Soto Ivars y Cristina Monge enfrentan posturas sobre el feminismo y las denuncias falsas
El escritor y la politóloga dialogan en una conversación no exenta de polémicas, discrepancias y puntos de encuentro.
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¿Son las denuncias falsas por violencia de género un tabú en una sociedad volcada, como no puede ser de otra forma, en la lucha contra la lacra de la violencia de género? Esta es la tesis que el escritor Juan Soto Ivars (Murcia, 1985) trata de responder en su último ensayo –’Esto no existe’ (Debate)–, un libro que ha desatado una gran controversia y en el que el autor insiste en una idea fundamental: «Las cifras de denuncias falsas que aporta la Fiscalía son mentira». Cuando su editorial nos propuso entrevistarle, quisimos darle otro enfoque. No sería una entrevista como las que en otras ocasiones le hemos realizado a Soto Ivars, sino un debate crítico en el que la politóloga y feminista Cristina Monge (Zaragoza, 1975) plantearía sus objeciones a un libro que ella considera que, ante todo, pretende desmontar la actual narrativa del feminismo. El debate tiene lugar en la librería La lectora infiel. Por supuesto, abundan las discrepancias. Pero también desde el principio aparecen interesantes puntos de encuentro.
Cristina: Compartimos que hay denuncias falsas –probablemente sean más del 0,01% que se dice oficialmente–, que tenemos un problema importante de información y de cifras, que la Ley de Violencia de Género no ha acabado con todo esto y que hay un rechazo de una parte de los jóvenes –mayoritariamente varones–que sienten que se está cuestionando su rol y que la revolución feminista les margina, les perjudica.
Juan: Compartimos todo eso, pero con el matiz de que sí sabemos que las denuncias falsas son más de 0,01%. Lo que no sabemos es cuántas son.
Cristina: Una cosa que sí que sabemos es que el 75% de las mujeres que han sido asesinadas por sus parejas o sus exparejas no había denunciado. Por lo tanto, los casos son muchos más de lo que las denuncias nos podrían llegar a decir. Eso no lo he visto reflejado en tu libro.
Juan: Estoy de acuerdo contigo en que tenemos problemas de medición. Por ejemplo, no sabemos cuántas mujeres en España son víctimas de violencia de género. Se habla de las denuncias o de las que piden ayudas a los servicios sociales, pero luego, entre las que denuncian, aproximadamente la mitad lo hacen por el artículo 153 [castiga el maltrato físico o psíquico leve sin necesidad de habitualidad] y el 172 [sanciona las coacciones en este ámbito]. Eso son vejaciones y lesiones leves, dos de los artículos más cuestionables de toda la ley, ya que judicializan algo que puede ser una agresión o el producto de una pareja tóxica que se tira los trastos a la cabeza.
Cristina: Planteas que hay una parte instrumental de las denuncias: una pareja en proceso de divorcio cuyo abogado les dice que pongan una denuncia por malos tratos, porque seguro va a beneficiar en el proceso. Pero en las memorias del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) hay casos en los que las supuestas ventajas que se obtendrían por parte de la mujer en el proceso de divorcio en la sentencia firme se han incluido solo alrededor de un 3% de los casos. Es decir, no han servido para nada en el 97% de los casos.
Juan: Si hablamos de presunción de inocencia en violencia de género, podemos mirar en dos direcciones. Una, a las sentencias, que son el 20-25% de las 200.000 de media. Mirando las sentencias y dado que en torno al 75% de los acusados terminan en archivo o en absolución, podríamos decir que la presunción de inocencia no corre peligro con la Ley de Violencia de Género. Lo mismo pasa con las medidas en firme que salen en los informes de la memoria del CGPJ.
Juan Soto Ivars: «El incentivo perverso es muy importante cuando hablamos del poder de una denuncia instrumental»
Cristina: Eso no lo dices en el libro.
Juan: Sí lo digo. Es parte del razonamiento [y de ahí] la frase «hay pocos inocentes condenados». El problema son las medidas cautelares. La ley –no la de 2004, sino un añadido de 2018– dice que en el momento de la denuncia es prioritario separar al presunto maltratador de sus hijos, porque no puede ser un buen padre. Se le saca de la casa y se establece un régimen de visitas en puntos de encuentro. Si ese hombre al final resulta absuelto o la denuncia se archiva por el camino, no lo hemos contado en el 2-3%. El efecto que tienen las cautelares sobre un inocente denunciado de manera instrumental son lo que para mí hace de la denuncia instrumental algo totalmente contrario al Estado de derecho. El incentivo perverso es muy importante cuando hablamos del poder de una denuncia instrumental. Si es instrumental es porque te sirve para algo.
Cristina: Sin embargo, todos los juristas te dicen que el incentivo no es perverso, sino justamente lo contrario. Ningún abogado va a recomendar eso a una víctima de violencia machista. [Hace poco] la Fiscal de la Sala de Violencia contra la mujer dijo que ninguna mujer que había denunciado por violación volvería a hacerlo. El proceso de denuncia es una tortura. Si estás en un proceso de violencia machista o de divorcio, [y decides] poner una denuncia instrumental, asumes el riesgo de que después en la sentencia firme se te vuelva en contra.
Juan: ¿Cómo se te vuelve en contra?
Cristina Monge: «Ningún abogado va a recomendar poner una denuncia instrumental a una víctima de violencia machista»
Cristina: Porque los juristas, los jueces, los abogados están diciendo que cuando se ve que ha sido instrumental la sentencia por denuncia falsa es más dura.
Juan: Una denuncia instrumental no es falsa, por eso hacía la distinción. La denuncia falsa no se persigue en España en violencia de género y esa es la utilidad que tiene el dato del 0,01%. En el año 2019, de 168.000 denuncias, fueron falsas 14, con sentencia de denuncia falsa. No paga ningún precio quien la pone, porque jamás se persigue. De 200.000 denuncias en un año, se condena al 25%, la mitad de los casos de conformidad. Este es otro dato muy importante, porque las sentencias de conformidad en violencia de género se dan después del chantaje de la Fiscalía al reo, diciéndole que acepte la pena reducida si quiere que la cosa acabe pronto. De hecho, la mayor parte de las sentencias de conformidad son por el artículo 153 y el 172, porque las penas para esos delitos son muy leves. En violencia sexual apenas hay conformidades.
Cristina: Porque entran partes médicos.
Juan: Aunque haya parte médico, puedes aceptar una conformidad para que te rebajen la pena, algo que está pasando en violencia de género. Por eso para mí el problema viene en las cautelares.
Cristina: ¿Eso es lo que te lleva a escribir: «el Estado incentiva a la mujer a denunciar cualquier cosa»?

Juan: Sí. De hecho, en la teoría del iceberg que nos viene a decir que el asesinato empieza por un insulto, puede ser cierto para el caso del asesinato, pero no para el caso del insulto. Tratarse mal y maltratarse tiene un matiz. El principal problema es que siga habiendo mujeres maltratadas que no denuncian.
Cristina: Coincido contigo en que tenemos un problema tremendo de mujeres que tienen que denunciar y no lo hacen. Tenemos denuncias falsas, no sabemos cuántas, y admito que puede haber algunas instrumentales. Pero me llama la atención que, en vez de poner el énfasis en cómo se puede ayudar a que las mujeres que tienen que denunciar lo hagan, optas por ponerlo en esa parte de las denuncias falsas. ¿Por qué?
Cristina Monge: «Tenemos un problema tremendo de mujeres que tienen que denunciar y no lo hacen»
Juan: En los últimos 20 años, ¿cuántos libros se han publicado en España sobre las mujeres maltratadas? Muchos. Es algo bastante omnipresente en los medios, porque la ley de violencia así lo exige –la campaña de concienciación–. Pero, ¿cuántos se han escrito sobre los efectos colaterales de una ley integral que, muchas veces, se mete en el momento del divorcio? He escrito sobre este tema porque nadie había escrito sobre él.
Cristina: Con ese planteamiento estaría de acuerdo, pero no lo he leído. Leo cosas como: «Así cuando El País citó a la BBC, que a su vez remitía a un informe de la ONU, para decir en un titular que casi el 25% de los hombres de Asia admite haber violado a alguna mujer, lo que no explicaron es que la encuesta incluía una casilla por la que el 75% de los hombres, considerados luego violadores, solo habían admitido que mantuvieran relaciones sexuales con su pareja cuando a ella no le apetecía. Lo que, solo de forma muy laxa, podríamos calificar automáticamente como violación, aunque en algunos casos sí pueda serlo». ¿Mantener relaciones sexuales con tu pareja cuando ella no quiere no es una violación?
Juan: Depende, no siempre. Las parejas, digamos, se dejan convencer, arrastrar por el otro. Todo el mundo en la pareja tiene sexo sin que le apetezca. Esto pasa a hombres y a mujeres.
Cristina: Es una violación y está tipificado. Si quieres entramos en el debate del consentimiento, pero eso es otro plano y no lo abordas en tu libro.
Juan: En las parejas hay relaciones sexuales mutuamente deseadas y otras que se tienen por complacer al otro. Y esto no necesariamente es una violación en todos los casos.
Cristina: Si tú la quieres tener, aunque solamente sea para complacer, ya es consentimiento.
Juan: La incitación. Esto nos lleva a lo del consentimiento, que es un asunto bastante interesante. En su libro Sobre la violación, la feminista radical Germaine Greer empieza con una amiga que ha pasado exactamente por esa situación. La amiga y su marido, que llevan casados mil años, llegan a casa después de una cena; ella se encuentra algo indispuesta, un poco mamada, y no le apetece follar, pero el otro le insiste hasta que al final ella le deja. Entonces, la amiga le pregunta a Greer: «¿Mi marido me ha violado?» Y Greer le dice que sí. La amiga pregunta si debe denunciarle y Greer le responde que no. Lo interesante no es que Greer lo considere una violación, sino cómo después argumenta ante su amiga que no pasa nada.
Cristina: Este libro no va sobre la filosofía o el debate del consentimiento, va sobre temas penales; desde un punto de vista legal y penal, ella no quiere.
Juan: Entonces estamos entrando en un terreno en el que interpretamos si quiere o no quiere de manera diferente. Porque, según el testimonio que reproduce Greer en el libro, ella no quiere, es una violación. Pero cuando te lo cuento, parece que ese caso podría estar fuera de lo penal.
Cristina: Desde un punto de vista penal, ella accede y ya está. Una cosa es que lo haga sin ganas, un mal polvo y otra una violación. Pero aquí no estás hablando de un mal polvo. Aquí, tal y como está redactado ese párrafo, es una violación. ¿Para qué se ha escrito el libro? ¿Cuál ha sido el objetivo?
Juan Soto Ivars: «Tratarse mal y maltratarse tiene un matiz»
Juan: El objetivo es abrir a la opinión pública una conversación absolutamente omnipresente en los juzgados de violencia sobre la mujer.
Cristina: Sin embargo, más allá del tema de las denuncias falsas y la parte más judicial, veo un cuestionamiento frontal en forma de contexto que tú llamas narrativa de género y que, en el fondo, podríamos interpretar como visión de género o políticas feministas. Haces alusión a un montón de cosas a las que esta narrativa de género ha perjudicado a los hombres.
Juan: Argumento que la narrativa de género –pongo esa etiqueta para distinguirla de los feminismos, porque la narrativa de género es una simplificación, un feminismo bastardo para las masas– jamás mira aquellos estratos o puntos de la sociedad que niegan y creo que hay feminismos que sí lo miran. La narrativa de género hace cherry picking y coge de la sociedad solo aquello que apoya la tesis de que el heteropatriarcado sigue vigente.
Cristina: Citas un paper: «En este Occidente tan machista parece que la gente prefiere salvar la vida de las mujeres y no la de los hombres en dilemas como el del tranvía» (un experimento de la IA que dice que si fueras un tranvía y fueras a atropellar a un hombre o a una mujer, se supone que la mayoría de las personas optaría por salvar a la mujer). Pero el paper dice que a nivel global existe una tendencia moderada a preferir salvar a las mujeres sobre los hombres y que esta preferencia es más pronunciada en el clúster sur. Es decir, no «este Occidente tan machista». Creo que haces una interpretación un poco libre, una enmienda a la totalidad.
Juan: No hago una enmienda a la totalidad. Doy muchos ejemplos más palmarios que nos ayudan a comprender la reacción misógina que se está produciendo en los últimos tiempos. Uno de ellos es que durante la última reforma educativa se puso un énfasis extraordinario en aplicar la perspectiva de género en las asignaturas para conseguir que hubiera más chicas estudiando ingeniería, STEM, etcétera. Esto en un país donde en el fracaso escolar están sobrerrepresentados los chicos. ¿No crees que esta última ley educativa tiene otra cara, que es desatender los problemas de género de los chicos en la escuela?
Cristina: Hasta lo que yo sé, se planteaba una incorporación de una perspectiva de género encaminada a educar en igualdad. En una sociedad feminista vamos a vivir mejor todos y todas, porque es una sociedad más igualitaria. Pero en el feminismo no estamos sabiendo transmitir ese mensaje y hemos planteado un juego de suma cero.
Juan: Entre los fallos que achacas a los feminismos, ¿compartirías la crítica? Porque están los problemas de género de las mujeres y los de los hombres.

Cristina: Totalmente. Por ejemplo, la ausencia de referentes masculinos acordes a una sociedad más igualitaria. También eres muy crítico con la modificación del artículo 49 de la Constitución: las personas con discapacidad. Después se añadió la frase «con especial cuidado en las mujeres y las niñas». Fuentes como el European Disability Forum dicen que las chicas con discapacidad son entre dos y cinco veces más propensas a sufrir violencia que las mujeres sin discapacidad, y la Unidad de Atención a las víctimas con discapacidad habla de una media al año de 300 mujeres y niñas con discapacidad por agresión sexual. ¿Crees que es prioritario una atención especial a esas mujeres con discapacidad que están sufriendo sistemáticamente este tipo de agresiones?
Juan: No, porque si miramos las agresiones sexuales siempre vamos a encontrar que las mujeres son las principales víctimas. Si nos fijamos en el parámetro «personas con discapacidad que sufren violencia sexual», te diría sí. Pero cuando se mete en la Constitución esa reforma, no se habla de la violencia sexual contra las personas con discapacidad, sino de que las instituciones prestarán especial atención al cuidado de las mujeres y niñas con discapacidad. Lo cual me parece absolutamente discriminatorio contra los varones con discapacidad. Las mujeres sufren más violencia sexual que los hombres, pero los problemas de las personas con discapacidad son infinitamente amplios.
Cristina: Vamos a hablar de otras cosas que no sean problemas sexuales de las mujeres con discapacidad. Por ejemplo, un 35% menos de salario que los hombres con discapacidad o un riesgo de pobreza de un 32% por encima del de los hombres con discapacidad. Ese artículo de la Constitución no habla de violencia sexual, sino de garantizar el derecho de las personas con discapacidad. Y añade «con especial cuidado a mujeres y niñas» porque tienen especiales problemas, tanto en materia de violencia sexual como de pobreza, de lucha salarial, etcétera.
Juan: Yo hago otra lectura: es como si considerásemos que ser mujer es una discapacidad. Porque los problemas específicos de las mujeres con discapacidad frente a los hombres con discapacidad tienen que ver con esa visión de la mujer como un ser permanentemente necesitado de cuidado especial y tutela. Puedo defender que haya cuotas, siempre que sean temporales para corregir; entiendo que hay circunstancias vitales en que las mujeres encuentran barreras por el hecho de ser mujeres. Ahora bien, cuando cambias un artículo en la Constitución –y se han hecho tres reformas–, la filosofía que tienes detrás es la de la mujer como un ser permanentemente discapacitado.
Juan Soto Ivars: «He escrito sobre este tema porque nadie había escrito sobre él»
Cristina: En el artículo 49 –donde se habla de proteger los derechos y dar mayores derechos a las personas con discapacidad–, las mujeres con discapacidad son especialmente vulnerables. Eso es lo que nos están dando las cifras.
Juan: Disiento. Las diferencias de género están presentes tanto en la gente con discapacidad como en la gente sin discapacidad. En algunos estamentos, como la brecha salarial, están acentuados. Estamos de acuerdo en que hay diferencias de género, pero ese artículo nos habla de las diferencias entre la gente con capacidades normales y con discapacidad.
Cristina: Otra cosa que me resulta interesante cuando hablas de denuncias falsas es la revisión que haces de informes y datos oficiales y que tomes como fuentes, por ejemplo, el Observatorio Galileo, un blog anónimo que en su descripción dice que «se están haciendo demasiadas cosas en nombre de la igualdad». ¿Por qué le das más credibilidad al Observatorio Galileo que a datos oficiales?
Juan: Porque el trabajo que hace es citar los informes de la Fiscalía en los que la propia Fiscalía cuenta cómo ha ido cocinando el dato del 0,01% hasta reducirlo a cero en 2016. El Observatorio Galileo coge los informes de la Fiscalía desde el año 2009, cuando empieza a hacerse ese informe, hasta el año 2016, cuando hubo cero denuncias falsas, cosa que a cualquier persona interesada en la verdad tendría que darle escalofríos leer.
Cristina: ¿Y por qué no te vas al informe de la Fiscalía?
Juan: Estás haciendo una falacia de autoridad. El Observatorio Galileo recopila todos los informes de la Fiscalía publicados y los cita con enlaces que permiten ir a los informes y ver cómo la Fiscalía ha ido depurando la técnica.
Cristina: Haces una interpretación bastante maniquea de lo que hace ese Observatorio.
Juan: Comparto absolutamente la interpretación que se da en ese artículo, porque se ve muy bien cómo en el año 2009 la Fiscalía empieza a emitir un informe que a todas luces busca zanjar un debate con un dato falso, que es que no hay denuncias falsas. Y lo hace para enmendar por completo las alarmas que están dando las juezas de violencia sobre la mujer desde los juzgados desde que entra en vigor la ley en 2004. La primera, María Sanahuja; el último caso, Francisca Verdejo.
Cristina: Nadie está negando que pueda haber denuncias falsas. Pero te preguntaba por qué citas como fuente de autoría a ese observatorio anónimo que en su presentación hace toda una declaración de intenciones cuando dice que «se está haciendo demasiado en aras de la igualdad en vez de irte a las fuentes oficiales». En esos informes, la Fiscalía explica, año tras año, cómo hace esa aproximación, que podemos discutir.
Juan: No, debemos discutir esa aproximación: cuando la Fiscalía da un dato y explicita en el año 2009 que estos informes van a servir para poner fin a algo que los operadores jurídicos están denunciando desde el principio, cuando la Fiscalía explicita su intención y logra que en el año 2016 las denuncias falsas sean cero afinando la técnica, cuando en el año 2020 se desarticula una red de denuncias falsas. ¿Qué ha pasado en estos 20 años para que el trabajo que tendría que haber hecho, por ejemplo, la Sociología en España o el mismo CGPJ lo esté haciendo un tío de Murcia con un libro en 2025 y antes lo haya hecho gente anónima en un blog? ¿Qué ha pasado en España para que la Fiscalía desde 2009 decida dar un dato falso a todas luces y nadie le exija que haga un estudio para llegar a la realidad del problema de las denuncias instrumentales en violencia de género? ¿Tú sabes por qué todos los jueces y juezas con los que hablo son anónimos?
Cristina: Supongo que no querrán verse en un libro como este.
Juan: Tienen pavor, porque en 2004 el CGPJ abrió el Observatorio de la Violencia sobre la Mujer, un órgano que puede poner sanciones. Es lo que hicieron con María Sanahuja.
Cristina: Yo estoy viendo que en tu libro subyace una especie de teoría de la conspiración.
Juan: ¿No te interesa saber cuántas denuncias falsas hay?
Cristina: Claro que me interesa saberlo, pero creo que la manera de hacerlo no es planteando que hay una narrativa de género que machaca sistemáticamente a los hombres. Dices que hay una especie de teoría de la conspiración donde las juezas sienten que pueden verse expulsadas o aquellos autores con una visión crítica que han podido hablar contigo no quieren dar su nombre. Yo he hablado con fiscales y abogadas que me dicen todo lo contrario.
Juan: También he hablado con gente que dice que las denuncias falsas no son un problema.

Cristina: En un momento determinado dices: «El Independent Women’s Forum fue muy tajante al respecto, no hay diferencias salariares entre hombres y mujeres». Resulta que este foro está presidido por Heather R. Higgins, asesora de Trump en temas de género. Si tienes una segunda edición, estaría bien que dijeras quién es esta mujer que preside ese foro que citas como argumento de autoridad. Creo que el libro está lleno de medias verdades, como esta, que retuercen los argumentos exponiendo una imagen muy distorsionada de la realidad.
Juan: Creo que has hecho algunas trampas en la crítica. El capítulo de la brecha salarial está apoyado sobre el libro de la Nobel de Economía Claudia Goldin, Mujer y Trabajo, donde desmonta por completo el discurso del feminismo institucional sobre la brecha salarial. Cito también a Susan Pinker, a su hermano Steven Pinker, a Warren Farrell. Para el tema de las denuncias falsas te agarras a que he citado un blog anónimo que tiene una descripción donde hace un alegato contra el feminismo. Es una cita de un capítulo donde están citados muchos informes de la Fiscalía, del CGPJ, muchas entrevistas.
Cristina: Dime una propuesta que harías si fueras ministro de Justicia.
Juan: Haría tres cosas. Primero, convertiría la denuncia falsa en un delito de violencia de género —hoy es un delito contra la Administración de Justicia—, porque igual que hay una violencia de género contra la mujer, creo que hay una contra el hombre. Segundo, afinaría la Ley de Violencia de Género para que quede excluido aquello que no representa un peligro para la mujer —como las vejaciones, que no son necesariamente un delito de violencia de género—. Tercero, intentaría que el Estado deje de fomentar que las parejas en proceso de divorcio vayan a un tribunal; que el Estado desincentive la judicialización del proceso con conciliación y mediación. ¿Consideras que estas tres cosas estarían bien?
Cristina Monge: «Dudo que este libro sirva para ayudar a mejorar esa ley que, efectivamente, tiene muchas cosas que mejorar»
Cristina: La última sí; las otras dos las matizaría mucho. Una última cosa. Yo soy docente de Ciencia Política en la universidad y cada vez que sale un tema que tiene que ver con violencia de género, una agresión, una denuncia la primera mano que se levanta es para decir, «¿y si resulta que a mi hermano le quieren joder la vida y le meten una denuncia falsa?». ¿Tú piensas que este libro, con este enfoque, puede ayudar a paliar eso y a luchar contra la violencia de género?
Juan: Creo que este libro puede concienciar sobre un problema que están sufriendo muchos inocentes, porque se hizo una ley que, a diferencia del resto de países de Europa, considera que el sexo es un agravante. Aunque tiene muchas cosas positivas, y creo que es mejor esta ley que no tener una, está mal hecha desde el principio. Muchos chicos reaccionan violentamente contra los discursos feministas, porque sienten con total legitimidad que sus problemas de género han sido ridiculizados o negados.
Cristina: Coincido que esto último está pasando y que puede haber parte de ese motivo, pero es mucho más complejo de lo que dices y lo que das a entender en el libro.
Juan: Las denuncias falsas se han negado sistemáticamente. Una de las cosas que rompo es el maniqueísmo sexual, que está en la narrativa de género que hace creer a mucha gente que si hablamos de los problemas de los hombres o de las mujeres estamos dejando de hablar del contrario. Una denuncia falsa o instrumental se pone contra un hombre y afecta a los hijos y a toda la red de afectos de ese hombre. Una abuela que no puede ver a sus nietos por una denuncia falsa es una mujer afectada por la Ley de Violencia de Género. Creo que los efectos secundarios de ese fármaco tienen que ser considerados no como un problema de los hombres, sino como un problema que hemos creado intentando solucionar otro. Espero que esto sirva para abrir ese debate.
Cristina: Dudo que este libro, con su enfoque, sirva para ayudar a mejorar esa ley que, efectivamente, tiene muchas cosas que mejorar. Y, al contrario, creo que puede servir para dar legitimidad a aquellos que están pensando que muchas mujeres denuncian de forma instrumental, cuando en el fondo son víctimas de violencia machista. Incluido ese 75% de asesinadas que no llega a denunciar. Porque para que una mujer víctima denuncie tiene que superar miedos, tabúes, decírselo a sus hijos, romper en muchos casos con su círculo familiar, social; tiene que ir a comisaría, acudir luego al juzgado, hablar con un abogado. Es una carrera de obstáculos tal, que creo que esta ley tendría que poner más fácil que quien tenga que denunciar tenga todo a su favor para hacerlo.
Juan: Estoy de acuerdo. De hecho, añado: una mujer víctima de una situación de maltrato, además, se va a encontrar que muchas veces el agresor va a quedar impune.
Cristina: Y encima ahora tiene una conversación alrededor de un libro que le habla de denuncias falsas. Esa mujer va a tener más dudas acerca de que la vayan a creer.
Juan: Ahí tenemos un punto de discrepancia casi tautológico. Admito y refuerzo que una mujer que tiene una situación de maltrato lo tiene muy difícil para iniciar ese proceso, sobrevivir a él y probar que dice la verdad. En el caso de la mujer víctima eso representa una yincana. Ahora bien, ¿y para un acusado que no ha hecho nada? ¿Cómo vive todo ese proceso un hombre acusado en falso o instrumentalmente? Es lo que yo cuento aquí. Siento no haberte convencido con el libro, pero creo que las dos visiones son complementarias.
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