Andrés Villena
«El poder va cambiando de forma, pero se mantiene la forma de dominación»
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Según el economista y sociólogo Andrés Villena, en España el poder ni se crea ni se destruye, simplemente se transmite de generación en generación. Una realidad poco visible, que se encuentra lejos del debate público y que ahora ha sacado a la luz a través de su nuevo libro ‘Las élites que dominan España’ (Libros del KO). Un ensayo en el que muestra quién toma y lleva tomando las decisiones que marcan el rumbo de nuestro país desde 1939 hasta nuestros días. Una historia protagonizada por los mismos apellidos.
En el libro explicas que en España el poder ni se crea ni se destruye, sino que pasa de generación en generación. ¿Cómo es esto posible?
Hay distintas vías. Una de ellas son las grandes concentraciones de poder, que son típicas del capitalismo español. Concentraciones que se producen muchas veces a través de herencias. Igual que se han heredado títulos nobiliarios también se han heredado grandes concentraciones de capital. Además de la vía patrimonial, está la no separación entre el mercado y el Estado. Esta no existe, por lo que es esencial para la persistencia del poder. El rico no es solo rico porque tiene mucho dinero, sino porque sus formas de creación de riqueza están legalizadas. Y, por último, está un tercer elemento, que es el de las creencias. Puedes tener capital y poder regulador, pero necesitas ser legitimado. En la Edad Media el poder era divino, pero a día de hoy la gente no se lo cree y tenemos otra serie de mitos modernizados. Los sistemas de dominación actuales se llaman constitucionales. El poder va cambiando de forma, pero se mantiene la forma de dominación.
¿Desde hace cuánto aparecen los mismos nombres entre las élites españolas?
Por ejemplo, el apellido Botín viene de la restauración de la monarquía, con Alfonso XII. Pero hay un libro que se llama El Estado pesebre que localiza los orígenes en el siglo XII y XIII. A la familia Espinosa de los Monteros la he encontrado mediando en el encuentro entre Hitler y Franco en Hendaya con un título diplomático, pero su apellido viene de que fueron los que acompañaban a los reyes en la montería.
«El rico no es solo rico porque tiene mucho dinero, sino porque sus formas de creación de riqueza están legalizadas»
Lo curioso es que, aunque puedan competir entre ellas, siempre hay un pacto de defensa de los intereses comunes.
Yo utilicé mucho en la tesis doctoral a un autor que se llama Charles Wright Mills, quien une algunas nociones del liberalismo y marxismo, por lo que tenía una mentalidad muy abierta. Él hablaba de cohesión y conciencia de clase de las élites, lo que tiene mucho sentido. Los dueños de empresas se enfrentan entre sí, puede ser incluso que se lleven fatal, pero tienen más en común que en contra. Tienen mucha conciencia de clase, van a los mismos clubes, han estudiado en los mismos colegios…
¿Puedes poner un ejemplo?
Un ejemplo es el matrimonio entre José Luis Martínez Almeida y Teresa de Urquijo, el cual representa un cruce entre dos dinastías. La primera, que indirectamente pertenece a la corona, y la segunda, que te explica la mitad del capitalismo del XIX y principios del XX. Esa cohesión hace que las familias se peleen, pero cuando se tienen que poner de acuerdo frente a un enemigo mayor, lo hacen. Además, muchos de ellos pertenecen a consejos de administración de otras. Eso los convierte en más que empresarios: tienen un proyecto de país. A ellos les interesa que vayan como ellos quieran y les obliga a pactar a la fuerza. Sobre todo, cuando consideran que tienen un enemigo común, que no tiene por qué ser un gobierno de izquierdas, sino uno que quiera aumentar impuestos a los beneficios caídos o regular el crédito.
Dentro de todas esas élites, explicas que la banca ha sido la gran beneficiada.
Esto se debe a que tienen una propiedad muy poco común, que es la de crear dinero de la nada. Una capacidad que les da automáticamente determinados privilegios. En el caso español es más exagerado que en otros países: la banca apoyó a Franco en la Guerra Civil y luego se cobró los favores. Lo que había es lo que se llama la aristocracia financiera: controlaban banca, el Banco de España, los organismos reguladores y las empresas industriales privadas. Por lo tanto, las decisiones bancarias influían en la producción y la industrialización. Aparte de ello, las empresas públicas y políticas públicas franquistas necesitaban a la banca. Por ello tenía un privilegio de pedir lo que quisiera.
«El papel transversal de la banca, casi como un estado dentro del Estado, ha continuado hasta nuestros días»
¿Cómo se encuentra ahora?
La duda llegó cuando ganaron los socialistas en 1982 con mayoría absoluta. Ellos temían que les podían nacionalizar, como les habían hecho a sus homólogos franceses. Sin embargo, Felipe González, en esa mezcla de pragmatismo e inteligencia, pactó con ella y creó una especie de matrimonio Estado-banca. Él se llevó estupendamente con ella y la modernizó a través de las fusiones. Ese papel transversal de la banca, casi como un estado dentro del Estado, ha continuado hasta nuestros días: se llevó los mayores paquetes de empresas públicas en las privatizaciones, no se les ha tocado con la crisis financiera… Es un poder sistémico. Sin embargo, la globalización financiera actual les está llevando a convivir con actores de todo tipo, como grandes fondos de inversión o criptomonedas.
¿Cómo hacen las élites para convencer al resto de la sociedad de que tienen que ejercer ese papel?
Los medios de comunicación, lo quieran o no, tienen un protocolo de construir personajes. A determinados miembros de la élite los sacan siempre bien vestidos y con buenos cortes de declaraciones, lo que construye identidad y legitimidad. Las sociedades necesitan líderes, por lo que personajes como Rafael Nadal tienen aspectos positivos. Por ello es normal que pensemos que es bueno. El problema surge cuando las cosas no van bien y los sistemas colapsan. Las élites dominan, pero llegan también a situaciones de crisis. Cuando son redundantes, se vuelven ignorantes de lo que está pasando fuera. Hasta que la élite no actualiza sus elementos, muchas veces fichando a gente de la oposición, no es capaz de mantenerse en el poder. Pedro Sánchez lo hizo fichando a gente de Podemos y Sumar, por eso ha relegitimizado la imagen de su partido.
«Hasta que la élite no actualiza sus elementos no es capaz de mantenerse en el poder»
¿Ha habido algún momento en que todo pudo haber sido diferente? ¿Existe realmente posibilidad de cambio?
A finales de los 40, EE. UU. podría haber acabado con la dictadura, pero les interesaba seguir con ello por la Guerra de Corea. Otro momento clave fue 1977. Lo tenemos como la etapa de los Pactos de la Moncloa. Este momento fue brutal a nivel mundial en la lucha capital-trabajo, ya que se buscaban otras formas de propiedad empresarial y salarios más altos. Hubo países que abrieron cierto camino hacia el socialismo. Y por último en 2014 en España. Se produjeron tres hechos importantes: el inicio del proceso independentista, la abdicación del rey y el surgimiento de Podemos, que tenía un discurso anticasta y hablaba incluso de salirse del Euro. Ahí pudo haber un viraje no hacia otra forma de gobierno, sino incluso de Estado. Si lo piensas, en 2015 la mayoría de las alcaldías eran de centro izquierda, con PSOE y confluencias de Podemos. Algo que recuerda a 1931. Fue un momento en el que las cosas podían haber sido diferentes, pero que no giraron por un factor estatal y europeo. Ahí murió la nueva política sin que lo supiera. Y lo que quedaba de ella fue desgastándose con el paso de los años.
¿Puede existir una democracia soberana bajo esta realidad?
Esta pregunta es normal que nos la planteemos. Incluso podríamos cuestionarnos qué es una democracia. Ahora tenemos una forma de gobierno de parlamentarismo burgués en la que hay unos representantes que van, más o menos, reflejando nuestras demandas. Aunque hay mucha manipulación mediática y mucho liderazgo elitista. La cuestión aquí es qué combinación de elitismo y democracia puede ser más virtuosa. Algo complicado en estos tiempos, porque parece que las democracias que tenemos son formas de pequeños mercados de ideas políticas al servicio de ideas elitistas. Unas formas que están entrando en crisis.
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