La IA y la paradoja de la eficiencia
La inteligencia artificial prometía ahorrar tiempo y aliviar tareas repetitivas. Sin embargo, nuevas investigaciones apuntan a una serie de consecuencias menos previsibles: jornadas más intensas, hiperconexión y una sensación creciente de agotamiento.
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La promesa lleva años instalada en el discurso tecnológico. La inteligencia artificial permitiría automatizar tareas rutinarias y devolver tiempo a las personas para centrarse en el trabajo creativo, estratégico o simplemente humano. Es decir, más productividad con menos desgaste. Sin embargo, en muchas empresas empieza a dibujarse una realidad bastante distinta, y es que el trabajo no solo no desaparece, sino que cambia de forma, acelera el ritmo y ocupa cada vez más espacio en nuestro día.
Eso es lo que plantea un estudio en curso de las investigadoras Aruna Ranganathan y Xingqi Maggie Ye, de la Universidad de California en Berkeley, publicado en Harvard Business Review. Tras ocho meses observando el funcionamiento interno de una empresa tecnológica en Estados Unidos con unos 200 empleados, las autoras llegaron a una conclusión incómoda: la IA estaba aumentando la intensidad del trabajo cotidiano en lugar de aliviarla.
La investigación se apoyó en más de 40 entrevistas y en la observación directa de reuniones, dinámicas internas y procesos laborales. Las herramientas de IA generativa permitían terminar tareas en menos tiempo, pero ese margen rara vez se convertía en descanso. Lo habitual era que se llenara rápidamente con nuevas tareas, más proyectos simultáneos o expectativas más altas sobre lo que cada empleado podía asumir.
«Los empleados trabajaban a un ritmo más rápido, asumían un espectro más amplio de tareas y extendían el trabajo a más horas del día», explican Raganathan y Ye en Harvard Business Review.
La IA está aumentando la intensidad del trabajo cotidiano en lugar de aliviarla
Esta lógica la podemos reconocer en cualquier oficina: un informe se resume en minutos, un borrador aparece casi instantáneamente y una reunión puede transcribirse de forma automática. El problema es que esa velocidad termina modificando la percepción de cuánto trabajo cabe dentro de una jornada laboral, y lo que antes parecía suficiente deja de serlo.
Uno de los hallazgos más interesantes del estudio es que la presión no llega siempre desde la dirección de la empresa, sino que muchas veces son los propios trabajadores quienes amplían voluntariamente sus tareas porque sienten que ahora pueden abarcar más funciones. Lo vemos en diseñadores que empiezan a programar, gestores que elaboran análisis técnicos o empleados que lanzan varias consultas automatizadas mientras responden mensajes y asisten a reuniones.
Las fronteras entre tareas empiezan a difuminarse y también desaparecen algunos tiempos muertos que antes funcionaban como pequeñas pausas naturales dentro del trabajo. Antes, esperar una respuesta, revisar documentación o preparar un borrador requería un cierto margen temporal; ahora, basta con abrir una ventana de chat y escribir una instrucción.
Xingqi Maggie Ya, en una entrevista publicada por la Universidad de Berkeley, describía esa dinámica con una frase muy ilustrativa: «Esto creó un ritmo en el que tanto el humano como la máquina estaban constantemente en movimiento».
Ese movimiento continuo termina alterando la relación con el tiempo y con el descanso. Muchos empleados observados en el estudio utilizaban herramientas de IA durante la comida, antes de dormir o mientras realizaban otras tareas. Algunos trabajaban incluso con varios agentes de inteligencia artificial funcionando al mismo tiempo, con lo que la automatización añadía velocidad, pero también nuevas capas de supervisión y coordinación.
La situación nos recuerda lo ocurrido con la irrupción del correo electrónico hace dos décadas, cuando también se prometió una simplificación radical del trabajo y una comunicación más eficiente. Sin embargo, y aun con sus beneficios, lo que terminó apareciendo fue una cultura de disponibilidad permanente en la que responder rápido pasó a convertirse en parte de la rutina laboral.
¿A más IA, menos tiempo?
Otros estudios recientes muestran un panorama más complejo de lo que suele reflejar el entusiasmo corporativo alrededor de la IA. Una investigación de Microsoft y LinkedIn, basada en encuestas a 31.000 trabajadores de 31 países y publicada en el informe 2024 Work Trend Index, señalaba que el 68% de los empleados afirma no disponer de suficiente tiempo ni energía para hacer su trabajo. Al mismo tiempo, el 75% ya utiliza herramientas de inteligencia artificial en su día a día.
Otro estudio elaborado por investigadores de la Universidad de Stanford y el MIT sobre asistentes conversacionales en centros de atención al cliente sí encontró mejoras importantes de productividad gracias a la IA, especialmente entre empleados menos experimentados. Sin embargo, el estudio también advertía sobre el riesgo de la estandarización creciente de las tareas y una dependencia cada vez mayor de los sistemas automatizados para tomar decisiones.
En paralelo, un informe de la Organización Internacional del Trabajo concluía que el mayor impacto inmediato de la IA probablemente no será la sustitución masiva de empleos, sino la transformación de las condiciones laborales y de la intensidad del trabajo, especialmente en ocupaciones administrativas y de oficina.
Las propias autoras del estudio de Berkeley reconocen que la IA aporta ventajas reales y que muchos trabajadores valoran positivamente estas herramientas. Automatizar tareas repetitivas o acelerar búsquedas de información puede aliviar parte del trabajo más mecánico, pero el problema aparece cuando cada mejora termina elevando también las expectativas sobre el rendimiento humano.
Este contraste empieza a repetirse en distintos sectores. La IA puede ahorrar tiempo en tareas concretas y hacer más sencillo parte del trabajo diario, pero muchas empresas todavía no han encontrado la forma de traducir esa eficiencia en una reducción real de la presión laboral. En la práctica, la sensación que emerge en muchos trabajadores es la de que el tiempo que la tecnología libera suele volver rápidamente ocupado por nuevas tareas, más objetivos y una expectativa constante de disponibilidad.
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