No dejes la alegría para mañana
Aplazar lo que nos alegra termina por desgastarnos. ¿Cómo defender la alegría en un mundo que siempre exige más para después?
Artículo
Si quieres apoyar el periodismo de calidad y comprometido puedes hacerte socio de Ethic y recibir en tu casa los 4 números en papel que editamos al año a partir de una cuota mínima de 30 euros, (IVA y gastos de envío a ESPAÑA incluidos).
COLABORA2025

Artículo
Algunas emociones han sido analizadas y conceptualizadas desde la primera filosofía clásica: el miedo a la muerte, el amor, el odio… Pero la alegría parece quedar en segundo plano, como si fuera una emoción demasiado ligera para ocupar un lugar entre las grandes emociones humanas. Sin embargo, también había quien advertía de su importancia. La filósofa y psicoterapeuta francesa Anne Dufourmantelle recogió en su libro En caso de amor una frase que –según cuenta– puede leerse en uno de los grabados en relieve de Herculano: «Jamás hay que posponer ninguna alegría».
Herculano es una ciudad que, como Pompeya, quedó enterrada entre lava y cenizas tras la erupción del Vesubio en el año 79. Las excavaciones que se hicieron a partir de 1750 permitieron descubrir una mansión lujosa con la única biblioteca que se conserva desde la Antigüedad: la Villa de los Papiros. De allí, salieron casi dos mil rollos de papiro escritos en griego que se atribuyen a Filodemo de Gádara, seguidor de Epicuro.
En esta villa, Filodemo de Gádara «congregó a los simpatizantes de una escuela cuyo objetivo fundamental era la búsqueda de la felicidad. Estamos convencidos de que el mensaje de alegría de vivir, serenidad y tolerancia de Epicuro está más vivo que nunca», explican María Paz López Martínez y Andrés Martín Sabater Beltrán.
En las Sentencias vaticanas, Epicuro afirmaba: «Tú, que no eres dueño del día de mañana, retrasas tu felicidad y, mientras tanto, la vida se va perdiendo lentamente por ese retraso, y todos y cada uno de nosotros, aunque por nuestras ocupaciones no tengamos tiempo para ello, morimos».
Anne Dufourmantelle: «Experimentar la alegría es estar en un puro presente»
«Posponer, nuestra neurosis esencial», sentencia Dufourmantelle. Creemos que la vida, lo bueno, llegará en algún momento y, mientras tanto, soportamos la tristeza, evitamos pensar, ignoramos el presente. Pero ¿qué es la alegría? ¿Qué significa en nuestras vidas? Para Dufourmantelle, este sentimiento no se limita a los placeres físicos, sino que «se encuentra al mismo nivel que el miedo a la muerte, bastante más que una emoción: una experiencia existencial. Sin duda, porque sentirse vivo, eternamente vivo, es extraño. La alegría es la única sensación humana que nos totaliza».
La alegría parece frágil: cuesta imaginar que pueda ayudarnos a comprender nuestra propia condición humana. Sin embargo, la filósofa francesa la concibe como una apertura hacia algo más grande que nuestra individualidad y hacia el presente. «La capacidad de trascendencia de la alegría sería este punto de encuentro vertiginoso en nosotros mismos con el otro. Y en la aquiescencia, una disposición al pensamiento y al compartir, a la inversa del odio que polariza al otro como enemigo exterior». Por eso, esta pensadora –quien perdió la vida por intentar salvar a dos niños– afirma que «experimentar la alegría es estar en un puro presente. Aceptar ser transportado hasta perderse, pero sin violencia».
Defender el tiempo para la alegría
Benedetti invitaba a defender la alegría como trinchera, como un derecho, defenderla de la rutina y de las miserias. Pero ¿cómo defenderla cuando no tenemos tiempo? ¿Cómo la defendemos entre la precariedad y las obligaciones del día a día?
La felicidad que defendía Epicuro está muy alejada de la superficialidad y del consumo. Es, más bien, una disposición del ánimo a disfrutar de lo sencillo: de una conversación, de una comida entre amigas, del silencio, de un paseo, de un encuentro. Sin embargo, no siempre tenemos tiempo para lo que nos hace felices y acabamos por sacrificar el presente esperando algo que parece no llegar. Dejamos lo que nos importa para después de la carrera, después de un contrato, después de una oposición, después de un ascenso –si hay suerte–.
Creer en un futuro mejor mantiene vivas nuestras ilusiones y nos mantiene en acción. La cuestión está en cómo y dónde invertir nuestros esfuerzos para alcanzar la alegría soñada. En su libro El entusiasmo, Remedios Zafra explica muy bien cómo el sistema obliga a aplazar, incluso, la vocación creativa y dejar de lado aquello que nos hace felices para dedicarnos a otras cosas que nos den estabilidad económica. «Se sucumbe a “lo que salga”, aplazando la vida y esa pasión (que identificamos como lo que nos mueve de la vida) a un futuro donde las condiciones sean mejores», afirma.
Posponer aquello que nos mueve nos llena de frustración, cansancio, desesperanza. En palabras de Zafra, «comienza así una vida permanentemente pospuesta, una cesión del tiempo de creación al futuro, una encadenada y constante inversión para lograr recursos mínimos suficientes, proporcionando algo de dinero y restando a esa pulsión sentida gran parte del tiempo, cedido ahora al sustento y a la apariencia».
El espacio para el goce, el descanso o la creación no debería limitarse a las vacaciones o los fines de semana. Limitar la alegría al tiempo en el que no tenemos obligaciones nos somete a la espera. La alegría no debería significar –o no solo– evadirse del mundo porque reivindicarla implica, precisamente, transformarlo. Defender la alegría es defender el buen vivir y todas las estructuras que sostienen la vida: los cuidados, el tiempo para las relaciones humanas, la cultura, la creatividad, la educación. Frente al consumismo que promete alegrías individuales, inmediatas y pasajeras, defender la alegría como anclaje a la vida y al presente implica trabajar desde lo colectivo.
COMENTARIOS