Opcionalidad
Conceptos para soportar el fin de una Era
Seguramente nunca habíamos tenido tantas capacidades tecnológicas y, al mismo tiempo, nunca habíamos sido tan conscientes de nuestros límites. ¿Y si el progreso no consistiera en predecir el futuro sino en mantener abiertos el mayor número de futuros posibles?
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La salida a bolsa de SpaceX ha vuelto a poner sobre la mesa una de las ideas más ambiciosas de nuestro tiempo. Más allá de los cohetes reutilizables, las constelaciones de satélites o las futuras misiones a Marte, la propuesta de SpaceX rompe uno de los límites más fundamentales de la historia humana: nuestra dependencia de un único planeta.
La historia del progreso humano puede interpretarse como una sucesión de rupturas de fronteras que han ido ampliando ese espacio de posibilidades. El dominio del fuego expandió los territorios habitables. La agricultura permitió el nacimiento de las ciudades y las primeras civilizaciones complejas. La navegación oceánica conectó continentes antes aislados. La electricidad multiplicó la capacidad productiva. Internet expandió las fronteras de la información y la coordinación humana a escala planetaria.
Un cambio de era ocurre cuando aparecen capacidades completamente nuevas. Las viejas no se agotan. No se trata simplemente de mejoras incrementales sobre lo existente, sino de transformaciones que modifican el tamaño del tablero sobre el que opera una sociedad. Algunas innovaciones mejoran el juego. Otras cambian las reglas. Y unas pocas alteran lo que se creían sus límites.
Pero los cambios de era no siempre conllevan dinámicas positivas. La historia muestra que el espacio de posibilidades disponible para una civilización puede expandirse, pero también contraerse. Eric Cline describe en su libro 1177 a.C. El año en que la civilización se derrumbó (Editorial Crítica, 2015) cómo el final de la Edad del Bronce supuso la desintegración de una red comercial sorprendentemente global para su tiempo, provocando una pérdida de complejidad económica, tecnológica e institucional que afectó a amplias regiones durante generaciones. La caída del Imperio Romano de Occidente produjo una dinámica similar, erosionando capacidades comerciales, infraestructurales y administrativas acumuladas durante siglos. Los cambios de era no son necesariamente sinónimo de progreso; son momentos en los que el tablero cambia de tamaño, para bien o para mal.
La opcionalidad describe cómo la capacidad de mantener abiertas las opciones es la más valiosa en un entorno incierto
La inteligencia artificial o la potencial oportunidad de colonizar otros planetas–por cierto, protagonizada por los mismos pioneros– nos sitúa seguramente ante uno de esos momentos históricos en los que el tablero cambia de tamaño. Sin embargo, la incertidumbre no es nueva. Siempre ha formado parte de la experiencia humana. Lo que parece estar cambiando es la estabilidad del propio terreno sobre el que tomamos decisiones.
Durante décadas operamos bajo la premisa de que, como señaló Mark Carney en Davos, la ficción de unas instituciones globales capaces de coordinar el sistema internacional seguiría funcionando; de que las cadenas globales de suministro continuarían conectando el mundo; de que alcanzaríamos acuerdos de última hora para mantener los sistemas ecológicos dentro de límites conocidos; y de que, gracias a todo ello, el espacio de posibilidades seguiría expandiéndose. Hoy, esa premisa resulta mucho menos evidente.
La cuestión ya no es únicamente qué futuro llegará, sino cuántos futuros seguirán siendo posibles. O, utilizando la metáfora del tablero, si todavía dispondremos de casillas desde las que seguir jugando.
El concepto de la opcionalidad (optionality) fue inicialmente desarrollado por N.N. Taleb en Antifragile (Random House, 2012), y describía como en un entorno donde resulta cada vez más difícil anticipar el futuro, el activo más valioso deja de ser la capacidad de predicción y pasa a ser la capacidad de mantener abiertas las opciones.
Dark Matter Labs, en uno de sus últimos trabajos, lleva esta idea un paso más allá y la traslada a la escala de las civilizaciones. Su pregunta no es cómo optimizar un sistema estable, sino cómo conservar la capacidad colectiva de actuar cuando el propio sistema está sometido a una presión creciente. Según este curioso Think Tank, cuando las sociedades perciben que el terreno de juego empieza a encogerse, tienden a responder de tres formas distintas.
Buscando nuevas fronteras
La primera respuesta es probablemente la más antigua de la historia humana. Cuando un territorio se agota, cuando una frontera se cierra o cuando un sistema deja de ofrecer oportunidades, la solución consiste en construir uno nuevo. No intenta resolver las restricciones existentes; intenta superarlas. No busca adaptarse a los límites actuales, sino trascenderlos.
La exploración espacial impulsada por SpaceX representa probablemente la expresión más visible de esta visión. La idea de una civilización multiplanetaria parte de una intuición poderosa: una humanidad distribuida en varios planetas dispone de más opciones que una humanidad confinada a uno solo. El sosiego se consigue expandiendo el dominio físico de la civilización.
Vista desde esta perspectiva, la Luna o Marte no es realmente el objetivo. Es un símbolo. Representa la convicción de que, cuando los límites aparecen, la respuesta consiste en abrir nuevas fronteras. La historia humana ofrece numerosos precedentes de esta lógica. Nuevos territorios, nuevas fuentes de energía, nuevas tecnologías o nuevos espacios económicos han permitido repetidamente escapar de restricciones que parecían insuperables.
Sin embargo, esta estrategia también plantea una cuestión incómoda. Expandir el espacio de posibilidades para la civilización no implica necesariamente que sea mejor y que sea posible expandirlo para todos sus miembros. Las nuevas fronteras suelen ser accesibles primero para quienes disponen del capital, la tecnología y las capacidades necesarias para alcanzarlas. Una opción que amplía el horizonte humano, pero lo hace de forma inevitablemente desigual.
Levantando el muro
La segunda respuesta surge de una intuición completamente distinta. Si no es posible escapar del sistema, la prioridad pasa a ser protegerse dentro de él.
Aquí la premisa fundamental es que la inestabilidad ya no es una anomalía temporal, sino una condición permanente. El objetivo deja de ser la expansión y pasa a ser la protección. Se trata de conservar capacidad de acción en un mundo donde los recursos, la estabilidad y la confianza se perciben como cada vez más escasos.
Si no es posible escapar del sistema, la prioridad pasa a ser protegerse dentro de él
Esta lógica resulta visible en muchas de las grandes tendencias geopolíticas actuales. La soberanía energética, la relocalización de industrias estratégicas, la competencia por minerales críticos, el aumento del gasto en defensa o el fortalecimiento de capacidades de ciberseguridad responden a esta misma mentalidad. Cuando el entorno se vuelve más incierto, los actores intentan reducir dependencias y reforzar sus posiciones relativas.
Una opción perfectamente racional desde la perspectiva de quien la adopta. Un gobierno tiene la obligación de garantizar energía, alimentos, seguridad y estabilidad a sus ciudadanos. El problema aparece cuando esta lógica se generaliza. La fortaleza como virtud principal, protege a unos actores frente a otros, pero no altera las dinámicas que están reduciendo el tamaño del tablero. Puede retrasar los efectos de una crisis, pero difícilmente puede resolverla por sí sola.
De hecho, existe el riesgo de que la protección de unos termine aumentando la vulnerabilidad de otros, generando una espiral de competencia por recursos cada vez más escasos. En ese escenario, enormes cantidades de capital, energía y talento se destinan a defender posiciones en lugar de ampliar las opciones disponibles.
Es precisamente frente a esta limitación donde aparece la tercera estrategia: ¿cómo evitamos que el propio tablero colapse?
Desde esta perspectiva, los verdaderos activos estratégicos de una civilización no son únicamente los cohetes, las fábricas, los data centers, los ejércitos o los oleoductos. También lo son los ecosistemas que regulan el clima, las cuencas hidrográficas que suministran agua, los suelos fértiles que sostienen la producción alimentaria, las instituciones que generan confianza, juntarnos alrededor de una mesa para hacer algo más grande.
Las misiones a Marte son posibles gracias a las décadas de desarrollo de sistemas de energía, materiales, estabilidad institucional y una sociedad capaz de sostener proyectos de largo plazo. Una estrategia de fortalezas requiere recursos, cohesión social y sistemas ecológicos suficientemente funcionales para seguir proporcionando seguridad material. Cuando estas condiciones se deterioran, tanto la frontera como la fortaleza pierden progresivamente su capacidad de generar opciones.
La historia ofrece motivos tanto para el optimismo como para la prudencia. Algunas sociedades aprovecharon los cambios de era para florecer, expandiendo extraordinariamente el espacio de posibilidades disponible para las generaciones futuras. Otras atravesaron largos periodos de contracción. Un invierno nuclear para la capacidad de imaginar alternativas.
Amartya Sen definió el desarrollo como la expansión de las libertades reales de las personas. Quizá podamos extender esa idea un paso más allá. El desarrollo no consiste únicamente en ampliar las opciones disponibles para quienes vivimos hoy. Consiste también en preservar la capacidad de las generaciones futuras para seguir creando nuevas opciones.
Porque cuando una era se acerca a su fin, quizá el verdadero reto no sea mudarnos, ni prepararnos para la inevitable batalla. Quizá sea algo más difícil: construir una realidad compartida que permita mantener fértil el terreno desde el que todavía puedan surgir futuros que hoy ni siquiera somos capaces de imaginar.
José Luis Blasco es químico, doctor en Economía y Executive Fellow del departamento de Estrategia de IESE
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