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¿Por qué no todas las opiniones son respetables?

El filósofo José Antonio Marina insiste en que todas las personas tienen derecho a expresar sus opiniones, pero eso no significa que todas las posturas merezcan el mismo respeto.

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07
agosto
2026

Vivimos rodeados de opiniones. En las conversaciones cotidianas, en las tertulias de televisión y, sobre todo, en las redes sociales, cualquiera puede pronunciarse sobre prácticamente cualquier tema. Esta facilidad para opinar ha reforzado una idea que hoy parece incuestionable: que todas las opiniones merecen el mismo respeto. Pero ¿realmente es así? ¿Tiene el mismo valor una opinión basada en hechos contrastados que otra construida sobre rumores, prejuicios o información falsa?

El filósofo José Antonio Marina ha insistido en esta cuestión en numerosas ocasiones: todas las personas tienen derecho a expresar sus opiniones, pero eso no significa que todas las opiniones sean respetables. Lo que merece respeto es la dignidad de quien habla y su derecho a participar en el debate público. El contenido de sus palabras, en cambio, puede y debe ser sometido a crítica.

Si aceptamos que todas las opiniones merecen el mismo reconocimiento, desaparece la posibilidad de distinguir entre argumentos sólidos y afirmaciones infundadas. La conversación pública deja entonces de apoyarse en las razones y comienza a depender únicamente de la fuerza con la que cada uno defiende sus creencias.

Internet ha intensificado esta confusión. Las plataformas digitales han democratizado la posibilidad de hablar, algo positivo desde el punto de vista de la libertad de expresión. Sin embargo, también han transmitido la sensación de que todas las afirmaciones tienen el mismo peso, independientemente de las pruebas que las respalden. Un artículo científico puede aparecer junto a un vídeo de una persona sin formación especializada, aunque el conocimiento que representan sea radicalmente distinto.

Por eso Marina suele plantear una pregunta que rara vez nos hacemos: más importante que preguntar «¿qué opinas?» es preguntar «¿por qué opinas eso?». Esa segunda cuestión obliga a justificar las afirmaciones y a distinguir entre una impresión personal y un argumento fundamentado.

Lo que merece respeto es la dignidad de quien habla; el contenido de sus palabras, en cambio, puede y debe ser sometido a crítica

No todas las opiniones son iguales. Decir que el otoño es la estación más bonita del año o que el chocolate sabe mejor que la vainilla expresa un gusto personal. Son preferencias que no pueden demostrarse verdaderas o falsas porque pertenecen a la experiencia individual. La situación cambia cuando una opinión hace afirmaciones sobre la realidad. Si alguien sostiene que las vacunas provocan autismo, que el cambio climático no existe o que la Tierra es plana, ya no está expresando una preferencia. Está realizando afirmaciones que pueden contrastarse con las pruebas disponibles.

Esta diferencia fue esencial para el filósofo Karl Popper, quien defendía que el conocimiento científico progresa precisamente porque acepta la posibilidad de equivocarse. Una teoría solo puede considerarse científica si puede ponerse a prueba y, llegado el caso, ser refutada por nuevas evidencias.

Aunque este principio pertenece al ámbito de la ciencia, también resulta útil para la vida cotidiana. Antes de aceptar una afirmación conviene preguntarse de dónde procede la información, qué pruebas la respaldan y si existen fuentes fiables que la confirmen. No se trata de desconfiar de todo, sino de aprender a distinguir entre una evidencia sólida y una simple afirmación repetida muchas veces.

Defender que no todas las opiniones son igualmente respetables no significa rechazar el debate. De hecho, uno de los grandes defensores de la libertad de expresión, el filósofo británico John Stuart Mill, sostenía que incluso las ideas equivocadas pueden ser útiles porque obligan a revisar nuestras propias convicciones. En Sobre la libertad, Mill explicaba que una verdad que nunca se discute corre el riesgo de convertirse en un dogma repetido sin comprensión. Sin embargo, el valor del debate reside precisamente en que las afirmaciones puedan someterse al examen de los argumentos. El objetivo no es aceptar todas las ideas como igualmente válidas, sino analizar cuáles resisten mejor el contraste con los hechos. Una democracia necesita pluralidad de voces, pero también ciudadanos capaces de evaluar críticamente aquello que escuchan.

La dificultad para distinguir entre buenos y malos argumentos no depende únicamente de la información disponible. También tiene que ver con el funcionamiento de nuestro cerebro. Los científicos cognitivos Hugo Mercier y Dan Sperber sostienen que los seres humanos no razonamos principalmente para descubrir la verdad, sino para defender nuestras propias ideas y convencer a los demás. Esta tendencia explica fenómenos muy conocidos, como el sesgo de confirmación: prestamos más atención a la información que confirma nuestras creencias y tendemos a ignorar aquella que las contradice.

Comprender estas limitaciones no significa renunciar a la razón. Significa aceptar que pensar críticamente requiere un esfuerzo consciente: revisar nuestras propias creencias, buscar pruebas y estar dispuestos a cambiar de opinión cuando aparecen evidencias mejores.

El filósofo estadounidense Harry Frankfurt distingue en su ensayo Sobre la charlatanería entre mentir y hablar sin preocuparse por la verdad. El mentiroso conoce la realidad y la oculta deliberadamente. El charlatán, en cambio, ni siquiera se plantea si lo que dice es verdadero o falso. Su único objetivo es resultar convincente, llamar la atención o reforzar una determinada imagen de sí mismo. Para Frankfurt, este segundo comportamiento puede resultar incluso más peligroso. Cuando deja de importar si una afirmación es cierta y lo único relevante es que consiga impacto, la verdad deja de ser el criterio que orienta el debate público.

No resulta difícil reconocer este fenómeno en las redes sociales. Muchas publicaciones triunfan porque sorprenden, indignan o emocionan, no porque sean rigurosas. La rapidez con la que circula la información hace que una noticia falsa pueda alcanzar millones de personas antes de que aparezcan las verificaciones.

La Unesco lleva años alertando sobre el crecimiento de la desinformación y defiende que la alfabetización mediática debe convertirse en una competencia básica. No basta con saber buscar información en internet; también es necesario aprender a evaluar la calidad de las fuentes, identificar intereses detrás de determinados mensajes y distinguir hechos de opiniones.

José Antonio Marina insiste precisamente en esa idea. Buena parte de su trabajo se centra en demostrar que la inteligencia puede educarse. Aprender a construir argumentos, detectar falacias o reconocer cuando una afirmación carece de pruebas es una habilidad que puede desarrollarse igual que cualquier otra. Pensar críticamente no consiste en desconfiar de todo. Tampoco significa creer únicamente a los expertos. Significa valorar las evidencias, reconocer la calidad de las fuentes y aceptar que nuestras propias ideas pueden estar equivocadas.

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