Y León XIV denuncia la herejía de nuestro Parlamento
El clamor con que las señorías despidieron al Papa demuestra que no lo escucharon, que no lo entendieron, que trocearon el discurso como les convino.
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De pie y durante varios minutos. La ovación general, clamorosa, que recibió León XIV en las Cortes Generales tuvo una belleza equívoca, casi embarazosa, porque no correspondía a un discurso complaciente ni a una intervención ornamental, sino a una impugnación serena y perfectamente consciente de muchas de las convicciones que organizan la vida política española.
El Papa no acudió al Parlamento para envolver en incienso el consenso democrático ni para ofrecer una bendición civil al Estado. Compareció con una cortesía exquisita y una claridad doctrinal que no dejaba demasiados refugios a quienes le escuchaban. Y esa fue la paradoja más reveladora de la jornada, toda vez que el hemiciclo aplaudía a un Pontífice que acababa de interpelarlo en sus consensos más íntimos, en sus leyes más celebradas.
León XIV no fingió un discurso diplomático. Ni necesitó convertir la tribuna del Congreso en un púlpito inflamado. La eficacia de su intervención procedía precisamente de la ausencia de énfasis. Habló con la gravedad de quien sabe que la doctrina de la Iglesia no puede acomodarse a las preferencias sentimentales de cada época, aunque deba expresarse con el lenguaje de la razón pública y del respeto institucional.
La vida humana, la libertad religiosa, la educación de los hijos y la dignidad del inmigrante aparecieron en su discurso como piezas de una misma arquitectura moral. No eran capítulos sueltos ni concesiones estratégicas a públicos distintos. Formaban parte de una concepción del hombre que incomoda a la izquierda cuando defiende al concebido y al moribundo, e incomoda a la derecha cuando recuerda que el extranjero conserva intacta su dignidad aunque cruce una frontera sin aplausos.
La vida humana, la libertad religiosa, la educación de los hijos y la dignidad del inmigrante aparecieron en su discurso como piezas de una misma arquitectura moral
La cuestión del aborto y de la eutanasia quedó formulada con una sobriedad que no atenuaba su alcance. León XIV recordó, en sustancia, que la vida no se convierte en disponible porque la ley encuentre palabras menos ásperas para administrarla. La cultura política española ha aprendido a pronunciar estos asuntos con una pulcritud terminológica que a menudo oculta la intemperie moral del problema. Se habla de derechos, de autonomía, de prestación, de acompañamiento, de salud reproductiva, de muerte digna.
El Papa introdujo una objeción anterior a todo ese vocabulario, remarcando que la dignidad de la persona no empieza cuando el Estado la reconoce ni termina cuando el sufrimiento la vuelve incómoda, costosa o dependiente. La afirmación no era un guiño conservador. Era doctrina católica. Y por eso mismo resultaba tan difícil de metabolizar en una Cámara que ha convertido determinadas leyes en emblemas de progreso.
El interés de la intervención reside en que León XIV no quiso edulcorar el conflicto. Lo civilizó citando a Francisco. Hay una diferencia importante. Edulcorar habría consistido en hablar de la vida en abstracto, sin rozar las implicaciones del aborto o de la eutanasia. Civilizar consistió en plantear la discrepancia desde la altura intelectual, sin renunciar al núcleo de la discrepancia.
El Papa no despreció al Parlamento. Lo tomó en serio. Precisamente por eso le recordó que la democracia no queda dispensada de examinar la justicia de sus propias decisiones. Una mayoría puede aprobar una ley, puede dotarla de procedimiento, puede incorporarla al paisaje moral de una generación, pero no puede obligar a la conciencia a confundir legalidad con verdad.
En un país devorado por la polarización, la intervención de León XIV tuvo la virtud de no quedar atrapada en el reparto habitual de trincheras. La política española vive pendiente de clasificar cada frase antes de entenderla, como si todo enunciado necesitara un uniforme y una consigna. El Papa desobedeció ese reflejo. Su discurso atravesó las alambradas ideológicas con una coherencia incómoda. La defensa del concebido y del enfermo no comparecía como munición de la derecha, ni la acogida del inmigrante como contraseña de la izquierda. Todo pertenecía a una misma visión de la persona. Precisamente por eso resultó tan difícil reducirlo a propaganda.
En un país devorado por la polarización, la intervención de León XIV tuvo la virtud de no quedar atrapada en el reparto habitual de trincheras
Algo semejante ocurrió con la educación religiosa. León XIV defendió el derecho de las familias a transmitir una tradición espiritual sin aceptar que el Estado se erija en propietario moral de los hijos. La escuela no es una fábrica de neutralidad, entre otras cosas porque ninguna neutralidad existe cuando se decide qué visión del mundo merece presencia pública y cuál debe replegarse a la intimidad. La libertad religiosa no consiste únicamente en permitir que los creyentes recen sin molestia. Implica reconocer que la fe contiene una cultura, una memoria, una antropología, una forma de entender la responsabilidad, el sufrimiento, la esperanza y la comunidad. Convertirla en una rareza tolerada equivale a vaciar de contenido uno de los derechos que la democracia presume de proteger.
El discurso no podía quedar secuestrado por la derecha. León XIV defendió la acogida del inmigrante con la misma coherencia con que defendió la vida naciente o la vida vulnerable. Ahí se produjo la segunda incomodidad de la jornada, quizá más hiriente para quienes han querido convertir el cristianismo en una decoración identitaria de Occidente. La doctrina social de la Iglesia no admite la reducción del extranjero a amenaza, invasión o estadística. Puede discutirse la política migratoria, la capacidad de integración, el orden jurídico y la responsabilidad de los Estados. Lo que no puede hacerse desde una conciencia cristiana es despojar al inmigrante de su condición de prójimo. La frontera organiza competencias administrativas; no distribuye humanidad.
Vox quedó situado ante una contradicción especialmente severa. Su prioridad nacional puede resultar electoralmente eficaz, pero choca con la universalidad católica cuando se transforma en sospecha sistemática hacia quien llega de fuera. El Papa no habló como activista de una ONG ni como portavoz de una sensibilidad progresista. Habló desde una tradición que reconoce en el necesitado una exigencia moral, no un expediente incómodo. Conviene subrayarlo porque ahí se desmonta una caricatura muy cómoda. La Iglesia no se vuelve progresista cuando defiende al migrante, del mismo modo que no se vuelve reaccionaria cuando condena el aborto. Permanece fiel a una idea de la dignidad humana que precede a los partidos y los descoloca.
Las señorías del Partido Popular tampoco podía escuchar el discurso sin cierta incomodidad. La derecha moderada suele manejar con soltura la invocación a las raíces cristianas, sobre todo cuando sirven para embellecer discursos sobre Europa, tradición o continuidad histórica. León XIV recordó que esas raíces no funcionan como un tapiz de fondo ni como un patrimonio sentimental disponible en campaña. Exigen consecuencias. Defender la vida, proteger la libertad educativa y reconocer la dignidad del inmigrante pertenecen al mismo tronco moral. Separar esas exigencias por conveniencia electoral equivale a convertir el cristianismo en folklore institucional.
El Parlamento escuchaba a un hombre que no necesitaba agredirlo para dejarlo en evidencia: bastaba con recordar los principios
La izquierda podía sentirse confirmada por la apelación migratoria y profundamente cuestionada por la defensa de la vida y de la educación religiosa. Esa incomodidad cruzada constituye la grandeza del discurso. León XIV no fue al Congreso a repartir consuelos ideológicos. Su intervención produjo una especie de juicio moral sobre todos los presentes, aunque envuelto en la exquisitez de las formas. El Parlamento escuchaba a un hombre que no necesitaba agredirlo para dejarlo en evidencia. Bastaba con recordar los principios. Bastaba con pronunciarlos ante quienes han legislado en dirección contraria o los han administrado según la conveniencia de cada bloque.
La extrañeza del aplauso procedía de esa distancia entre la ovación y el contenido. No porque el Parlamento debiera abuchear al Papa, sino porque la cortesía parecía ignorar la dimensión incómoda de lo escuchado. Tal vez las instituciones aplauden para no responder. Tal vez el protocolo ofrece una coartada magnífica contra el examen de conciencia. Se honra al invitado, se celebra la visita, se preserva la imagen de concordia, y después cada cual regresa a sus trincheras como si nada hubiera ocurrido. Pero sí ocurrió. León XIV dejó formulada una pregunta incómoda en el centro de la política española: qué queda de la dignidad humana cuando se la fragmenta según las preferencias de cada ideología.
León XIV salió del Congreso entre clamores. La imagen parecía solemne, pero contenía una ironía poderosa. España había recibido al Papa con honores de Estado y el Papa había respondido recordando que el Estado no agota la verdad del hombre. El Parlamento celebró una intervención que lo desafiaba con más profundidad de la que quizá quiso admitir. Y en esa distancia entre el aplauso y el contenido quedó retratada la política española, capaz de honrar la autoridad moral cuando visita sus salones, mucho menos dispuesta a dejarse transformar por aquello que esa autoridad moral proclama. De hecho, el oportunismo de nuestra clase política ha convertido el discurso de Prevost en un fabuloso ejercicio de capacidad adaptativa. Lejos de refutar el conjunto, cada partido y cada líder se ha detenido en el pasaje que más le convenía, como si pudiera trocearse una estatua colosal y como si pudiera sorberse y soplar al mismo tiempo.
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