Eduardo Infante
«En la era de la IA, pensar se ha convertido en un acto de resistencia»
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COLABORA2026
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Si hay alguien empeñado en llevar la filosofía a la vida cotidiana es Eduardo Infante (Huelva, 1977). Desde sus cuentas en redes sociales ha conseguido popularizar el concepto de «FiloReto», cuestiones filosóficas cotidianas con las que atraviesa a sus seguidores inquiriendo sobre el amor, la verdad, la justicia, el poder… Tras varios ensayos, ha debutado este año en la novela con ‘Salvar a Sócrates’ (Ariel, 2026), una historia sobre dos adolescentes que viajan en el tiempo hasta la Atenas Clásica y que nos sirve de excusa para charlar sobre los males que aquejan a nuestra sociedad.
A Sócrates ya no lo podemos salvar, pero ¿podemos salvarnos nosotros todavía?
Yo creo que sí, y esa es precisamente la tesis que late bajo la novela. Salvar a Sócrates no es un ejercicio de arqueología literaria; es salvar la posibilidad de pensar en un mundo que prefiere, de manera muy deliberada y eficiente, que no pensemos. Salvar su legado es salvar la raíz de todas nuestras libertades, que es la libertad de pensamiento. Al final, lo que Sócrates nos propone es el atrevimiento: el valor de pensar la vida para luego tener los arrestos morales de vivir aquello que uno ha pensado. Hoy vivimos en un mundo donde el algoritmo decide por nosotros, donde la máquina ya no solo nos sugiere qué comprar o qué ver, sino que empieza a pensar por nosotros. Estamos construyendo un entorno en el que delegamos la mayor de nuestras dignidades: la capacidad de deliberar. Por eso, salvar a Sócrates es, en esencia, salvar nuestra propia dignidad y nuestra condición de seres humanos frente a la automatización de la existencia.
«El mayor peligro para la democracia no son los malos políticos, sino la falta de pensamiento crítico»
En la novela juegas con la contraposición entre Atenea, diosa de la sabiduría y la democracia, y Ares, el dios de la guerra. ¿Es ese conflicto interior, esa tensión entre el diálogo y la fuerza, lo que está erosionando nuestras democracias actuales?
Exactamente. El libro plantea que salvar a Sócrates es, en realidad, salvar la democracia. Estamos asistiendo a un nuevo juicio contra él, un juicio moderno donde se cuestiona el valor de las humanidades, de la filosofía y, lo que es más grave, el valor de la verdad misma. La crisis que sufre hoy el periodismo es un síntoma de esto. Debemos entender que el mayor peligro para la democracia no son los malos políticos —que siempre han existido—, sino la falta de pensamiento crítico y la incapacidad absoluta que mostramos para dialogar y deliberar juntos. La democracia no muere el día que se prohíbe votar; la democracia muere mucho antes, el día que dejamos de dialogar, de pensar por nosotros mismos y de reconocer al otro como un interlocutor válido. Sócrates fue ejecutado por hacer preguntas incómodas que obligaban a los ciudadanos a pensar, quisieran o no, y hoy nuestra sociedad sigue castigando de formas más sutiles a aquel que nos saca de nuestra zona de confort intelectual. La novela está disfrazada de pasado, pero habla radicalmente del presente: del auge del autoritarismo, del populismo emocional y de esa polarización extrema que nos impide ver la realidad. Sócrates murió hace 2.400 años, pero su verdugo sigue vivo y hoy se llama «miedo a pensar».
Has afirmado en varias ocasiones que Sócrates sería hoy el mayor enemigo de los algoritmos. ¿De qué manera puede su método ayudarnos a sobrevivir a esta «maraña digital» que, en lugar de conectarnos, parece que solo alimenta nuestros prejuicios?
Me gusta mucho ese concepto de «maraña» o ruido digital. Lo que hace la burbuja digital es atomizarnos, dividirnos y romper la polis, que es la comunidad ciudadana. Y si rompes la comunidad, desactivas la democracia. Ya nos lo advertía Pericles: la polis no son sus edificios ni sus símbolos, son sus ciudadanos. Hoy esa comunidad está en crisis porque usamos la máquina no para fomentar el debate sobre el bien común, sino para polarizarnos. En la era de la IA, pensar se ha convertido en un acto de resistencia. La inteligencia artificial puede procesar todos los datos del mundo, pero no tiene ni la menor idea de cómo vivir una vida humana. Cuanto más «inteligentes» sean las máquinas, más vital será la filosofía para recordarnos qué es lo que nos hace humanos. El futuro, e incluso el presente, pertenece a quien sepa hacer buenas preguntas. No creo que vayamos a ver una lucha cognitiva entre humanos y máquinas; la verdadera lucha será entre los humanos que aún piensan y aquellos que han decidido delegar su juicio en la máquina. El peligro real no es que la máquina llegue a pensar, sino que nosotros dejemos de hacerlo. Delegar nuestra autonomía en los algoritmos es, en última instancia, delegar nuestra dignidad.
«Delegar nuestra autonomía en los algoritmos es, en última instancia, delegar nuestra dignidad»
Has mencionado que pensar es mucho más que calcular, pero a menudo confundimos acumular información con tener criterio. ¿Cómo definirías tú el pensamiento frente a la mera capacidad de procesamiento de datos que tiene una IA?
Esa distinción es fundamental porque nos jugamos el sentido de la educación y de la ciudadanía. Pensar no es calcular. La máquina calcula infinitamente mejor que nosotros, pero calcular es un proceso cerrado, mientras que pensar es un proceso abierto y social. Platón dio la mejor definición: pensar es «dialogar con amigos». El pensamiento siempre se produce en el encuentro con la otredad, enfrentando posiciones. Incluso cuando pensamos a solas, Tomás de Aquino decía que es un diálogo interior donde uno tiene que desdoblarse, como quien juega una partida de ajedrez contra sí mismo. El problema hoy es que hemos perdido la capacidad de cuestionar nuestras propias opiniones. Si no tienes la suerte de que un Sócrates pase a tu lado y te pregunte «¿por qué vives así?» o «¿en qué fundamentas lo que dices?», tienes que ser capaz de cultivar un Sócrates interior que te examine. Sin ese examen, no hay pensamiento, solo hay reproducción de datos o de consignas.
Sin embargo, las redes sociales parecen diseñadas para evitar precisamente ese «Sócrates interior». ¿Hemos trasladado el botón de «bloquear» a nuestra vida analógica?
Totalmente. Las cámaras de eco digitales son solo un reflejo de que ya hemos procurado que nuestros entornos analógicos sean lo más afines posibles a nosotros mismos. El problema es cuando tomamos lo digital como modelo de lo analógico. Ese botón de bloqueo lo llevamos a la calle y entonces decidimos que el vecino que opina diferente no tiene derecho a ser vecino, que debe ser expulsado de la polis. Este es el discurso político que vemos hoy: una incapacidad total para reconocer al interlocutor. Frente a esto, yo siempre contrapongo dos imágenes. Por un lado, el Pensador de Rodin, que me parece una imagen perturbadora de la filosofía: un hombre solo, apartado, en una especie de ensimismamiento mental. Frente a eso, yo reivindico La escuela de Atenas de Rafael. Es un fresco maravilloso donde los filósofos están haciendo filosofía, que es una práctica, un ejercicio. Están dialogando con pasión, pero lo hacen por amor a la verdad, no por amor al ego. En ese cuadro no hay enemistad, sino una amistad profunda nacida de la búsqueda común. Esa ética del diálogo es crucial para la convivencia ciudadana. Por eso digo que la filosofía es la «gimnasia del ciudadano». Está muy bien cuidar el cuerpo, pero hay que volver a las raíces y recordar que los gimnasios griegos eran lugares para cultivar el alma a través del diálogo.
«La filosofía es la ‘gimnasia del ciudadano’»
Has sido muy combativo con la deriva utilitarista de la enseñanza. ¿Es el arrinconamiento de las humanidades una de las causas de que hayamos llegado a esta sociedad tan fragmentada?
Vivimos en una sociedad neoliberal que ha reducido todo valor a la utilidad económica, a la capacidad de algo para producir dinero. Las humanidades son inmensamente valiosas, pero no son «útiles» en esos términos; no se pueden monetizar fácilmente. El mercado no les tiene miedo a las humanidades, simplemente las menosprecia porque no sabe cómo traducirlas en dividendos. Fíjate que la única filosofía que el mercado ha decidido «abrazar» es una caricatura del estoicismo. Se vende un estoicismo de «gimnasio» para el gym-bro de turno, practicado en solitario. Pero el estoicismo real implicaba formar parte de una comunidad. Esta caricatura actual le viene muy bien al mercado porque privatiza los malestares. Si estás mal, te dicen que es porque no eres lo suficientemente fuerte o no sabes gestionar tus emociones, cuando lo cierto es que muchos malestares no son individuales, sino políticos. Hay situaciones en las que sería mucho más útil ir menos al psicólogo y más al sindicato. El menosprecio a la filosofía viene de ese pensamiento palurdo que solo pregunta «¿esto cómo se transforma en dinero?». Pero lo bello de la filosofía es que no sirve para nada porque no es sirvienta de nadie; no sirve a ningún poder establecido. Es un arte liberal, un bien en sí mismo que nos cultiva, como decía Cicerón.
Ante este panorama, ¿no sería más adecuado recuperar a los cínicos o a los epicúreos en lugar de este estoicismo de escaparate?
Creo que hay un momento para todo en la vida, pero el tiempo que habitamos hoy nos pide cinismo a gritos. El cínico era aquel que reivindicaba la verdad como un compromiso fundamental. En tiempos de posverdad, donde ya no es que se mienta, sino que a la verdad no se le reconoce ningún valor, defenderla es un acto revolucionario. Foucault, cuando sabía que se moría, dedicó su último curso a Sócrates y los cínicos. Él creía que nuestra época necesitaba la principal virtud cínica: la parrhesia. La parrhesia es el coraje de decir la verdad asumiendo todas las consecuencias, pero también el coraje de vivir una vida auténtica. En un mundo supuestamente libre donde todos acabamos viviendo de forma homogénea, recuperar el valor de ser auténtico y preguntarse «¿cómo vivir bien?» es esencial. Necesitamos mucho cinismo para enfrentarnos a los poderes de nuestra época y ser capaces no solo de decir la verdad, sino de vivir en ella.
«Todo el mundo se llena la boca con el pensamiento crítico, pero casi nadie sabe definirlo»
A menudo echamos la culpa a los jóvenes de esta falta de espíritu crítico, pero ellos son hijos del mundo que les hemos dejado. ¿Quién está educando realmente a las nuevas generaciones?
Esa es la gran pregunta que los adultos evitamos hacernos. Cuando criticamos el comportamiento de los jóvenes, olvidamos que quienes hemos fallado somos nosotros. Como decía Hannah Arendt, la tarea del adulto es introducir al niño en un mundo que no es el suyo, sino el nuestro. Y lo que hemos hecho es darles una pantalla y decirles: «Hala, edúcate tú». Los hemos dejado solos en un entorno digital sin ningún tipo de custodia. Me impactó mucho el caso de Molly, una niña de 14 años que se suicidó en Inglaterra porque el algoritmo de Meta la estuvo «cebando» con vídeos de autolesiones. Su padre decía algo desgarrador: él cerraba la puerta de su casa por las noches para protegerla, pero por la ventana de la pantalla entraban empresas tecnológicas sin ningún control ético ni político. Es un modelo de negocio que no tiene regulación. Como ciudadanos y como familias tenemos que organizarnos para exigir que dejen de usar a nuestros hijos como mercancía.
Existe un debate pedagógico muy intenso sobre si, ante el avance de la IA, debemos dejar de enseñar contenidos memorísticos para centrarnos solo en habilidades. ¿Qué opinas de esta visión?
Ese es un melón que me apasiona y me indigna a partes iguales. Ese discurso suelen tenerlo pedagogos que no tienen una disciplina de contenido; es decir, gente que enseña a enseñar pero no sabe de matemáticas, ni de física, ni de historia. Dicen: «¿Para qué memorizar si tenemos la memoria externalizada en Google o en la IA?». Pero la pregunta es: si no guardas los conocimientos en tu memoria, ¿dónde se guardan? La memoria es esencial para el aprendizaje; sin ella no hay nada. Todo el mundo se llena la boca con el «pensamiento crítico», pero casi nadie sabe definirlo. Para muchos políticos, el pensamiento crítico es simplemente que la gente piense como ellos y cuestione al rival, pero no a ellos mismos. Sin embargo, el pensamiento crítico viene de krinō (separar, cribar): es la capacidad de separar lo válido de lo inválido, la verdad de la falsedad. Y eso, sencillamente, no se puede hacer sin conocimiento.
Al final, sin conocimiento no somos capaces de detectar las alucinaciones de la IA…
Claro, el otro día escuché una anécdota muy reveladora del editor de Ariel. Iban a publicar un libro de Kipling y, como él es experto en el autor, le pidió a la IA que le hiciera un borrador de prólogo. Al leerlo, pensó: «Ostras, esto es publicable». Pero la clave es: ¿cómo sabía él que era bueno? Pues porque ya tenía el conocimiento previo. Si tú no sabes nada sobre Kipling, la IA te puede dar un texto lleno de errores y te los comerás con patatas fritas. No podemos caer en el error de decir que nuestros hijos no necesitan conocer datos. En la pantalla está la verdad mezclada con el bulo y el error. Yo hago la prueba con mis alumnos: le pregunto a ChatGPT «¿quién descubrió América?». A la primera responde Colón. Si le insistes y le vuelves a preguntar lo mismo, la máquina empieza a dudar, te pide perdón y te cambia la respuesta. Si le preguntas cinco veces, te da cinco versiones distintas. Solo si educamos en el amor a la verdad y al conocimiento, los jóvenes tendrán el criterio para distinguir si lo que les da la máquina es algo bello y verdadero o algo falso y grotesco.
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