiencia, las credenciales y la capacidad suficiente para responsabilizarse de lo que tienen entre manos. La democracia no se debilita cuando exige mérito, al contrario: se debilita cuando se acostumbra a la mediocridad leal.

En China se dice que el 70% depende del esfuerzo y el 30% de la suerte. Aquí hablamos meritocracia, pero los privilegios familiares siguen pesando mucho. ¿Seremos capaces de sacudirnos ese lastre?

Podemos, pero solo si dejamos de usar la meritocracia como eslogan. La meritocracia real no consiste en decirle a un chico de barrio humilde que se esfuerce mientras otro nace con academia, contactos, idiomas, patrimonio y red de seguridad. Eso es cinismo con un barniz moral. Y ojo: China tampoco es un paraíso meritocrático. Hay desigualdades brutales, diferencias entre campo y ciudad, contactos, privilegios y barreras, pero durante décadas mucha gente percibió que el esfuerzo educativo podía cambiar el destino familiar y esa percepción es poderosísima porque mueve a la población a dinámicas de mejora continua.

Europa tiene que reconstruir ese pacto: si estudias, trabajas y haces las cosas bien, el sistema no te va a cerrar la puerta en la cara. Para eso hacen falta buenas escuelas públicas, becas exigentes, vivienda accesible, competencia limpia, menos nepotismo y una administración que no castigue al que empieza desde abajo. Sin igualdad de oportunidades, la cultura del esfuerzo es pasto de libros de autoayuda.

China ofrece infraestructuras a otros países sin exigencias ideológicas, algo que usted llama «soft power de resultados». ¿Ha fracasado la ética paternalista de Occidente frente al pragmatismo chino?

Occidente fracasa cuando nuestros valores llegan sin resultados. Para muchos países del sur global, una carretera pesa más que una conferencia sobre gobernanza, un puerto mucho más que un informe y una central eléctrica infinitamente más que una declaración final de cumbre.

China lo ha entendido y ofrece al sur global lo que Occidente antes ofrecía: inversión, tecnología sin notas al pie. Luego vienen los costes, las dependencias, la deuda, las condiciones implícitas y la influencia política, claro pues China no es una ONG, que va regando el mundo con inversión a cambio de nada, pero ha entendido que el prestigio se construye entregando cosas tangibles, resultados. Ejecutando.

Occidente tiene que abandonar el tono paternalista y arrogante porque para poder hablar de derechos humanos o al Estado de derecho, debemos acompañarlos de eficacia, financiación y presencia. Si solo damos lecciones, los chinos vendrán con una lógica radicalmente pragmática y pondrán los raíles, los puertos y las redes 5G. Quien pone la infraestructura suele acabar escribiendo las reglas.

«La solución europea no puede ser copiar la vigilancia china, sino construir la soberanía digital democrática»

Sobre la vigilancia estatal, usted cita que «quién necesita votos si ya tiene datos». ¿Cree que las democracias pueden ser una reliquia y ser sustituidas por otro modelo tras el dominio de las plataformas tecnológicas?

Pueden convertirse en una reliquia si no entienden el poder de los datos, pero yo creo que no están condenadas. Nuestra mayor amenaza es el deterioro de la conversación pública que, cada vez más, queda secuestrada por algoritmos opacos, bots, adicción, polarización y mentira rentable.

China ha elegido un camino de control estatal. A ellos les sirve, pero no debe ser el nuestro, aunque nos obligue a mirar de frente un problema que llevamos años esquivando: nuestras infraestructuras digitales están en manos de empresas privadas con poder casi soberano. Saben más de nosotros que muchas administraciones, influyen en lo que vemos, premian la indignación y no responden ante el ciudadano como responde un poder público.

La solución europea no puede ser copiar la vigilancia china, sino construir la soberanía digital democrática: transparencia algorítmica, identidad verificable donde sea necesario, protección de menores, responsabilidad de plataformas y alfabetización digital. Ya lo dice Harari: un bot no tiene derecho a la libertad de expresión. Una persona, sí.

Usted afirma que el modelo chino es «inexportable» porque distorsionaría nuestros valores. ¿Qué software chino sí podríamos instalar sin corromper nuestra democracia?

Podemos instalar varias piezas, siempre que no importemos el sistema operativo autoritario, ni la intervención excesiva en el mercado ni el control del disenso y la pluralidad. La primera es la planificación a largo plazo: pactos de Estado en educación, energía, industria, defensa, ciencia y tecnología que sobrevivan al cambio de gobierno. La segunda es tratar la educación como infraestructura nacional, no como gasto blando, no como retórica electoral, sino como política industrial de primer orden. La tercera es la meritocracia de resultados en la gestión pública, para impedir que la incompetencia organizada capture las instituciones. La cuarta es la soberanía digital: datos, IA, ciberseguridad, plataformas, nube, chips, estándares. Sin eso, la autonomía europea será un relato vacuo. La quinta es la cultura de ejecución. Europa diagnostica muy bien, regula bastante bien y ejecuta demasiado despacio. Hay que recuperar el músculo, la agilidad, la capacidad de ejecución, la determinación y la iniciativa.

En un mundo donde el gendarme estadounidense ya no cuida nuestros intereses, ¿es China una amenaza o un espejo para que Europa despierte?

Ambas cosas. Es una amenaza en algunos ámbitos porque compite con intereses europeos, subsidia sectores estratégicos, controla cadenas de suministro críticas, no juega siempre con reciprocidad y defiende un modelo político incompatible con nuestras libertades (sería ingenuo negarlo), pero también es un espejo y a veces molesta más el espejo que la amenaza. China nos muestra todo lo que Europa ha dejado de hacer: planificar, fabricar, educar con ambición, proteger industrias estratégicas, pensar en energía, datos, defensa, materias primas y tecnología como partes de una misma conversación.

Durante décadas hemos vivido bajo paraguas estadounidense, gas barato, globalización cómoda y superioridad moral automática. Ese mundo ya no existe. Estados Unidos ya no siempre coincide con nuestros intereses, Rusia ha devuelto la guerra al continente y China ha demostrado que la historia no caminaba necesariamente hacia nosotros. China también nos demuestra que existe un camino de modernización no occidental y que debemos aprender a vivir en un mundo en el que hemos perdido buena parte de nuestra centralidad, capacidad de negociación e influencia.

No necesitamos elegir entre vasallaje americano o fascinación china pero sí es innegociable tener industria, defensa, energía, tecnología, lectura estratégica y voluntad política, para poder mantener buena parte de nuestro bienestar actual. China no es el final de Europa, puede incluso servirnos de despertador… pero para eso hace falta, sobre todo, ganas de levantarnos.

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