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Laurent de Sutter

«La decepción es siempre un éxito porque marca lo que es frente a lo que debería ser»

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09
junio
2026

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«Decepcionar es un placer». Esa fue la contundente respuesta que Gilles Deleuze le dio a Michel Cressole, un joven filósofo que lo había criticado severamente. Ese es también el título del libro que publica ahora en Herder el pensador belga Laurent de Sutter (Bruselas, 1977). Un corto ensayo en el que habla de la decepción, la esperanza, la melancolía y la lucidez. Y en el que concluye que los libros «tienen que ser decepcionantes», al igual que las ideas y el pensamiento en general. Aquí nos explica por qué. 


«Hay una brutalidad en las expectativas», dice, pues someten otro «al deseo del que espera». Constantemente en las relaciones (familiares, de pareja, académicas, laborales…) se crean expectativas sobre lo que otra persona debe hacer. ¿Cómo liberarse de ellas, especialmente en relaciones cercanas?

Para aprender a liberarnos de la presión que las expectativas ejercen sobre nosotros hay que empezar fijándose en cómo funcionan. Solemos pensar que las expectativas, en el fondo, solo nos conciernen a nosotros. A nuestros ojos, no suelen ser más que esperanzas espontáneas, deseos personales, que indican una forma concreta de vivir. Lo que yo espero, lo que tú esperas… Y luego lo que ocurre cuando nuestras expectativas no se cumplen: me has decepcionado, te he decepcionado. Sin embargo, nada más lejos de la realidad. Las expectativas o las esperanzas no son solo el reflejo moral de los seres humanos ante lo impermanente o el cambio. Son, ante todo, una estructura política. A través de nuestras esperanzas, nuestras ilusiones y nuestras expectativas, lo que reproducimos es una política del tiempo, que ha sido objeto de una larga construcción filosófica, teológica e incluso institucional. Las expectativas nunca son solo nuestras expectativas: son, ante todo, las de una relación general con el tiempo en la que nos encontramos inmersos. Cada vez que decimos «estoy decepcionado» como si se tratara de una catástrofe, es en realidad esta estructura misma la que se ve decepcionada –una estructura cuyo objetivo principal es la obliteración de lo que es en la perspectiva de lo que debería ser–. De modo que decir «estoy decepcionado» es también repetir ese deber –y contribuir a imponerlo a los demás a nuestra vez–.

«Hay que cambiar la perspectiva que tenemos sobre la decepción»

Porque decir «estoy decepcionado de ti» es, en el fondo, confirmar: «no hiciste lo que esperaba». ¿El placer de decepcionar radica en la posibilidad de liberarse de la presión del otro? ¿En darse el permiso a uno mismo de ser y hacer a voluntad?

Hay que cambiar la perspectiva que tenemos sobre la decepción. Para nosotros (aunque, en realidad, se trata una vez más de la estructura de pensamiento que hemos heredado), no hay nada peor que la decepción. Dentro de nuestro sistema de pensamiento, la decepción es un fracaso: quien decepciona no ha estado a la altura. ¿Pero a la altura de qué? A la altura del extraño ideal que se nos impone —y cuyo objetivo final es precisamente sustituir lo que es por otra cosa, una imagen, un deseo, que, en realidad, no nos pertenece—. En vez de avergonzarnos por decepcionar, deberíamos, pues, sacar de ello cierta gloria (e incluso alegría). Porque cada vez que decepcionamos a alguien o a algo —empezando por nosotros mismos—, son los ideales los que se resquebrajan un poco y la realidad vuelve a aparecer. La decepción, desde este punto de vista, es siempre un éxito: es el éxito que marca lo que es frente a lo que debería ser. La realidad, digamos, frente a su ordenación policial dentro del tiempo de la esperanza. Por supuesto, no podemos ignorar que la esperanza es una de las tres virtudes teologales. Es precisamente una de las tesis defendidas en Decepcionar es un placer: la estructura política del tiempo en la que estamos atrapados, y que hay que decepcionar si no queremos someternos a ella, ha conocido, en efecto, en la teología católica su forma más radical y más consumada. Entonces, decepcionar es, ante todo, decepcionar a Dios.

Para Freud, la decepción es el afecto que inaugura la melancolía. Hoy gran parte de la ciudadanía dice estar decepcionada de sus políticos (incluso algunos están decepcionados de la democracia y están apoyando olas reaccionarias). ¿Es posible salir de la decepción y la melancolía políticas? ¿Cómo?

Tienes razón al destacar los vínculos que existen entre la melancolía y la esperanza. De hecho, Freud subrayó hasta qué punto la melancolía se caracteriza por la organización de la imposibilidad de actuar, amar o vivir en torno a una especie de decepción permanente. La personalidad melancólica es aquella que sabe hasta qué punto es un fracaso (y hasta qué punto todos sus esfuerzos por evitar ese destino de fracaso están condenados al fracaso). Sin embargo, Freud también demostró hasta qué punto ese mecanismo, ese encierro, era también una fuente de goce —perverso, por supuesto, como todos los goces—. Creo que es lo que podemos constatar hoy en día en la forma en que jugamos con la política y los políticos, sin darnos cuenta de que, detrás de los juegos electorales y los discursos de los gobernantes, se ocultan estructuras mucho más restrictivas. La estructura del tiempo de la que hablo forma parte de ello. Ese es precisamente el papel que desempeña nuestro goce: es lo que nos permite concentrarnos en la imposibilidad, en lugar de romper el círculo en el que se encuentra atrapada. No necesitamos decepción en materia de política, ya que vivimos en un mundo cuya política esencial es la organización sistemática de la decepción. En lugar de disfrutar de nuestra nulidad, ya es hora de que tomemos conciencia de que nuestra nulidad es precisamente nuestra mayor fuerza.

«Hay una dimensión esencial que se omite en esta confusión entre el ser y el deber ser: la dimensión del quizá»

Es interesante la distinción que existe en inglés entre disappointment y deception pues una cosa es la pérdida y otra el engaño. Partiendo de idiomas donde no existen ambos términos, ¿cree que siempre hay un poco de engaño en la decepción? Es decir, ¿cuando decepcionamos a alguien, lo habíamos engañado un poco antes?

Es una pregunta muy interesante. Sabes, cuando era adolescente me marcó mucho la lectura de todas estas teorías, en su mayoría francesas, que habían contribuido a situar el lenguaje en el centro de nuestros procesos de pensamiento. La llamada «revolución estructuralista» posterior a la Segunda Guerra Mundial (encarnada por figuras como Claude Lévi-Strauss, Roland Barthes, Jacques Lacan, e incluso Louis Althusser, Jacques Derrida, Pierre Bourdieu, etc.) había desarrollado, gracias a su comprensión del lenguaje, una nueva forma de entender las fuerzas impersonales que estructuran nuestras existencias. Las lenguas, en toda su diversidad, ilustran, en efecto, la manera en que las estructuras se expresan —es decir, las posibilidades o imposibilidades locales, propias de una cultura o un territorio dado, que estas mismas abren—. El hecho de que en inglés se distinga entre «decepción» y «engaño» dice mucho, no sobre el hecho de que en español o en francés una sea parte de la otra, sino, por el contrario, de que en el mundo anglosajón no puedan serlo. En psicoanálisis, a esto se le llama «forclusión»: la represión absoluta de lo que nos parece inadmisible. Porque, en realidad, el placer de la decepción no es otro que el placer del engaño. O más bien: el placer que hay en no dejarse llevar por la exigencia de la honestidad o la franqueza, por una forma de transparencia que no es, una vez más, más que una ficción de orden.

Usted escribe: «Deleuze promovía una clínica de la decepción, que devuelve al caos su dignidad productiva». ¿En qué consiste esa dignidad del caos?

Creo que el problema fundamental de las expectativas (y de su decepción) es que, en efecto, pretenden constituir un orden. En un orden, cada cosa se encuentra en su lugar, cada lugar recibe su cosa, y la confusión entre lo que es y lo que debería ser queda consumada. Pero, en realidad, hay una dimensión esencial que se omite en esta confusión entre el ser y el deber ser: la dimensión del quizá, la dimensión de la posibilidad que el orden no había previsto, esperado ni deseado. Esa posibilidad es la del desorden, de lo que se niega al orden —y que las mentes temerosas siguen llamando, con gran temblor en la voz, «caos»—. «¡Si aceptamos más inmigrantes, sería el caos!», «¡Si hubiera más de dos géneros oficiales, sería el caos!», «¡Si la gente pudiera vivir sin trabajar, sería el caos!». Qué placer, en realidad, desmentir el temor al caos, una vez que nos hemos dado cuenta, como he intentado decir en otro libro (no traducido al español, por desgracia, Hors-la-loi), de que el caos nunca ha sido otra cosa que una categoría de legitimación. El caos es el otro que permite justificar el orden. Sin embargo, cuando se mira con detenimiento, no es difícil ver que es la voluntad de orden la que provoca con mayor frecuencia ese «caos» que pretende prevenir. Fíjate en el «orden» que Israel pretende imponer en Gaza

Por otro lado, usted afirma que «el pensamiento tiene que ser decepcionante, los libros tienen que ser decepcionantes, las ideas tienen que ser decepcionantes, para que pueda suceder algo que luego sea transmitido». ¿Qué significa «inventar una nueva orientación»?

Pues bien, esta nueva orientación es precisamente la del caos, pero no el caos amenazador. El caos como espacio de posibilidades que nos exige que lo hagamos nuestro. Ya sabes que cuando hablamos de posibilidades, a menudo imaginamos un futuro prometedor, un aire que volvería a ser respirable, una belleza por fin accesible para todos. Pero el orden, la violencia, la brutalidad y el fascismo también son posibilidades. El caos, en otras palabras, se cultiva, y es esta cultura del caos la que acaba por darle su dignidad, para responder por fin a tu pregunta anterior. Debemos trabajar por otro caos, como los activistas altermundialistas que a finales del siglo XX coreaban que otro mundo es posible. Esto implica resistir de todas las formas posibles, sobre todo las más sutiles, las más difíciles de rastrear, las más insignificantes y también las más peculiares, a lo que pretende salvar nuestras vidas insertándolas en un orden que por fin sería seguro, sólido, legal o legítimo. Cada vez que una expectativa se materializa, hay que recordar lo que he dicho antes: que esa expectativa es, ante todo, la anulación de lo que es en lo que debería ser. Entonces, decepcionemos, pero en el sentido de la creación de posibilidades que nos apetece acompañar, trabajar, cultivar. Por lo demás, no tenemos realmente otra opción, si realmente deseamos encontrarnos con el mundo en el que vivimos.

«El mundo no es ‘óptimo’ y nunca lo será»

En una entrevista que le hice hace un tiempo, el filósofo español Javier Gomá me decía que «una de las tareas del ciudadano culto es reconciliarse con la imperfección del mundo». Desde su punto de vista, ¿cómo podemos reconciliarnos con esa imperfección?

Creo que podemos reconciliarnos con la imperfección del mundo empezando por aceptar que esa imperfección es, en realidad, una perfección. Se han ridiculizado mucho las ideas de Leibniz sobre la perfección del mundo, pero creo que era él quien tenía razón. El mundo es perfecto porque es imperfecto. Hace unos años, unos investigadores en biología evolutiva llegaron a la conclusión, tras estudiar la mecánica general de los seres vivos en nuestro planeta, de que la vida en la Tierra era «subóptima». Es decir, que la «naturaleza» (o cualquier otra palabra que te parezca adecuada) era en realidad algo precario, chapucero, mal hecho, que se basaba en un gasto absurdo de energía para un resultado ínfimo, etc. El mundo no es «óptimo» y nunca lo será. La optimización es una fantasía de manager, y una fantasía que, como todas las fantasías de orden, acaba causando más problemas de los que resuelve. En el pensamiento occidental, se trata, por supuesto, de un anatema, ya que toda la historia de la filosofía europea es la historia de la multiplicación de los intentos de poner orden, desde Platón hasta Kant, desde Cicerón hasta Habermas o desde Descartes hasta Byung-Chul Han. Sumergirse por un momento en los clásicos chinos, por ejemplo (pero esto también vale para el pensamiento indio, japonés, aborigen, etc.), es una buena manera de curarse de ello.

En la visión de Séneca, el hombre realizado debe rechazar las expectativas pues estas conducen a la infelicidad. ¿Cómo podría encajarse esto en la visión actual sobre el éxito y la autorrealización?

¿Ves? Séneca es el ejemplo perfecto de lo que acabo de decir. Todo en él gira en torno a la cuestión del «deber». Hay que hacer esto, no se puede hacer aquello. A Gilles Deleuze le gustaban los estoicos pues encontraba en ellos los primeros rasgos de un pensamiento del sinsentido. Yo no soy tan indulgente como él: el estoicismo es una tontería. No hay que rechazar nada. Basta con recordar que se puede rechazar. Y cuando lo recordamos, surge la siguiente pregunta: si puedo rechazarlo, ¿para qué? ¿Qué voy a poder construir con ese rechazo? ¿Cómo? Y sobre todo: ¿con quién? Porque, una vez más, el problema de las expectativas nunca es un simple problema personal. No es lo que te impide a ti ser feliz. Es más bien lo que impide que todo el mundo sea feliz. Seguir pensando en términos de categorías morales, de vida personal, de intimidad que habría que recuperar, es entregarse atado de pies y manos al orden que pretende salvarnos del caos, y sustituirlo por un deber que sería nuestro horizonte de perfección. No necesitamos consejos ni opiniones para llevar una vida mejor. Lo que necesitamos es una nueva organización, juntos, de las posibilidades de la vida —de todas las vidas, juntos, porque solo hay vida en compañía—. Una vida tambaleante, subóptima, imperfecta como el mundo. Y aun así, feliz.

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