ENTREVISTAS

Cristina Monge

«Hemos pasado de la indignación a la decepción»

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Dani Portes
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16
marzo
2026

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Dani Portes

Con el ensayo ‘Contra el descontento‘ (Premio Paidós 2026), la politóloga Cristina Monge (Zaragoza, 1975) analiza la situación de España abriendo el foco a la hechura internacional para entender cómo es posible que en un estado de bienestar como el español, pese a sus grietas, haya acampado una colosal decepción que está rentabilizando la ultraderecha. Sin caer en ingenuidades, la disección política y social que se despliega en el texto, junto con algunas propuestas de actuación, lo convierten en un territorio que no da nada por perdido.


El origen del descontento actual, ¿podríamos situarlo en la época de Thatcher o más bien en el cataclismo de 2008?

El descontento que vivimos ahora es la cristalización de muchas cosas previas; de hecho, respecto de la gestión de la crisis de 2008, en concreto en Europa, me parece que todavía no hemos hecho las cuentas de lo que nos costó esa crisis en términos económicos, de desigualdad, de pérdida de confianza en la democracia y en las instituciones y en términos de dejar vía libre a la ultraderecha. Pero sí, esto empieza antes. La crisis de 2008 lo dispara, pero el origen tiene que ver con Thatcher y Reagan, con el neoliberalismo, el individualismo exacerbado, la pérdida de la idea de sociedad y comunidad. Uno de los grandes regalos envenenados del neoliberalismo fue el «TINA».

There is not alternative (TINA)… No hay alternativa. Acaso lo creímos.

Si no hubiera alternativas no existiría la política; la política tiene que ver con la búsqueda de esas alternativas, con explorar y encontrar vías de salida diferentes a los problemas. Ese punto antipolítico viene de ahí, lo sitúa ahí. En el TINA. Después cristaliza, y origina una percepción de desconfianza en las instituciones y en los agentes de intermediación y, a día de hoy, somos conscientes (porque manejamos más información que nunca) de la magnitud de los desafíos de futuro, en un momento en el que hemos disuelto la línea de comunidad y sociedad, es decir, estamos solos, el individualismo ha arraigado, y ahí brota el descontento, el miedo, la inseguridad de que la antipolítica se proyecte en posicionamientos de ultraderecha.

Pienso en grandes momentos de esperanza: la Comuna de París, Mayo del 68, la primavera árabe, el 15-M… ¿Qué hacemos mal?

Nada, o muchas cosas, es muy difícil cambiar el mundo. Me parece que la primavera árabe estaría fuera de la relación de acontecimientos que propones, porque creo que responde a un ecosistema propio del mundo árabe que no aplica la misma lógica que sí tienen los otros tres momentos que nombras. Son momentos de grandes avances sociales, y a todos ellos les ha seguido un momento de retroceso; esto es una constante histórica, de ahí los «reaccionarios», la reacción. Pero cuando miras el global y haces balance, el resultado es positivo, no podemos perder esto de vista. En este país, desde aquel momento colectivo de indignación hasta ahora hemos avanzado mucho, la desigualdad no ha crecido (a pesar de la pandemia, de la guerra), la matriz energética está cambiando (colocándose en el centro las renovables), se han puesto en marchas experiencias de participación (algunas han salido bastante bien, otras regular), se ha cuestionado la forma de elección del líder en los partidos políticos, el feminismo tiene una buena salud…

«Ahora la rabia se articula cuestionando los valores democráticos y eso es peligro»

Pero las últimas encuestas apuntan a un creciente porcentaje, sobre todo entre los jóvenes, de quienes ven el feminismo como un invento ideológico.

Hay siempre un movimiento de reacción; el joven, por definición, tiene que oponerse a lo establecido, y el feminismo en este país es lo establecido. Suena raro, pero el sistema políticamente correcto es la democracia. Y la ecología, y el feminismo, y los derechos humanos. Hay una parte que tiene que ver con subvertir todo eso, y otra que tiene que ver con cuestionarlo. Subvertir lo que había en nuestro tiempo era pedir más; ahora es cuestionar lo que hay. Existe eso, un retroceso en general, también en los jóvenes, y un conflicto con el feminismo, que ha obligado a la recomposición de roles que ha descolocado a muchos, que ha originado inseguridad e incertidumbre, y ante eso se reacciona con miedo, por lo que es fácil agarrarse a discursos facilones que plantean volver atrás. Es más fácil acogerse a la familia tradicional donde todo está definido que repensar el rol de la mujer en tanto que hija, amiga, amante, madre… Aun con todo eso, el avance es mucho mayor que el retroceso.

Algo así sucede con la grieta que se da entre los datos macro, que dicen que España funciona bien desde el punto de vista económico, y lo que nos cuesta el día a día. Como si los datos fueran a su aire y la realidad fuese otra.

Esto es una cuestión importante. Una cosa es la realidad macro y otra la concreta, tienes razón, pero hay realidades muy diferentes que no explican el descontento en el que estamos. Hay zonas de clase alta o muy alta en la que se intensifica el voto a la ultraderecha en un momento en que la bolsa bate récords. A esa gente no le va mal y, sin embargo, están expresando descontento e ira con su voto. Al tiempo, en otros sectores de la sociedad hay más dificultades, sobre todo alrededor de un elemento central que es la vivienda, por su dificultad de acceder a ella por mucho que tengas empleo, y mejores salarios que hace años y lo completes con un ingreso mínimo vital. Hay sectores sociales en las que esas mejoras no se están reflejando, pero en otros sectores, con los datos en la mano, vemos claramente que han mejorado, pero tienen una percepción de descontento. Hay parte del malestar que tiene una base material (lo difícil de pagar el alquiler, pedir una cita médica y que tarden meses…) y parte de ese malestar que tiene una base más etérea y difusa. Ese descontento lo vemos entre lo que se están forrando porque la bolsa va como un tiro y los sectores que lo están pasando mal; también en clases medias que, con los datos en la mano, no están peor. Creo que la explicación hay que buscarla en la desconfianza ante la capacidad de gestionar los retos que tenemos por delante.

Una buena porción de descontento, de indignación, es necesaria para no perder el pulso de querer mejorar, digamos, los fallos del sistema. ¿Cuánndo ese descontento —bujía primera para el cambio— se convierte en apatía, que neutraliza la acción?

Con la decepción. Hemos pasado de la indignación a la decepción. El 15-M surgió de un momento de crisis económica, de desigualdad, de paro enorme entre los jóvenes (en aquel momento, del 50%, que se nos ha olvidado). Existía una sensación de indignación apoyada por el 80% de la población, es decir, por derechas e izquierdas. Se sale a la calle a pedir que las cosas se hagan de otra manera. Defiendo que esa indignación la recoge por la izquierda Podemos, y el Ciudadanos de Albert Rivera por el centro-derecha. Ambos partidos querían mejorar la democracia, llegaron al poder en algunas instituciones, gestionaron y se encontraron con problemas propios del sistema. Esos partidos se quemaron rapidísimo, y se genera una decepción. Pero el sistema mantiene su resistencia. Si haces un listado de los motivos de indignación, salvo los temas económicos y del empleo, son los mismos. La vivienda (Ada Colau venía de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca), la desconfianza institucional (el famoso «no nos representan»), etc. Todo eso genera gran decepción, y esa rabia y decepción la está recogiendo la ultraderecha. En el 15- M, por la izquierda o por la derecha se pedía mejorar la democracia y ahora la rabia se articula cuestionando los valores democráticos. Y eso es peligroso. Hemos salido del campo de juego de la democracia y buscamos soluciones fuera de ella.

«Es cierto que al Estado del bienestar se le están viendo las costuras, pero aun así nos procura sanidad, educación, subsidios, pensiones»

Pareciera que el Estado del bienestar, surgido tras la Segunda Guerra Mundial, y estrechamente vinculado a las democracias, requiere una profunda revisión. ¿Por dónde habría, a su juicio, que empezar?

¿Cuántos años venimos escuchando que no vamos a cobrar las pensiones? Hay una visión apocalíptica, para mí interesada. Es cierto que al Estado del bienestar se le están viendo las costuras, pero aun así nos procura la sanidad, la educación, los subsidios, las pensiones… No olvidemos que, en plena pandemia, se implanta el ingreso mínimo vital y Europa sigue hablando de la renta básica. Este Estado del bienestar está dando más respuestas de las que pensamos. Hay un problema gordo de atención a la diversidad, porque este Estado está pensado para las clases medias occidentales, urbanas, con un nivel educativo medio, sin discapacidad y católicas. Las sociedades son más plurales, ahí hay un problema, pero sigue dando mejor respuesta de lo que se percibe. Es el Teorema de Thomas, que dice que, si los individuos perciben como real algo que no lo es, las consecuencias son las mismas que si lo fuera.

Cuando una democracia, la estadounidense, se escora hacia el autoritarismo deponiendo a jefes de Estado y amenazando al resto de países con invasiones y aranceles, ¿qué respuesta debiera recibir por parte de una potencia como Europa? ¿Está siendo contundente?

Europa está inmersa en una crisis de autoestima tremenda. La guerra de Ucrania nos ha hecho ver la dependencia energética que tenemos con Rusia, y salimos corriendo a buscar gas en países que no son mucho más amigables. La pandemia ya había evidenciado que la autonomía estratégica que buscamos no existía. Fueron dos bombazos en la línea de flotación de Europa. Ya ni siquiera nos sentamos con Trump a negociar. Si leyéramos la Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense, sabríamos que Europa es un mercado con buen poder adquisitivo y un espacio de innovación del que no pueden prescindir. Europa es consciente de sus debilidades, a las que no terminamos de enfrentarnos, pero no es consciente de sus fortalezas. Eso nos impide jugar el papel que nos toca, la promesa europea: derechos humanos y democracia.

«Europa es consciente de sus debilidades, pero no es consciente de sus fortalezas»

¿Se equivocó Europa, tras la Segunda Guerra Mundial, al quedar del lado de Estados Unidos en vez del lado de la Unión Soviética, que fue quien se la jugó por nosotros plantando cara a los nazis? Al fin y al cabo, nuestras raíces geográficas y culturales tienen mucho más que ver con Rusia que con Estados Unidos…

Ahora creo que ya no. No sé si nos equivocamos, el sistema de la Unión Soviética tampoco es mucho mejor que el estadounidense. Nos equivocamos asumiendo que Estados Unidos iba a ser un socio fiel, para toda la eternidad, asumiendo que iba a estar siempre en el lado de las democracias, de los derechos humanos y del desembarco en Normandía. Hoy no habría desembarco en Normandía; hoy Estados Unidos apoyaría a los nazis. Europa está haciendo dejación de responsabilidades al no asumir los debates incómodos en la cultura del bienestar. Europa es incapaz de asumir debates de defensa, de seguridad, y tiene que hacerlo. Hacemos flaco negocio si dejamos de depender del gas ruso para depender del petróleo del Golfo Pérsico o del estadounidense. Eso sin olvidar que seguimos comprando gas a Rusia. El eje energético ha de pasar por las renovables. Andamos en posiciones timoratas, por ejemplo, con el Pacto Verde, apostamos por él, pero de pronto lo ralentizamos. China nos está comiendo el campo del automóvil porque vieron por dónde va el futuro. Europa recula cuando ve que le comen la movilidad. Eso no da seguridad a los inversores. Son errores de bulto que denotan falta de estrategia, que tiene que ver con falta de autoestima.

¿Por qué democracia y libertad, que han sido en el siglo XX un matrimonio bien avenido, aun con sus tensiones, se nos presentan ahora como un binomio imposible?

Porque la libertad ha pasado a ser bandera de la derecha y la ultraderecha. Las posiciones conservadoras, las instituciones, la socialdemocracia y la izquierda abandonaron esa bandera. No sé cuál es el concepto de libertad que defiende la socialdemocracia, o Feijóo o la izquierda. Sé qué es la libertad para Ayuso: tomar más cañas. No solo se ha abandonado el concepto de la libertad, también el de la seguridad, que es más peligroso, porque mueve los instintos primarios, todos queremos sentirnos seguros. La izquierda no tiene un concepto propio de seguridad, como se vio cuando Emilio Delgado habló de que hay barrios en los que los chavales sienten miedo. Se le criticó, pero es que habrá que hablar de las cosas que se pueden mejorar, no ignorarlas porque pueden estallarnos.

«Hoy no habría desembarco en Normandía; hoy Estados Unidos apoyaría a los nazis»

¿Tiene fe en la coalición de la izquierda que se está forjando?

Más que fe, soy pragmática. Están pasando cosas interesantes, la urgencia democrática que se está viviendo, la disposición a pensar las cosas de otro modo. No hay que olvidar que el de la izquierda tiende a ser un espacio cainita, y que hay diferencias políticas de concepción, más allá de personalismo, entre Rufián y Díaz, o entre Enrique Santiago y Naco Álvarez. Pero vamos a ver si son capaces de levantar un momento de esperanza que trascienda, como hizo en su momento Unidas Podemos, veremos si son capaces de generar un espacio nuevo de ilusión y propuestas.

Me pregunto si este descontento, esta búsqueda de un nosotros que se ha ido deshilachando, tiene que ver con la pérdida de lo sagrado y con la pérdida del humor…

Uf, puede ser, no lo había pensado… Pero en la pérdida del nosotros hay algo más pedestre. Una sociedad es un espacio de comunicación. Formas parte de una sociedad porque formas parte de una conversación. Una de las cosas negativas de las redes sociales, de la digitalización, es que ese espacio ha saltado por los aires, formando miles de burbujas autorreferenciales sin conexión, con lo cual no existe un espacio de comunicación sino miles de espacios de comunicación entre los que cada vez es más difícil establecer nexos. La pérdida de un nosotros tiene que ver con esto. Por otro lado, hace poco, en una cena de amigos, surgió la cuestión de la película Sirat, que parece que ha dividido a España, al igual que Los domingos. En el fondo, estas dos películas coinciden en dos respuestas muy distintas a la crisis de sentido que estamos atravesando, esta crisis de desconfianza y miedo al futuro: la respuesta nihilista de Sirat y la de la nueva espiritualidad de Los domingos. Por último, el humor para mí es básico, perderlo es una muestra más del descontento, de la pérdida del futuro. Cuando se pierde el humor, ves la vida de un modo más sombrío. Cuando se utiliza bien, como el famoso «Perro Sánchez», supone un ejercicio de llave de yudo a un insulto, le das la vuelta y lo conviertes en ícono. Perder el humor es perder parte de nuestra inteligencia. Te ayuda a vivir más libre.

La polarización tampoco ayuda…

No creo en la polarización. Creo que estamos crispados, que es distinto. En una polarización, lo político se mueve en dos extremos, y en España, PP y PSOE siguen siendo mayoría y los extremos, minoría. El país menos polarizado del mundo es China, junto con Corea del Norte. Lo que está polarizado son las élites políticas, las eélites económicas, que acaban permeando a la sociedad. Pero solo se avanza discrepando.

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