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Perdonar a los padres: por qué a veces lleva toda una vida

Perdonar a los padres rara vez ocurre de golpe. Para muchos adultos es un proceso lento, lleno de contradicciones, que puede tardar décadas en resolverse. Hay heridas que permanecen mucho después de la infancia.

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08
junio
2026

Era la primera vez que veía a su padre en mucho tiempo. Tarrell tenía 34 años y llevaba años sin hablarse con él. Toda la rabia contenida de esos años explotó y le golpeó. Era una pesadilla. Al despertar, el protagonista de la película Exhibiting Forgiveness entendió algo que ni el paso del tiempo ni la terapia habían conseguido resolver: seguía viviendo bajo la sombra de su padre.

Esta escena es ficción, pero refleja la herida que muchos adultos sufren por su relación con sus padres, incluso décadas después de la infancia. Y el perdón, lejos de ser fácil y rápido como en las películas, suele ser un proceso lento, desigual y profundamente incómodo.

Crecer no es dejar atrás a los padres. A veces significa empezar, por fin, a entenderlos. Pero entender no siempre equivale a perdonar. Según una investigación de la Universidad de Wisconsin-Madison basada en la experiencia de 834 adultos jóvenes, el 26,4% afirmaba haber sufrido maltrato parental directo y alrededor del 70% reconocía mantener experiencias dolorosas no resueltas con alguno de sus progenitores.

El 70% de los jóvenes encuestados reconocía mantener experiencias dolorosas no resueltas con alguno de sus progenitores

No se trata únicamente de violencia física. Muchas heridas nacen de dinámicas más sutiles pero también más difíciles de nombrar, como críticas constantes, negligencia emocional, manipulación o ausencia de cariño.

La psicoterapeuta Susan Forward llamó a este fenómeno «padres tóxicos». Su controvertida tesis cuestionaba la idea, profundamente arraigada en prácticamente todas las sociedades, de que los hijos deben honrar a sus padres pase lo que pase. Según Forward, esa presión provoca que muchas personas pasen años minimizando lo que vivieron, retrasando cualquier posibilidad real de sanar.

El niño dependiente

Parte del problema tiene una explicación emocional, pero también biológica. Durante la infancia, el cerebro está programado para depender de aquellos que nos cuidan, incluso cuando nos hacen daño. Un niño necesita vincularse para sobrevivir. Después, cuando se convierte en adulto y entiende que fue maltratado, el vínculo se rompe y es muy difícil reconstruirlo.

Los terapeutas familiares distinguen entre dos conceptos que suelen confundirse: comprender y perdonar. Un estudio publicado en Journal of Family Studies en 2024 sobre procesos de perdón en hijos adultos señala que es necesario reinterpretar la historia de los padres antes de llegar realmente al perdón. Comprender significa aceptar que aquellos padres también arrastraban sus propias limitaciones, traumas o carencias. Perdonar es un paso más avanzado, ya que implica decidir que el daño sufrido ya no va a gobernar la propia vida. Y eso suele doler mucho más. Además, tampoco obliga a recuperar la relación. Perdón y reconciliación no son lo mismo.

Primero hay que dejar de ser «el hijo»

Uno de los trabajos más interesantes sobre este tema lo realizó la Universidad de Hong Kong a partir de entrevistas con adultos que consiguieron reconciliarse psicológicamente con padres destructivos después de años de terapia. Los investigadores identificaron un patrón común: el perdón empezaba cuando la persona dejaba de relacionarse con sus padres desde el papel del niño herido.

Lo llamaron «diferenciación del yo». Significa construir una identidad separada del drama familiar. Ver a los padres como adultos limitados, y no únicamente como figuras omnipotentes responsables de todo.

El proceso, según el estudio, suele pasar por tres etapas. Primero aparece la distancia emocional, dejar de reaccionar como un hijo herido. Después llega una reconciliación interna, que puede incluir el perdón incluso sin retomar la relación. Y solo en algunos casos había una reconciliación real. No siempre sucede. Y no siempre es recomendable.

Otro momento difícil aparece cuando se tienen hijos propios. Al convertirse en padres, muchos revisan su historia con sus propios padres y se preguntan si repetirán esos mismos errores. Criar a un hijo obliga a mirar la infancia desde otra perspectiva. Algunos por fin entienden lo abrumadores que fueron sus padres; otros se dan cuenta de que ciertas conductas nunca estuvieron bien. A veces, estas dos cosas ocurren al mismo tiempo.

Al convertirse en padres, muchos revisan su historia con sus propios padres y se preguntan si repetirán esos mismos errores

El perdón no es una epifanía

La idea del perdón como una gran liberación emocional instantánea tiene poco que ver con la experiencia real de la mayoría de las personas. Robert D. Enright, uno de los principales investigadores sobre el perdón, insiste en que el proceso se parece más a una rehabilitación física que a una revelación espiritual: lento, repetitivo y a veces frustrante.

Los especialistas del International Forgiveness Institute suelen resumirlo en cuatro pasos amplios. El primero es reconocer el daño sin minimizarlo. Llamar abuso al abuso y negligencia a la negligencia. El segundo consiste en desarrollar cierta empatía hacia los padres, no para justificar sus actos, sino para comprender que muchas veces actuaron desde sus propias heridas. El tercero es el núcleo del proceso: dejar de vivir atrapado en la deuda emocional. No significa pensar «lo que hicieron estuvo bien», sino «no voy a permitir que siga controlando mi vida». Y el cuarto, opcional, es decidir si merece la pena

Quizá la paradoja más difícil de aceptar es que el perdón rara vez llega cuando los padres cambian. Muchas veces llega cuando los hijos dejan de esperar que cambien. Y quizá ahí esté la diferencia entre perdonar y olvidar. Olvidar sería borrar el daño. Perdonar, en cambio, parece más cercano a aprender a vivir sin que ese daño siga decidiendo quiénes somos. La madurez emocional no llega cuando dejamos de ver los errores de nuestros padres, sino cuando dejamos de definirnos exclusivamente a través de ellos. Y eso puede llevar décadas.

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