La cultura como distinción
No es lo mismo leer a Proust que a Megan Maxwell. Escuchar a Tchaikovsky que a Bad Bunny. Contemplar en los museos un cuadro de Remedios Varo que el aerosol sobre plantilla que aplica Banksy en entornos urbanos. La diferencia está en el gusto. Lo que distingue. Pero ¿es tan libre el gusto como creemos? El sociólogo francés Pierre Bourdieu lo analizó en uno de los grandes ensayos del siglo XX.
Artículo
Si quieres apoyar el periodismo de calidad y comprometido puedes hacerte socio de Ethic y recibir en tu casa los 4 números en papel que editamos al año a partir de una cuota mínima de 30 euros, (IVA y gastos de envío a ESPAÑA incluidos).
COLABORA2026
Artículo
Óperas como Rigoletto o Turandot con sus faraónicos montajes (estructuras gigantescas que emergen del agua, uso de pirotecnia, más de doscientos artistas de modo simultáneo en el escenario), frente a Las mujeres ya no lloran. World Tour, de Shakira, con sus ocho pabellones (toda una ciudad efímera) celebrando la cultura latina. Cervantes frente a Dan Brown. Wim Wenders frente a Santiago Segura. Milhojas de anguila ahumada y foie gras, ideado por Berasategui, frente a una hamburguesa de cualquier cadena de comida rápida. Una prenda de Chanel frente a una de Desigual. Por un lado, la distinción, la singularidad, la elegancia, lo refinado, el estilo. Por otro, la vulgaridad, la ordinariez, lo tosco, lo frívolo, lo burdo. Cuestión de gusto.
El gusto, esa libre expresión de cada cual en la que adapta su vida a las posibilidades estéticas. Su manera de entender la cultura. Los museos son el paradigma del templo del buen gusto en las artes. Pero todo templo se rige por oficiantes que conminan al vulgo a saber de qué se puede y de qué no disfrutar. Los magister ludi de los que habló Hesse en El juego de los abalorios.
Pero ¿hasta qué punto el gusto es libre? El sociólogo Pierre Bourdieu (1930-2002) investigó este fenómeno aparentemente refractario a cualquier análisis conformando uno de los ensayos más importantes del pasado siglo, Criterio y bases sociales del gusto. Es cierto que se circunscribe a Francia. No menos cierto que sus conclusiones pueden meditarse al menos más allá del país galo. En el decir del francés, quienes cuentan con mayor «capital cultural» (tan dependiente del nivel socioeconómico) determinan el buen gusto de una sociedad. Los que tienen menos «capital cultural» lo aceptan como legítimo y consideran «natural» la disociación entre cultura clásica y popular —alta y baja.
Bourdieu diferencia tres tipos de gusto: el legítimo, el medio y el popular. El legítimo (hay quien se refiere a él como elitista o burgués) sería, como referencia canónica, el público de los museos, cuyo disfrute requiere desentenderse de la vida cotidiana, una disposición estética (podríamos decir una apertura de mente ante aquello que contemplamos) y una competencia artística (capaz, por ejemplo, de distinguir si la escena del lienzo es impresionista, prerrafaelita, cubista o hiperrealista). Es decir, no basta que los museos sean gratuitos, solo recibirán ese placer artístico (ese gusto) de las obras que albergan quienes dispongan de los conocimientos y refinamientos necesarios para escucharlas. Leer a Heidegger, recibir los matices de las polifonías de Bach o descubrir las gradaciones de sabor, cuerpo e intensidad de un vino exige hábito, cierta sensibilidad y conocer los códigos. El gusto legítimo responde a una suerte de aristocracia de espíritu (correspondientemente educado).
Quienes cuentan con mayor «capital cultural» determinan el buen gusto de una sociedad
Y así, el gusto, la distinción, crea el enredo de que las desigualdades no provienen de lo que se tiene, sino de lo que se es. El gusto, la distinción, como don, no como resultado de una educación y calidad de vida desigual. Marx hablaría de división histórica de clases. Bourdieu esquiva esta nomenclatura.
El gusto medio (o «cultura de masas», concepto creado por la Escuela de Fráncfort) está forjado por un lado por la industria cultural (digamos Shakira) y por ciertas prácticas artísticas democratizadas, como la fotografía. La réplica a gran escala se devalúa (una reproducción de El beso, de Klimt, tan habitual en las casas, frente a la original, emplazada en el Palacio Belvedere Superior en Viena). Warhol sabía demasiado de esto. La industria cultural compite, todo el tiempo, necesita imponer su valía (Shakira ha de rivalizar con Karol G, Rosalía, Jennifer Lopez, Beyoncé, Taylor Swift…). Velázquez no teme a Rembrandt. Ni viceversa. No se opacan. No perderán nunca fuelle. Ni el fuste.
El gusto medio se zafa de controversias y recala en tópicos para obtener una mayor rentabilidad y público. Bourdieu utiliza una brutal metáfora: frente al museo, el gran centro comercial, «la galería de arte del pobre». (Casi) todo es sucedáneo, como las películas inspiradas en grandes libros o en obras teatrales (La Odisea, en estos días). Aunque reconoce el sociólogo lo que califica de «obras mayores de las artes menores»: Jacques Brel, pone por caso. El gusto medio responde a lo sucedáneo, a algo que tiene que ver más, en general, con la falsificación.
El gusto popular se rige por lo pragmático y funcional. El arte por el arte queda fuera de su registro. No cabe en él sofisticación alguna. La idea (y posibilidad, también económica) de hacer de cada objeto una elección estética, una muestra de gusto, no concurre. En el gusto popular la indumentaria es sencilla y cómoda, los muebles sólidos, la comida, fuerte, el baile cuando toca. El gusto popular responde a la necesidad.
Con estas tres categorías del gusto, Bourdieu pretende cercar el concepto de habitus, el proceso por el que cada cual trata de armonizar las estructuras objetivas con las subjetivas. El sociólogo francés trata de tender un puente entre quienes ven las estructuras sociales como determinantes, el objetivismo de Durkheim, Lévi-Strauss o Marx, frente al subjetivismo de Husserl, Schutz o Garfinkel. Para Bourdieu no son irreconciliables, sino elementos de una continua dialéctica.
Asimismo, advierte de la «violencia simbólica» que supone el gusto legítimo ante las clases más desfavorecidas, a las que se impide definir su propio mundo. Las opciones estéticas también suponen una frontera casi infranqueable entre clases. El gusto, la distinción, no solo refleja un capital cultural, también social y económico. Esos oficiantes de los que hablábamos al principio, esos magister ludi «deben sus goces más puros al olvido de las condiciones que los produjeron como tales», asegura Bourdieu. Es decir, el hecho de que alguien no sepa deleitarse ni apreciar una composición de John Cage se debe a que no ha tenido acceso a la educación necesaria (por tanto, a la capacidad económica que la hubiera hecho posible). Carece de «capital cultural».
El gusto, pues, es un poder simbólico. Dime qué lees, qué escuchas, déjame ver cómo vistes y comes, y podré saber de qué clase social vienes. Con las excepciones de rigor correspondientes.
COMENTARIOS