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Educación

La importancia de la educación sentimental

En una época en la que la excelencia profesional suele medirse por indicadores de rendimiento, competencias técnicas o incluso capacidades asociadas a la inteligencia artificial, conviene recordar una dimensión más difícil de cuantificar como es reconocer la singularidad de quien tienen delante.

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10
agosto
2026

Todos recordamos a ese médico que nos comunicó un diagnóstico con sensibilidad y empatía; al policía que nos acompañó tras un robo; al juez que, en medio de una conciliación familiar, nos preguntó por el nombre de nuestro hijo. No los recordamos únicamente porque hicieran bien su trabajo, sino porque nos trataron con sensibilidad y no como expedientes, pacientes o casos. En una época en la que la excelencia profesional suele medirse por indicadores de rendimiento, competencias técnicas o incluso capacidades asociadas a la inteligencia artificial, conviene recordar una dimensión más difícil de cuantificar como es reconocer la singularidad de quien tienen delante.

Por supuesto que esperamos de estos profesionales que dominen los conocimientos propios de su disciplina. Un médico debe conocer el tratamiento adecuado para un cáncer de colon, un juez debe aplicar correctamente el ordenamiento jurídico o un profesor dominar la materia que enseña. Sin embargo, cuando nuestras vidas o nuestro futuro quedan en sus manos, esperamos algo más. Ese «algo más» podría llamarse educación sentimental. Consiste en desarrollar las capacidades que permiten comprender mejor a otras personas y ejercer el conocimiento técnico con humanidad. Como ha señalado el profesor Manuel Atienza, las profesiones que trabajan con personas no pueden reducirse a la aplicación mecánica de conocimientos o normas. Donde las decisiones afectan a la libertad, la salud, la educación o la dignidad de alguien, la excelencia profesional depende también de esa manera acercarse al otro. Esta educación sentimental exige sensibilidad para reconocer aquello que hace única a cada persona. Porque no existen únicamente enfermedades, delitos o expedientes; existen personas con historias, valores, miedos y proyectos vitales.

Aunque la formación universitaria y profesional proporciona, en general, una sólida preparación científica y técnica, las competencias relacionadas con la comprensión de la experiencia humana ocupan un lugar secundario. Esta carencia resulta visible en las profesiones cuyo trabajo consiste en tomar decisiones sobre otras personas como son los médicos, jueces, docentes, psicólogos, policías… Todos ellos actúan en contextos marcados por la incertidumbre donde ningún protocolo puede captar, por sí solo, la complejidad de una vida concreta.

En las últimas décadas, las universidades han tendido a priorizar la especialización técnica

En las últimas décadas, las universidades han tendido a priorizar la especialización técnica y las competencias directamente vinculadas a la empleabilidad, relegando con frecuencia las humanidades a un papel secundario. Esta orientación tiene consecuencias en ámbitos como la sanidad, la educación o la justicia, donde el riesgo es formar profesionales muy competentes desde el punto de vista técnico, pero menos preparados para comprender la complejidad de las personas y las situaciones con las que trabajan.

La pregunta sería cómo se aprende a comprender a las personas. La experiencia profesional y el contacto cotidiano con otras personas contribuyen sin duda a desarrollar esta capacidad. Sin embargo, la experiencia por sí sola no siempre basta. Las humanidades ofrecen un espacio de aprendizaje que permite ampliar la comprensión de perspectivas distintas a la propia y reflexionar sobre situaciones y conflictos que difícilmente podríamos experimentar de manera directa. Las humanidades siguen siendo esenciales para formar profesionales más conscientes de su responsabilidad hacia los demás. La literatura, la filosofía, el cine, el arte, la escritura reflexiva, el diálogo o la ética ayudan a desarrollar virtudes profesionales como la prudencia, la tolerancia a la incertidumbre, la capacidad para reconocer los propios errores o la disposición a escuchar antes de juzgar.

En El cultivo de la humanidad, Martha Nussbaum denomina imaginación narrativa a la capacidad de ponerse en el lugar de otras personas y comprender experiencias diferentes de las propias. Esta capacidad constituye el núcleo de la educación sentimental y se puede entrenar. Esto no convierte automáticamente a nadie en mejor profesional ni en mejor persona, pero amplía el horizonte de comprensión. Un médico nunca experimentará todas las enfermedades; un juez jamás conocerá todas las circunstancias sociales que acompañan a los que se sientan en un banquillo; un profesor no vivirá todas las historias familiares que rodean a sus alumnos. Sin embargo, las novelas, los relatos, las biografías, el cine o el arte permiten ensayar otras vidas y comprender mejor la complejidad humana. Comprender mejor a una persona no significa justificar sus acciones, sino disponer de más elementos para hacer un análisis más global. Un profesor puede interpretar de otra manera el comportamiento de un alumno al conocer su contexto familiar o un médico puede mejorar la comunicación y la adherencia terapéutica al comprender el impacto emocional de la enfermedad.

Martha Nussbaum denomina «imaginación narrativa» a la capacidad de ponerse en el lugar de otras personas

En este contexto, la curiosidad aparece como una virtud esencial. Un profesional curioso pregunta antes de etiquetar, escucha antes de concluir y acepta mejor la incertidumbre. Esa actitud reduce sesgos y favorece decisiones más prudentes. Del mismo modo, existen gestos aparentemente sencillos como mirar a los ojos, llamar a las personas por su nombre, interesarse por su relato que expresan una forma de reconocimiento. Como sostiene Axel Honneth, la dignidad comienza cuando el otro deja de ser un objeto de intervención para convertirse en un sujeto digno de atención.

Algunas facultades de Medicina son precursoras a la hora de incorporar estas competencias mediante los programas de Medicina Narrativa y Humanidades Médicas. En la Escuela de Medicina de la Universidad de Valparaíso, la profesora Pamela Jofré impulsa iniciativas que muestran que la educación sentimental puede enseñarse y entrenarse del mismo modo que otras competencias profesionales. Formarse en estas competencias mejora la satisfacción de las personas con las que tratan estos profesionales. Al mismo tiempo, también beneficia a quienes ejercen estas profesiones, expuestos con frecuencia al estrés, el burnout y la fatiga por compasión.

En un mundo obsesionado con la inteligencia artificial y la excelencia técnica, tal vez la verdadera innovación educativa consista en recuperar la formación del carácter y la educación sentimental como parte esencial de la formación de quienes trabajan con vidas humanas. Lo que distinguirá a un gran profesional en el futuro será la capacidad de mantenerse atento a la persona, el juicio prudente, la interpretación de los contextos, la comprensión del sufrimiento, la escucha y el reconocimiento del otro. La inteligencia artificial no piensa, no se emociona ni comprende en sentido humano, lo que hace es generar respuestas a partir de patrones estadísticos entrenados con grandes volúmenes de datos. Puede parecer eficiente, pero la vida humana sigue siendo compleja, falible e impredecible. Por ello, será cada vez más importante mantener una actitud crítica, abierta a las propias preguntas y consciente de los límites de estas herramientas de la IA, evitando delegar en ellas la comprensión profunda de la experiencia humana.

Quizá dentro de unos años sigamos recordando a aquella profesora, a aquel médico o a aquel juez que nos hicieron sentir comprendidos. No porque supieran más que los demás, sino porque nos trataron con respeto y humanidad.

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