El síndrome de Madame Bovary
Emma Bovary estaba hastiada ante su vida cotidiana y soñaba con la vida aspiracional que le vendía la literatura. Hoy, se vive una realidad muy parecida, aunque lo deseable lo muestran los ‘feeds’ de Instagram.
Artículo
Si quieres apoyar el periodismo de calidad y comprometido puedes hacerte socio de Ethic y recibir en tu casa los 4 números en papel que editamos al año a partir de una cuota mínima de 30 euros, (IVA y gastos de envío a ESPAÑA incluidos).
COLABORA2026
Artículo
Cuando hace 170 años se publicó Madame Bovary, primero por entregas y luego como libro, estalló el escándalo. La novela de Gustave Flaubert capturaba el hastío existencial de una mujer ante una vida que no estaba a la altura de sus expectativas. Parece algo no tan chocante, pero Flaubert y su obra fueron denunciados por «afronta a la conducta decente y la moralidad religiosa» (el escritor y sus editores fueron absueltos por falta de pruebas) y Emma Bovary, su protagonista, se acabó convirtiendo en un emblema.
Un símbolo de la frustración y el alineamiento al que sometía la sociedad decimonónica a las mujeres (y el poco margen de maniobra que les dejaba para encontrar su propio espacio) y, especialmente, de los sentimientos de insatisfacción. A Emma Bovary la hartaban su marido, su ciudad escasamente cosmopolita y la vida aburrida en la que la sumía. El escritor Jules Barbey d’Aurevilly fue el primero en acuñar ya en el propio siglo XIX el término bovarismo, un derivado del apellido y que servía para hablar de insatisfacción ante la vida que se lleva y la tendencia a fantasear con una mucho más deseable.
Siglo y medio después, se sigue hablando de bovarismo o, mucho más, del síndrome de Madame Bovary. Como apuntan desde Psicología y Mente, no es un síndrome oficial pero sí una etiqueta que tiene su popularidad. Se trata de «un patrón desadaptativo de comportamiento y cognición que se caracteriza por la existencia de una insatisfacción persiste y crónica derivada de la fuerte discrepancia entre la realidad y las expectativas», como definen, destacando que se suele producir en las relaciones afectivas. Esto es, no se es capaz de ser feliz con lo que se tiene y se espera una relación perfecta e ideal que posiblemente sea imposible.
Jules Barbey d’Aurevilly fue el primero en acuñar el término ‘bovarismo’ para hablar de la insatisfacción ante la vida
Fue, al final, lo que le pasó a Emma Bovary, quien frustrada en su relación con su marido buscó el romance ideal en otro lugar, para descubrir que todos esos amores eran realmente de cartón piedra. Aun así, el síndrome de Madame Bovary no se aplica solo al amor romántico, sino también a muchas otras relaciones, como recuerda este análisis. Las expectativas emocionales que se depositan en los otros no están luego, a la hora de la verdad, a la altura. Es algo que sigue siendo muy moderno, como advierten, y algo que la cultura popular y la sociedad de consumo siguen presionando, sobre todo, en las mujeres.
En cierto modo, cabe preguntarse si esta es la era del bovarismo. Emma Bovary posiblemente hubiese amado la era de Instagram. «Su compatibilidad con nuestra época se manifiesta en que Emma es individualista, consumista y fascinada por lo virtual», apunta a Slate Yvan Leclerc, profesor de la Universidad de Rouen y responsable del Centre Flaubert. «Le hubiese gustado este mundo masificado en el que todo es en primera persona del singular, ‘mi espacio’, ‘mi cuenta’, ‘mi perfil’», suma.
Pero, más allá de lo que el personaje hubiese visto en el presente, la clave está en si este presente toca, justamente, todas esas claves que Flaubert evidenciaba en su novela. Las emociones se han convertido en el siglo XXI en una suerte de bien de consumo, como demuestra que toda clase de negocios (desde un hotel hasta el banco) vendan emociones y experiencias.
Y más allá de eso, el presente se ha convertido en una especie de juego de espejos. Igual que la señora Bovary intentaba transmitir que era algo más que la esposa hastiada de un aburrido médico, hoy las personas crean versiones ideales de sí mismas en redes sociales. Nadie tiene una vida tan emocionante como muestran sus fotos de Instagram ni tantos triunfos como indica su perfil de LinkedIn. El presente ha pasado a ser un mundo hiperconectado en el que el éxito se mide por ‘me gustas’ y seguidores, por momentos de viralidad o por tendencias en TikTok.
En paralelo, esto crea una presión, la de no estar nunca a la altura. Como le ocurría a Emma Bovary, que comparaba su vida real con la aspiracional de las novelas de éxito y las revistas, resulta imposible emular los estándares de un perfil curado de Instagram o tener unas vacaciones de ensueño en las que se acumulen experiencias impresionantes como las de los vídeos que muestran lugares secretos en TikTok (y que, en el momento mismo de la misma publicación, han dejado de serlo). Los estudios ya han creado un vínculo entre la insatisfacción ante el yo y lo que se ve en las redes sociales, especialmente entre el público adolescente (pero no solo entre esa demografía).
A eso se suma que una realidad global compleja, con cada vez más incertidumbre y crisis geopolíticas, crea una cierta sensación de desencanto y miedo. Se vive en un momento de la historia en la que todo lo que rodea exige ser feliz, vivir experiencias memorables, triunfar, pero en el que la realidad resulta agotadora y un tanto deprimente.
COMENTARIOS