ENTREVISTAS

Josep Borrell

«Trump tiene por objetivo acabar con el modelo de democracia liberal en Estados Unidos»

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Jeosm
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07
enero
2026

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Habíamos hablado sobre la situación geopolítica con Josep Borrell antes de Navidad. Pero la convulsión internacional tras la captura del dictador Nicolás Maduro por parte de Donald Trump nos obliga a volver a contactar con él para ampliar esta conversación en la que también reflexiona sobre el papel que puede y debe asumir Europa en el tablero internacional. 


El año ha comenzado con la intervención del gobierno estadounidense en Venezuela y la detención de Nicolas Maduro. ¿Qué podemos esperar?

La pregunta que debemos hacernos es quién va a sustituir a Maduro, si un líder elegido en proceso democrático o un gobierno títere como propone Trump –como el que Rusia quería instalar en Ucrania y que tiene en Bielorrusia–, algo que va en contra de la propia democracia. Venezuela tiene importantes recursos naturales y las mayores reservas de petróleo del mundo y eso es lo que interesa a Trump, que hará todo lo necesario para hacerse con ellas, incluso aliarse con el chavismo. El presidente norteamericano es un narcisista compulsivo que ejerce su poder en clave de imperio y ve a los aliados como tal solo mientras sean obedientes. Estados Unidos no piensa en restaurar la democracia cuando interviene en otros países.

«Trump hará todo lo necesario para controlar las reservas de petróleo de Venezuela, incluso aliarse con el chavismo»

El populismo es un fenómeno global y un conjunto de fuerzas heterogéneas repartidas por el mundo tiene un objetivo común: llevar a cabo una contrarreforma iliberal. ¿Podemos salvar la democracia liberal? 

Está amenazada, pero podemos. En este momento, la mayor amenaza viene de Donald Trump, que tiene por objetivo acabar con el modelo de democracia liberal en Estados Unidos. Aunque mira lo que ha pasado en Nueva York: de repente aparece una persona que no solo denuncia a los populistas, sino que busca las raíces o los problemas por los cuales el populismo emerge, para atacar las causas y no solo sus manifestaciones.

¿Qué papel juega ahí Europa?

Europa, como institución supranacional, no fue pensada para eso; ese es uno de los problemas. Fue diseñada y estructurada para construir la paz entre los europeos e integrar su economía como forma de pacificación y de superación de los antagonismos identitarios, no para crear un sistema defensivo militar frente a un enemigo exterior —para eso estaba la OTAN— ni para salvar las democracias —para eso estaban las políticas de cada Estado—. 

Entonces, ¿Europa se tiene que reinventar?

De alguna manera sí. Hay que rediseñarla, porque los problemas no se corresponden con los de ayer. Es como si tú vas en un coche pensado para ir por el desierto y de repente te encuentras en la nieve. Insisto, Europa no fue pensada para crear una unión de defensa; al contrario, fue creada desde la renuncia al poder y a la fuerza. 

¿Y cómo se puede reinventar?

No es fácil. Modificar los tratados es prácticamente imposible, porque requiere procesos nacionales y, en muchos casos, referéndums. Si no se pueden modificar los tratados, hay que pensar en un grupo de países que realmente esté interesado en una Europa más capaz y más integrada. Crear una Europa dentro de Europa, un subconjunto, una avanzadilla con los que quieran, de verdad, construir una máquina diferente y acepten tomar decisiones que no sean por unanimidad. Porque hoy el gran freno para cualquier decisión de política exterior o de defensa es la unanimidad, que lo bloquea todo.

«Los europeos debemos analizar si podemos independizarnos o si nos convertimos en vasallos felices»

La tecnología está determinando la geopolítica. De hecho, Estados Unidos y China se enfrentan por la hegemonía tecnológica. ¿Qué papel juega la Unión Europea en esta batalla?

Siempre ha sido así; no es nada nuevo. España perdió las colonias porque la Marina americana había superado la tecnología de la Armada con cañones de más largo alcance y barcos acorazados. En todo momento, el que ha tenido el dominio tecnológico ha impuesto lo que llamamos geopolítica, las relaciones de poder. Los occidentales dominamos China porque teníamos una tecnología superior a la suya. Y los chinos no lo han olvidado, por eso ahora quieren estar al frente del desarrollo tecnológico. Lo curioso es que cada revolución tecnológica ha llevado consigo una expansión de los mercados financieros que ha acabado en un crack. Desde los ferrocarriles a —probablemente ahora— la inteligencia artificial, cada oleada tecnológica ha producido unas expectativas y una sobrevaloración de activos que ha acabado en un crack financiero. Eso también es geopolítica. En este momento, en el mundo solo hay dos polos geopolíticos: China, que produce un tercio de toda la producción industrial del mundo, y Estados Unidos, que tiene el 60% del mercado financiero mundial y lo domina con el dólar. Geopolíticamente, los europeos pintamos poco: no hemos tenido ningún papel en la crisis de Oriente Medio, con Ucrania dependemos de Estados Unidos y en la confrontación tecnológica entre China y Estados Unidos somos una variable de ajuste.

¿Y puede Europa seguir asumiendo el papel de regulador? 

Siempre hemos presumido, y es verdad que teníamos, el poder blando —soft power— del regulador. Desarrollabas tus propios estándares cuando tenías capacidad de influir, porque generabas un avance tecnológico; no vas a regular siempre lo que hacen los demás, porque los demás inventan sus propios estándares. Ahora, por ejemplo, toda la regulación que hicimos sobre las big tech no la podemos aplicar, porque Trump nos ha advertido que si la aplicamos, habrá represalias. 

Josep Borrell

 

La historia de la humanidad es la historia de las migraciones. ¿Cómo se puede armonizar el principio de solidaridad europeo con la complejidad de la realidad política y social?

Para los europeos, es uno de los grandes shocks a los que nos enfrentamos. No le llamemos shock de inmigración, sino demográfico. Lo primero que sufrimos es un invierno demográfico del que no somos conscientes. La perspectiva a corto plazo es una población muy envejecida que no tiene reposición generacional —las tasas de fecundidad han caído— y que necesita la aportación de fuerza de trabajo exterior, que cuando pasa de un cierto porcentaje genera resistencias identitarias. Ese shock es menos grave en España, porque tenemos una inmigración latinoamericana más fácil de migrar —desde el punto de vista cultural, idiomático, religioso—. Hay lugares, como Francia, que tienen problemas difíciles de contener, porque la integración se hace más difícil. Eso se manifiesta en partidos políticos que basan su discurso en el rechazo a la inmigración. Hay un gradiente, una fuerza que genera movimiento entre Europa y África [y otras partes del mundo]. Hay una corriente humana mucho más joven y pobre que nosotros, con una vida más difícil, para los que somos un polo de atracción. Y al mismo tiempo los necesitamos. La solución teórica es acabar con el gradiente, que puedan desarrollarse en casa y no tengan que venir aquí, pero eso resuelve una parte del problema; no la otra: nosotros mismos. Tenemos que combinar mayores tasas de fertilidad con una mayor tasa de desarrollo en origen y para eso hacen falta al menos un par de generaciones. 

«Siempre ha sido así: quien domina la tecnología impone las relaciones de poder»

La defensa es otro shock para Europa.

De repente percibimos que tenemos un problema de seguridad y defensa y nos damos cuenta de eso por dos razones. La primera es que la amenaza existencial que representa Rusia ha puesto claramente de manifiesto que ahora tenemos un enemigo. Y la segunda es que el amigo protector, Estados Unidos, parece que ya no es ni tan amigo ni tan protector. Nos hemos dado cuenta de que somos un protectorado militar de Estados Unidos. El que nos protege nos dice que se ha cansado de hacerlo, que como mínimo vamos a tener que pagar por su protección. Y quizá a lo mejor ni siquiera le interesa porque tiene que dedicar sus recursos a otros frentes, como el Indo-Pacífico. Tenemos que ver si somos capaces de independizarnos y de tener nuestras propias capacidades defensivas o si nos convertimos en vasallos felices. 

¿Qué es más inteligente, más práctico en el corto o medio plazo?

Va por zonas. Francia desde los tiempos de De Gaulle ha dejado claro que no quiere ser un vasallo. Quiere ser independiente de Estados Unidos. De Gaulle ya lo decía: algún día los americanos se irán de Europa y entonces nos encontraremos solos y tendremos que responder con nuestras propias capacidades. Francia siempre ha hablado de la autonomía estratégica. Otros, los del Este, que tienen el enemigo más cerca y lo han sufrido —los bálticos son el prototipo—, no creen que podamos construir esta capacidad autónoma. Sustituir la protección militar americana es la tarea de una generación; no se puede hacer en un ciclo presupuestario o dos. Y, en caso de querer hacerlo, habría que decidir cómo. ¿Reforzando la utopía del ejército europeo? Todo el mundo entiende que sería más económico tener un solo ejército que veintisiete. A corto plazo, eso no es una solución, porque el ejército es la última expresión de la soberanía, de la independencia nacional. Además, tener un solo ejército plantea otra cuestión: cuál es la estructura de mando y control. La única solución a corto plazo es hacer que los ejércitos sean interoperables: cada uno tiene el suyo, pero todos pueden trabajar juntos. Eso es lo que hace la OTAN. 

¿Cuál cree usted que debe ser la aportación española a la OTAN?

El 5% es una imposición arbitraria de Trump que no tiene ningún sustento lógico. Tú te has comprometido con la OTAN a aportar unas ciertas capacidades; si estas te cuestan el 5% o el 2% es tu problema. Tienes que poner a disposición de la OTAN tus capacidades militares. Aportar no quiere decir tenerlos en el cuartel esperando, sino hacerlos interoperables con otros ejércitos. No tiene mucho sentido exigir que a todo el mundo le cueste lo mismo. Hungría, por ejemplo, no tiene mar y por lo tanto tampoco armada; le cuesta menos. Hay que garantizar la aportación a la OTAN. España dice que con el 2% lo puede hacer; a mí me parece escaso, pero el 5% me resulta excesivo. 

«El invierno demográfico es uno de los grandes shocks a los que se enfrenta Europa»

¿Puede aún Europa ayudar a Ucrania a vencer a Rusia? 

La ayudamos más que Estados Unidos. Trump dice que ellos han aportado 300.000 millones y nosotros 100.000. Es falso. El total de ayuda civil y militar europea a Ucrania es superior a la de Estados Unidos. Sin nuestra ayuda no  podrían seguir y sin la americana tampoco. El problema es saber si nosotros podemos sustituir la americana. De alguna manera, esa cuestión ya se plantea, porque Trump nos dice que compremos, que él no da. Hasta ahora, la ayuda americana era una donación. Es un cambio radical. ¿Quiere decir eso que los europeos podemos pagar a Estados Unidos lo mismo que Estados Unidos daba a Ucrania? Está por ver si los europeos quieren sustituir la ayuda militar norteamericana a Ucrania pagando por ello.

Europa impulsaba el Pacto Verde al mismo tiempo que le compraba gas a un dictador. ¿Cómo opina del paso del Green Deal al Clean Industrial Deal?

 Von der Layen hizo del Pacto Verde y de la transformación digital los dos ejes. Dijo que el Pacto Verde es en sí mismo una estrategia de desarrollo industrial. Ahora, el discurso es que las exigencias de ese pacto limitan la competitividad. Es decir, ya no es un instrumento de desarrollo industrial, porque es una restricción que limita la competitividad, por lo que hay que bajar los límites, las exigencias. De ahí todas esas leyes ómnibus de desregulación. Algunos sectores temen que vayamos tan lejos en la desregulación que retrocedamos en las exigencias que habíamos planteado.

Y usted, ¿cree que los objetivos medioambientales que se firmaron en París están cada vez más lejos de cumplirse?

Veo que el consumo de energía carbonada sigue subiendo. Hay una gran expansión de las renovables, pero eso no hace que disminuya la producción de energía sobre fuentes carbonadas. Aumenta porque hay una gran demanda de energía. No estamos reduciendo las emisiones globales. Aunque suprimiéramos mañana todas las emisiones de CO2 con origen en Europa, el problema seguirá siendo el mismo. La discusión se plantea el términos de «ustedes transfieren fuera la generación de emisiones; producen fuera y consumen dentro». Habría que ver no tanto las emisiones producidas por área geográfica, sino las emisiones consumidas; es decir cuánta emisión se produce para satisfacer la demanda. Lo importante no es el flujo actual, sino el stock acumulado. Europa está reduciendo sus ambiciones no estrictamente en términos de emisiones, sino de todas las regulaciones.

Hablemos de Gaza. Más de dos años después y pese al acuerdo de paz alcanzado entre Estados Unidos e Israel, la situación parece de lo más inestable.

Primero, no es un acuerdo de paz, porque la paz la hacen los que están en guerra y ese acuerdo lo han hecho Netanyahu y Trump, que no están en guerra. Como mucho es un alto el fuego y ni eso, porque desde que se acordó ha habido casi 300 muertos en el lado palestino. Más que el acuerdo, la cuestión es el voto en la Asamblea General de las Naciones Unidas, donde Rusia y China se han abstenido, porque saben que de momento no hay nada mejor y no pueden oponerse,  y los europeos hemos seguido la propuesta de Trump. Europa tiene poca influencia política, porque estamos divididos: unos países diciendo que lo que está haciendo Israel es un genocidio y otros dándole armas para que continúe haciéndolo. Europa no ha tenido ninguna influencia. Quien la ha tenido ha sido Trump. El problema es quién es Europa, con quién se sientan. ¿Con la presidente de la Comisión? No tiene competencias en política exterior. ¿Con el presidente del Consejo? Representa a un consejo que está dividido. 

«Las coaliciones entre democristianos y socialdemócratas son posibles en Alemania. En España, no»

Usted estuvo 14 años en altos cargos del gobierno español, ¿cómo ve la situación política en España?

Extraordinariamente polarizada. El sistema democrático se esteriliza en sí mismo en la medida en que no hay un debate en las Cortes que permita identificar propuestas; es todo un barrizal de insultos y griterío. Cuando la oposición dice que no a todo sistemáticamente y el gobierno tampoco es capaz ni siquiera de proponer un presupuesto —no ya de aprobarlo—, el sistema democrático está paralizado. Los presupuestos se tienen que presentar. Por una parte, hay previsiones constitucionales que no se cumplen y, por otra, hay una oposición que parece que su única arma es el desprestigio del contrario. El Partido Popular y Vox tienen una parte muy importante de la responsabilidad, porque la degradación del debate político no conduce a nada. 

¿Envidia las coaliciones de gobierno entre democristianos y socialdemócratas que se dan en Alemania?

Eso es posible en Alemania, no aquí. Al gran partido que fue de centro-derecha le ha salido un competidor a su derecha y su única solución, parece ser, es gobernar con él, porque no tiene una mayoría absoluta. Por el otro lado, parece que la única solución [del Gobierno] es gobernar con pequeños partidos a la izquierda más los independentistas, que son unos socios por definición improbables, que dicen que no les importa la gobernabilidad de España. Esa polarización de las opciones es lo que caracteriza una política española muy bipolar. Quizás a todos nos asuste un gobierno de PP más Vox, pero la experiencia de un Gobierno que depende de los independentistas y de pequeños partidos a su izquierda, tampoco parece que sea una solución muy eficiente. Un gobierno que no es capaz de aprobar los presupuestos tiene una falla de base.

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