La invasión de los necios
El filósofo italiano Umberto Eco alertaba sobre la «legión de idiotas» que había en la discusión contemporánea. Hoy la certeza iracunda y ciega se impone a la duda sosegada.
Artículo
Si quieres apoyar el periodismo de calidad y comprometido puedes hacerte socio de Ethic y recibir en tu casa los 4 números en papel que editamos al año a partir de una cuota mínima de 30 euros, (IVA y gastos de envío a ESPAÑA incluidos).
COLABORA2026
Artículo
Hay una escena de la novela La conjura de los necios que sintetiza bastante bien el estado del debate público contemporáneo. Su protagonista, Ignatius J. Reilly, irrumpe en una reunión del Partido de la Pureza de Nueva Orleans y lo arrasa todo sin contemplación alguna. Le tiene sin cuidado el resto, no cede un milímetro, convencido como está de que su verborrea constituye un argumento impepinable. El escritor John K. Toole (1937-1969) plasma así con una crueldad cómica que la necedad rara vez se hace consciente de sí misma. Al contrario, se disfraza de indignación, de un supuesto sentido común e incluso de la voz del pueblo. Eso es lo que la hace tan difícil de combatir. El filósofo italiano Umberto Eco (1932-2016) alertó en algunas de sus últimas entrevistas sobre esa «invasión de necios» o «legión de idiotas» cuyo eco resuena sin filtro: los grandes medios de difusión –a destacar, las redes sociales– le han dado tribuna a quien antes tenía un taburete. El señor que hostigaba con sus teorías sobre la conspiración masónica detrás del precio del butano tenía, digamos en 1987, un radio de acción limitado al rellano. Hoy, ese «tonto del pueblo» tiene seguidores, columna de opinión implícita y, en algunos casos, escaño. La diferencia no estriba tanto en un cambio de actitud como en el algoritmo que descubrió que la indignación fácil retiene la atención más que la información contrastada.
La atención humana no es un mercado racional. Premia la excitación por encima de la precisión. Es por ello que la certeza iracunda y ciega se impone a la duda sosegada. Cuando en 2020 la OMS intentó comunicar la incertidumbre científica real sobre la transmisión del coronavirus –algo que los epidemiólogos consideran un ejercicio de honestidad metodológica– millones de personas acudieron en tropel hacia quienes les ofrecían lo contrario: certezas, villanos hollywoodienses identificables o, por lo general, soluciones de tres pasos. La complejidad fue aplastada por el show y la impaciencia, por la necedad.
El necio contemporáneo no es, necesariamente, el menos leído
El asunto genera un curioso cortocircuito en las categorías con las que acostumbramos pensar. El necio contemporáneo no es, necesariamente, el menos leído. Hay una nueva variante, más sofisticada y peligrosa, encarnada por el que ha leído mucho pero retiene únicamente lo que confirma lo creído de antemano. El ecosistema informativo actual fabrica expertos de sí mismos, todólogos que han escuchado algunas horas de podcasts sobre nutrición y por eso se estiman a años luz de cualquier endocrino, que han visto tres documentales sobre historia medieval y ya pueden corregir a medievalistas como el propio Umberto Eco. El conocimiento asimilado como accesorio identitario. La formación como postureo, muy al estilo satirizado por los cómicos de Pantomima Full.
El médico británico Andrew Wakefield publicó en 1998 su fraudulento estudio vinculando las vacunas con el autismo. The Lancet lo retiró en 2010 y Wakefield perdió la licencia médica. No obstante, su fantasma salpica todavía las decisiones sanitarias de millones de familias: la rectificación nunca viaja tan rápido ni suscita tanta emoción como la acusación original. Por decirlo gráficamente, el bulo tiene alas mientras que la corrección, muletas. En este desequilibrio estructural vive muy cómoda la invasión.
Aquí conviene deponer, con todo, cierta tentación intelectual que también es una forma de necedad. En concreto, la del iluminado que contempla el desastre desde arriba, suspira con elegancia y concluye con aires de superioridad moral que la humanidad no tiene remedio. Esa pose tiene mucho predicamento en los ambientes culturales europeos y es, a su manera, otra forma de pereza y de necedad. Es un diagnóstico desde el balcón.
Cuando el Parlamento Europeo debatió en 2019 la directiva sobre calidad del agua potable, distintos lobbies industriales coordinaron campañas de desinformación tan eficaces que consiguieron que ciudadanos corrientes salieran a defender los intereses de empresas embotelladoras creyendo defender su propia libertad. He aquí la dinámica: encontrar el miedo adecuado, alentar cierto espíritu conspiranoico, traducirlo al idioma de la identidad colectiva y dejar que la indignación haga el trabajo sucio.
La invasión de los necios no es, así pues, un aquelarre de bobos ignorantes que se congregan contra el saber. Es algo más sutil: un sistema de incentivos que recompensa la pobreza intelectual y penaliza el matiz, que convierte la duda en debilidad o la rectificación en una derrota. Mientras corregirse públicamente sea un suicidio social y mantener el error una señal de coherencia, seguiremos eligiendo, cada vez que abrimos la boca o Instagram, en qué bando de la invasión queremos estar.
Tristemente, Ignatius Reilly nunca rectificó. En la novela, ahí reside la broma; fuera de ella, el problema.
COMENTARIOS