La paz de los imperios extractivos
Estados Unidos, Rusia y China se disputan energía, minerales, rutas árticas y la electricidad necesaria para dominar la inteligencia artificial. Europa corre el riesgo de convertirse en el escenario, y no en el autor, del nuevo reparto.
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La paz europea nunca fue concebida por sus fundadores como un estado natural o irreversible. Tras la Segunda Guerra Mundial, Winston Churchill pidió construir «una especie de Estados Unidos de Europa» para que sus pueblos pudieran vivir «en paz, seguridad y libertad». Robert Schuman advirtió en 1950 que «la paz mundial no podrá salvaguardarse sin esfuerzos creativos a la altura de los peligros que la amenazan». Durante la Guerra Fría, aquella paz quedó ligada también a la firmeza militar: John F. Kennedy proclamó en aquel Berlín dividido que «una paz real y duradera en Europa nunca podrá asegurarse» mientras una parte de los europeos careciera de libertad. La historia europea sugiere que la paz no se conserva declarando su deseo, sino construyendo unidad política, defendiendo la libertad y haciendo creíble el coste de romperla.
Uno de los borradores estadounidenses para la paz en Ucrania filtrados a finales de 2025 proponía reintegrar a Rusia en la economía mundial y alcanzar con Moscú un acuerdo de largo plazo para desarrollar conjuntamente energía, recursos naturales, infraestructuras, inteligencia artificial, centros de datos y proyectos de extracción de tierras raras en el Ártico. La enumeración resulta reveladora: la paz en Ucrania aparecía enlazada a un programa de negocios ruso-estadounidense mucho más amplio que Ucrania.
La transformación no empezó con ese borrador. El acuerdo firmado por Washington y Kiev en abril de 2025 creó un fondo conjunto de reconstrucción financiado en parte con futuros ingresos de recursos naturales. Para Ucrania, asociar capital estadounidense a su economía era una forma de mantener interesado a Donald Trump: donde ya no parecía posible conseguir una garantía militar tradicional, Kiev intentaba crear una garantía empresarial. Una inversión estadounidense en una mina, una planta energética o una industria de defensa podía adquirir el valor disuasorio que antes se atribuía a una promesa política. El propio Tesoro norteamericano presentó el fondo como una participación directa de Estados Unidos en la paz y la prosperidad futura del país.
Es una fórmula de seguridad típicamente trumpista. La estabilidad deja de justificarse mediante valores compartidos o compromisos históricos y debe demostrar que produce un rendimiento. La pregunta ya no es únicamente qué necesita Ucrania para sobrevivir, sino qué activos pueden hacer que su supervivencia resulte rentable para Estados Unidos. Un estudio publicado en Energy Research & Social Science ha descrito esta lógica como una combinación de «minerales por paz» y extractivismo, vinculándola con la política estadounidense hacia lugares tan distintos como Ucrania, Groenlandia, Canadá, Venezuela o la República Democrática del Congo.
La estabilidad deja de justificarse mediante valores compartidos o compromisos históricos y debe demostrar que produce un rendimiento
El problema es que la riqueza mineral de Ucrania ha sido exagerada. Existen recursos de titanio, grafito, uranio y posiblemente litio y tierras raras, pero una parte importante procede de mapas soviéticos, carece de exploración reciente o está situada cerca de las zonas de combate. Una cosa es detectar un recurso, pero hasta convertirlo en una reserva comercialmente explotable pueden pasar muchos años. Y Ucrania no dispone actualmente de proyectos desarrollados de litio o tierras raras capaces de alterar a corto plazo el equilibrio mundial. Su valor inmediato es político: permite presentar la presencia estadounidense como una inversión estratégica y no como una obligación con un aliado.
Groenlandia es el otro mapa de esta nueva doctrina. Carla Sands, embajadora de Estados Unidos en Dinamarca durante el primer mandato de Trump, formula su versión más descarnada: «En el siglo XXI, bien China o bien Estados Unidos controlarán Groenlandia». Para Sands, Dinamarca carece de los medios para defender y desarrollar la isla. «Quien controle Groenlandia, su espacio aéreo y las aguas del Atlántico Norte, controlará la seguridad y las relaciones comerciales», sostiene.
La afirmación reduce a los groenlandeses a espectadores de una disputa entre potencias y convierte la soberanía en una cuestión de capacidad extractiva. El razonamiento es circular: quien no puede explotar rápidamente su territorio tampoco estaría capacitado para conservarlo. Sin embargo, los principales obstáculos para la minería en Groenlandia no son la propiedad danesa, sino la falta de infraestructuras, el coste de la energía, las dificultades logísticas, la regulación ambiental y la aceptación de las comunidades locales.
Groenlandia y Ucrania ocupan así posiciones diferentes dentro de una misma geografía mental. Una se encuentra entre el Atlántico y el Ártico; la otra, entre Europa y Rusia. Las dos poseen recursos cuya importancia real se mezcla con expectativas, mapas incompletos y relatos políticos. Y en ambos casos aparece la idea de que una potencia exterior puede garantizar la seguridad a cambio de obtener una presencia económica permanente.
La energía completa este triángulo. Sands sostiene que la competición tecnológica se decidirá antes en las centrales eléctricas que en los laboratorios: «En este mundo de inteligencia artificial, computación cuántica y centros de datos, para ganar tenemos que aumentar considerablemente nuestro suministro energético». Su crítica a Europa contiene una advertencia válida, aunque su conclusión –abandonar o debilitar la política climática– sea discutible. La demanda eléctrica de los centros de datos europeos podría pasar de unos 96 teravatios hora en 2024 a 236 en 2035. Sin redes, generación estable y permisos más rápidos, Europa difícilmente podrá desarrollar una industria propia de inteligencia artificial a gran escala. Pero seguramente la vulnerabilidad europea no procede solamente de producir menos petróleo o gas. El continente importa buena parte de la energía y de los minerales que consume, pero también depende de otros países para procesarlos. China controla alrededor del 60% de la extracción de tierras raras utilizadas en imanes, más del 90% de su refinado y cerca del 95% de la fabricación de imanes permanentes.
«El petróleo anestesia el pensamiento, enturbia la visión y corrompe», escribió Ryszard Kapuściński
«Si logramos que China deje de apoyar a Rusia, la guerra en Ucrania puede terminar rápidamente», afirma Sands. Pensar que terminaría «mañana» resulta excesivo: Rusia dispone de recursos propios, capacidad industrial y voluntad política para continuar la guerra. Pero la frase identifica una realidad esencial. La presión económica verdaderamente decisiva sobre Moscú no depende únicamente de las sanciones europeas, sino de la disposición de Pekín a limitar el oxígeno comercial y tecnológico que recibe Rusia.
«El petróleo anestesia el pensamiento, enturbia la visión y corrompe», escribió Ryszard Kapuściński en su obra El Sha. Las frivolidades sobre Groenlandia pueden ser mañana un relativismo sobre la titularidad de las Canarias. ¿Dónde queda Europa en medio de esta codicia armada? La respuesta europea no debería consistir en imitar el imperialismo territorial ni en renunciar a la transición energética. Necesita convertir su enorme poder regulatorio y comercial en capacidad material: con electricidad abundante, unas redes interconectadas, procesamiento de minerales, defensa propia y acuerdos de suministro que no reproduzcan relaciones coloniales. La reciente decisión de Suecia de declarar la minería de metales críticos un interés de seguridad nacional muestra que el cambio ya ha comenzado. Pero la conciencia ecológica debe seguir siendo una bandera europea no solo al hablar sino al actuar.
Joseph Conrad dejó escrito en su obra El corazón de las tinieblas: «La conquista de la tierra no es una cosa hermosa cuando se la mira demasiado de cerca». La paz extractiva puede detener los disparos durante un tiempo. También puede consagrar esferas de influencia, premiar la conquista y convertir a los países pequeños en activos dentro del balance de las grandes potencias. Pero Europa deberá decidir si acepta ese reparto o si construye una paz distinta: no una paz basada en quién controla el yacimiento, sino en quién protege la frontera y reconoce el derecho de quienes viven sobre él. Lo contrario es la frase que se atribuye habitualmente a Georges Clemenceau durante la Primera Guerra Mundial cuando le pidió urgentemente combustible a Woodrow Wilson: «Una gota de petróleo vale una gota de sangre».
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