Mercado de valores
Ya no hay valores, hay competencias: la verdad solo importa si resulta rentable, la belleza si genera un impacto y sirve para mejorar la marca personal e institucional.
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Quienes defienden intereses exclusivamente económicos o políticos ya no se ven obligados a cuestionar ciertos valores; basta con traducirlos al lenguaje de la rentabilidad. No hay por qué acabar con el Bien, la Verdad, la Justicia y la Belleza; es suficiente con degradarlos a eficaces herramientas de gestión.
A mediados de los años 60, Herbert Marcuse se refirió al concepto de «tolerancia represiva». Con él aludía a la habilidad del poder institucionalizado para ejercer su dominio mediante una idílica y premeditada horizontalidad, es decir, a través de un anestésico estado que, una vez instaurado, decreta, por un lado, la incapacidad de la ciudadanía para cambiar el rumbo de una cultura determinada y, por otro, asimila o deglute cualquier signo de disidencia gracias a un doble mecanismo de permisividad calculada y un melifluo simulacro de bienestar. De este modo, la sociedad se desenvuelve en un grotesco teatro en cuyo escenario no existen auténticas virtudes ni valores; únicamente adquieren relevancia ciertas aptitudes, destrezas y competencias que el propio sistema productivo pone a disposición de los individuos para que estos intenten medrar mientras, al mismo tiempo, alimentan las fauces de un devorador engranaje que también los devora a ellos. Todo un mercado de valores.
Arriba, en la escena, la ciudadanía intenta bregar mientras, abajo, empresarios, políticos y dueños de medios de comunicación observan y ríen a carcajadas a sabiendas de que los sujetos-actores juegan un juego cuyas reglas desconocen. Todo ello servido bajo una cosmética docilidad gracias a adláteres como los coaches corporativos, los gurús del bienestar emocional o los chamanes de la motivación. Cualquier crítica a lo establecido se muestra como una falta de inteligencia emocional y la queja se presenta como síntoma de una personalidad inmadura incapaz de adaptarse a las circunstancias. Así pues, el malestar o el sufrimiento son considerados como cuestiones que pueden y deben dirimirse en el campo de la gestión emocional individual, una estrategia mediante la cual los sujetos quedan aislados e incapaces de vertebrar comunidad.
Esta deliberada manipulación sistémica de nuestros afectos resulta muy eficaz porque no destruye los valores; los coloniza hasta fagocitarlos al servicio de diversos intereses. Por ejemplo, el Bien deja de justificarse por sí mismo hasta transformarse en un instrumento para alcanzar una mayor productividad (si eres amable y bueno con tus compañeros, la cultura empresarial ganará con ello al generar equipos «felices» y orgullosos de sí mismos); se fomenta la empatía como un instrumento para trenzar un buen clima laboral (la empatía deja de ser una disposición de cooperación y solidaridad hacia el otro para transformarse en estrategia de liderazgo); la creatividad fomenta la innovación (y por tanto la capacidad de generar nuevos nichos de mercado); la contemplación y la pausa reducen el estrés y optimizan el rendimiento (pongamos talleres de mindfulness y coaching empresarial a los empleados, así se gestionarán más eficazmente). Ya no hay valores, hay competencias: la verdad solo importa si resulta rentable, la belleza si genera un impacto y sirve para mejorar la marca personal e institucional. Es decir, primero se colonizan los valores…
… y después se transforman en métricas. El Bien, la Verdad, la Justicia o la Belleza han sido sustituidos por indicadores. Desde antiguo, en Occidente y Oriente, la filosofía se ha preguntado por los goznes que sostienen una vida buena; ahora nos interrogamos por los signos (cosméticos) que garantizan un correcto desempeño, un óptimo rendimiento. Los KPI, los llamados indicadores clave de rendimiento (Key Perfomance Indicator) se enseñorean como los nuevos baluartes de una cultura incapaz de reconocer todo cuanto no puede medirse. Nos sostienen números y datos cuyo valor ha sido estipulado por la mercadotecnia e intereses financieros y políticos. Todo aquello que escapa a la lógica del dato (amistad, amor, contemplación, reflexión, arte, búsqueda desinteresada de conocimiento, silencio) se considera superfluo o, mejor aún, es absorbido por la dinámica empresarial: lo bueno es usado en nombre de la productividad. Queda abducido por el mercado de valores.
El Bien, la Verdad, la Justicia o la Belleza han sido sustituidos por indicadores
En paralelo, se nos insta permanentemente a aceptar renuncias en nombre de lo eficaz y lo útil: constante disponibilidad, mayor flexibilidad, continua adaptación, moderación salarial, aceptación de la incertidumbre, inagotable formación continua o, la más célebre de todas estas virtudes cosméticas, se nos exige resiliencia. Desde la política institucional se nos demanda esfuerzo colectivo para salir adelante como sociedad, mientras los beneficios se privatizan en cada vez menos manos y, con ello, crece la capacidad de los poderes económicos para monopolizar las decisiones. El individuo, en el escenario del mundo, debe permanecer en continua lucha para producir una riqueza que nunca acaba por redundar en su día a día.
En este proceso, la administración de los afectos adquiere un papel central. La emotiocracia es un dispositivo de control que se alimenta mediante melifluos discursos sobre la positividad y la felicidad mientras, con ello y a la vez, es secuestrado el papel de ciertas emociones que son catalogadas como poco maduras, indignas o estúpidas: la compasión ante el sufrimiento ajeno (y que moviliza a la acción), la indignación que no gira la cabeza ante la injusticia, la rabia ante un desfalco o corrupción de algún cargo político o la pujante (y nada ingenua) esperanza que nace de un proyecto compartido. La incapacidad para el enfado es directamente proporcional a la docilidad ciudadana.
Así ha acabado por erigirse un sofisticado dispositivo emocional de dominación afectiva que he denunciado en numerosas ocasiones y al que he llamado en otros lugares «industria del consuelo»: soporta con una sonrisa y resiliencia las condiciones que provocan el sufrimiento, pero nunca preguntes por sus causas. Quien se moviliza por un «contra-afecto» corre el riesgo de ser catalogado como paria, resentido o, sencillamente, como alguien que no ha sabido adaptarse a las inmensas oportunidades para prosperar que nos brinda el sistema productivo: recuerda, si no tienes éxito es porque no quieres. Y si fracasas, no lo olvides, será también porque así lo has querido. Acepta, reinvéntate, fluye, adáptate –mientras la precarización de la existencia, la inseguridad material, el encarecimiento de los alimentos, la desigualdad, la merma de los vínculos significativos, la colonización digital de nuestras vidas o el sentimiento de soledad aumentan sin cesar–. Es de este modo como la más ramplona resignación, que no es estoicismo (pues el estoicismo busca entender los resortes por los que el mundo es movido), campa a sus anchas y adquiere un amabilísimo semblante: «resignarse es de sabios», nos dice el coach empresarial. Es por eso que, en este panorama, el optimismo más dulzón se convierte en un imperativo: porque si no, sencillamente, sucumbes. No somos optimistas porque lo elijamos; lo somos por supervivencia. Y está bien que así sea.
Quisiera acabar con una llamada a una inteligente disidencia. A una insurgencia educativa: en las familias, en las aulas. Ante esta progresiva colonización del lenguaje ético y de los afectos por parte del sistema productivo, el campo educativo sigue representando uno de los escasos espacios y (contra)tiempos capaces de interrumpir la lógica de la rentabilidad. Solo podrá hacerlo si no se ciñe a ser una fábrica de destrezas y habilidades para medrar (a pesar de todo y de todos). Debemos educar y enseñar para que el alumnado pueda integrarse en la sociedad, desde luego. Pero no de cualquier forma, no a cualquier precio.
En su sentido más hondo, educar significa devolver al lenguaje su espesor, hacer que las palabras vuelvan a tener importancia. Que no resulte irrelevante nuestro hablar. La escuela es el lugar donde debemos luchar denodada y desesperadamente contra la trivialización del lenguaje. Más allá de algoritmos e indicadores de rendimiento, el peso de la palabra comienza cuando da con algo que, al ser dicho, no se puede medir: el Bien, la Verdad, la Justicia, la Belleza.
Cualquier tipo de dominación comienza con la apropiación de las palabras. Más aún, cuando las palabras solo se emplean para decir lo que las cosas valen según un criterio económico o utilitario.
La imaginación, bien educada, no es solo la capacidad para inventar otros mundos. La imaginación es la potencia para negarse a llamar inevitable al mundo que habitamos. Y entonces levantar la cabeza, siempre adelante, sin olvidar que en la senda podemos ser en otras vidas el agua o la sed, y caminar por la asíntota del Bien, la Verdad, la Justicia y la Belleza.
El futuro será de quienes conserven y luchen por la capacidad para nombrar todo cuanto no puede ponerse a la venta, de quienes mantengan viva la imaginación. Bien saben los poderes establecidos que todo se juega en el significado de las palabras: quien domina el significado domina con ello el horizonte de lo posible.
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