Demasiado joven, demasiado vieja
La edad perjudica a las mujeres desde que entran por primera vez por la puerta de una empresa como becarias hasta el ansiado día de la jubilación. Ellas nunca tienen la edad perfecta. Primero, son infantilizadas y menospreciadas por ser demasiado jóvenes. Por ser unas «niñas» con entusiasmo, con ganas de trabajar y con capacidad de liderazgo. Penalizadas por destacar, por tener ambición o talento. Así que se tienen que esforzar el doble.
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Mujer. 35 años. Currículum impecable. También, madre de dos hijos. Profesional de éxito, con talento, una carrera envidiable y más criterio del que le suelen reconocer, pero, ¡oh sorpresa!, a veces, en la oficina, la tratan como a una niña. Ocurre en reuniones importantes con señores que siempre parecen tener las cosas muy claras.
Esta mujer de la que os hablo lo ha acabado normalizando por supervivencia, pero habla al doble de velocidad que sus compañeros. Clara, práctica, directa, sin divagar. Quizás porque teme ser infantilizada. Porque siente que su tiempo no es tan importante como el de esos hombres con traje. O porque piensa que al sintetizar lo más rápido posible todas las ideas tiene menos probabilidad de que la interrumpan.
Esta mujer son muchas mujeres. Y lo que le ocurre lo sufren diariamente miles de profesionales en sus empresas. No es ficción ni cuestión de percepción. Es una realidad. Están en su mejor momento vital y laboral. Tienen conocimientos, experiencia y energía, pero soportan el peso de un patrón estudiado en el informe Women in the Workplace de la consultora McKinsey & Company del 2024.
Las microagresiones más comunes son ser interrumpidas con mayor frecuencia o recibir más comentarios sobre su apariencia física o estado emocional
Un patrón que se traduce en microagresiones que ellas padecen el doble que los hombres y que, por repetición o acumulación, acaban minando su desarrollo profesional. Las más comunes son ser interrumpidas con mayor frecuencia, poner en duda su criterio con mayor regularidad, recibir más comentarios sobre su apariencia física o estado emocional y ser confundidas con un perfil más junior, es decir, aniñarlas. Quitarles mérito y poder.
Es precisamente cuando las mujeres alcanzan cuotas de poder, ya sea puestos de responsabilidad o espacios de influencia, cuando más queda en evidencia que no juegan con las mismas reglas de juego que sus congéneres. En casa, ellas siguen siendo las principales cuidadoras y todavía asumen una gestión doméstica muy superior a la de un hombre en su misma posición, según este mismo informe, pero del año pasado.
Esta asimetría genera agotamiento crónico, hartazgo y abandono profesional. Y que muchas mujeres desistan de su deseo de ascender profesionalmente. Es normal. Se sienten solas y se rinden al darse cuenta de que no merece la pena tanto sacrificio. Al descubrir que cada vez son más las compañías que retroceden en políticas de paridad y diversidad de género como consecuencia de una deriva populista reaccionaria global que amenaza con romper la mayoría de los consensos, hasta ahora blindados, de la democracia liberal.
La edad perjudica a las mujeres desde que entran por primera vez por la puerta de una empresa como becarias hasta el ansiado día de la jubilación. Ellas nunca tienen la edad perfecta. Primero, son infantilizadas y menospreciadas por ser demasiado jóvenes. Por ser unas «niñas» con entusiasmo, con ganas de trabajar y con capacidad de liderazgo. Penalizadas por destacar, por tener ambición o talento. Así que se tienen que esforzar el doble.
La maternidad sigue pasando factura a través de cargas invisibles y renuncias laborales que condicionan el futuro de sus carreras
Pasan los años, llegan los 30 y siguen siendo niñas. Llegan los 35 y siguen siendo niñas. Llegan los 40 y siguen siendo niñas. Hasta que en esa frontera entre los 40 y los 45 además de infantilizadas son apartadas. Porque ahora ya no son solo mujeres. Son también madres. Y la maternidad sigue pasando factura a través de cargas invisibles y renuncias laborales que condicionan el futuro de sus carreras.
¿Cuántos hombres, si no, se reducen la jornada? ¿Cuántos desisten de crecer laboralmente? ¿Cuántos asumen que para cuidar de sus familias tienen que bajarse el sueldo?
Es a partir de los 55 cuando llega lo peor. Pasan de ser niñas a señoras mayores. Y eso las invisibiliza, de nuevo, de los puestos de responsabilidad mientras que sus compañeros hombres, canosos y orgullosos, lideran equipos, departamentos y proyectos. Los datos lo corroboran. 6 de cada 10 mujeres afirman haber sido discriminadas laboralmente por la edad y tienen más dificultades para ser contratadas, promocionadas o cambiar de empleo que ellos, según un estudio difundido por la Asociación Española de Directivos de Recursos Humanos.
La edad no es solo un número. Es una barrera y un obstáculo. Una forma de discriminación para unas mujeres que hablamos al doble de velocidad y que soportamos prejuicios y microagresiones. ¿En qué momento dimos por bueno que solo podemos ser demasiado niñas o demasiado viejas? ¿En qué momento nos dejaron solas? La edad es perniciosa para las mujeres, pero, mientras nada cambia esta niña seguirá escribiendo.
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