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'La prisa y la espera', de María Folguera

La artista se entrega al vértigo

‘La prisa y la espera’, de María Folguera, es un libro sobre la creación que por fin habla sobre el arte. No ignora al artista, ni su lugar en la sociedad, ni su posición ambigua en el mercado, como mercancía y fuerza de trabajo al mismo tiempo, ni su siempre problemática relación con el poder y con la política, pero lo hace desde el arte y sin dejar de mirarse en el espejo histórico del arte.

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30
julio
2026

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Un buen amigo tenía una vocación literaria que le consumía vivo. Quería escribir, quería seguir los pasos de los amigos escritores que, por aquello de las afinidades electivas, había hecho con los años. El hombre tenía un trabajo. No un trabajo cualquiera, sino uno de ganar mucho dinero, dinero inverosímil. Le iba muy bien, era una estrella en lo suyo, pero lo suyo le aburría y los suyos (sus colegas) le desesperaban. Cada reunión, cada jornada, cada cena corporativa y cada triunfo eran golpes de galeote. Se sentía remero en un barco hacia las islas más aburridas del mundo, y por el ojo de buey espiaba nuestras vidas de escritores pobres, pero felices, y nos lanzaba destellos de envidia cochinísima.

Amenazaba el hombre con dejar aquello y lanzarse a la aventura de escribir, y yo no siempre le disuadía. Claro que sí —le animé una vez—, debes de tener pasta ahorrada para alimentar a una provincia entera, date el lujo, prueba suerte, tírate a esta piscina de agua escasa, fangosa y llena de cocodrilos que es la literatura.

El amigo me miró melancólico y dijo: «¿Y si no valgo?». Guardé silencio para que se explicara. «¿Y si lo dejo todo, me pongo a escribir y resulta que me sale una mierda, que no sirvo para esto?». En vez de responder, le di un trago a la copa. «No —se desdijo él mismo, pues yo estaba allí solo como apoyo a su monólogo—, es mejor creer que uno no puede ser escritor porque la vida no le ha dejado. Es mejor echarle la culpa al trabajo y a las circunstancias. No soportaría descubrir que no tengo nada que decir».

Así se consuelan muchos. También he visto a otros esmerarse en el grosero arte del autoboicot: la vida les concede lo que anhelaban —una oferta editorial, un trabajo creativo en la industria cultural o en los medios de comunicación—, y justo entonces, empiezan a fracasar. El talento que habían demostrado antes y que los ha llevado hasta allí se esfuma de pronto. Los elocuentes tartamudean, los listos se vuelven tontos, a algunos se les olvida cómo escribir. Tras un par de oportunidades en las que hacen el ridículo, suelen desaparecer discretamente, como en un fundido a negro.

María Folguera es una de esas personas raras que deja un trabajo para entregarse a la literatura

Es un fenómeno fascinante, parecido a los ataques de pánico que algunos actores sufren minutos antes de salir a escena. Se ven solos ante el mundo. De pronto, todas las excusas y las constricciones han desaparecido. Nada les impide ejecutar su arte, crear, expresarse a lo grande. Tienen los medios y tienen la atención. Y entonces se rompen. No soportan la soledad, verse expuestos sin nada ni nadie a quien culpar de lo que pueda salir mal.

Es normal que se autoboicoteen. Es normal que corran asustados, que se encierren en el baño, como las novias en las bodas de las comedias románticas. Lo anormal es seguir adelante. Lo razonable es guardar la ropa antes de nadar, asegurarse un sueldillo y jugar a ser artista los fines de semana y algunas tardes. Lo raro es tomar aire y decir: vamos a por ello, consciente de que la vida elegida no admite medias tintas, que es todo o nada. Y saltar al vacío de la creación, de donde a menudo no hay vuelta posible.

María Folguera es una de esas personas raras que deja un trabajo (un trabajo creativo y vocacional donde se había ganado un prestigio grande, dirigiendo un teatro, no es Kafka en el despacho de la aseguradora de Praga) para entregarse a la literatura. Y ha sentido el vértigo que todos sentimos al principio y que nunca se va del todo, e incluso reaparece a lo bestia con cada libro nuevo, cada vez que vuelves a probarte y tienes que demostrarte a ti mismo que merece la pena. Folguera se ha plantado ahí, al borde de ese precipicio existencial, y ante la amenaza de la parálisis o la caída, ha contenido la respiración antes del suspiro y nos ha escrito un ensayo delicado y portentoso que explora como pocos el misterio de la creación.

Los escritores escriben sobre su vida, sobre sus lecturas, sobre otros escritores, sobre las miserias cotidianas del mundo literario y sobre sus problemas laborales y profesionales, pero muy pocas veces sobre la creación en sí. En esa bibliografía masoquista del escritor que reclama caricias de cachorro abandonado en la perrera falta lo esencial: el arte, qué es y por qué lo hacemos. Leo algunos ensayos que se publican sobre la precariedad del artista, sobre la explotación de las clases creativas y sobre las frivolidades de la industria editorial y me aburro como se aburría mi amigo escuchando chismes corporativos en una cena de empresa. ¿Es que a nadie le importa la literatura? A veces siento que muchos colegas están más preocupados por la burocracia de las becas ministeriales o las exenciones fiscales que por la posibilidad de escribir un buen libro.

La prisa y la espera, de María Folguera, es un libro sobre la creación que por fin habla sobre el arte. No ignora al artista, ni su lugar en la sociedad, ni su posición ambigua en el mercado, como mercancía y fuerza de trabajo al mismo tiempo, ni su siempre problemática relación con el poder y con la política, pero lo hace desde el arte y sin dejar de mirarse en el espejo histórico del arte.

Los escritores escriben sobre su vida, sobre sus lecturas, sobre otros escritores, pero muy pocas veces sobre la creación en sí

Así, empieza mirando Las hilanderas de Velázquez, con un análisis tan personal como sutil y brillante, en el que el artista se presenta como problema para sí mismo y para su obra. Dice Folguera que Velázquez quiere contarnos todo el proceso de la creación recurriendo al mito de Aracne, que también disecciona e interpreta como una alegoría de la imposible armonía entre el arte y el poder. Ambos se necesitan, pero el poder nunca va a tolerarle ciertas cosas al arte, como demuestra la venganza de Atenea sobre la pobre e insolente Aracne.

El ensayo nos lleva a una pelea entre Cronos y Kairós. La prisa y la espera. El artista es esclavo de Cronos (que también es Saturno, el devorador de hijos), atento a Kairós, la ocasión que hay que atrapar por los pelos. Es lo que Miguel Ángel Hernández, novelista y crítico de arte, llamó «el instante de peligro».

Esta tensión nunca se resuelve del todo, siempre lleva a otro sitio, en un movimiento perpetuo que la literatura resuelve en la ambigüedad. Tras cerrar el libro de Folguera sentí la necesidad de volver a otro gran ensayo sobre la creación, El arte de la novela, de Milan Kundera, y allí encontré subrayado por mí hace no sé cuánto: «El espíritu de la novela es el espíritu de la complejidad. Cada novela dice al lector: ‘Las cosas son más complicadas de lo que tú crees’».

Siento una correspondencia entre Kundera y Folguera, una necesidad de superar el vértigo de la creación encomendándose a lo ambiguo y lo complejo.

También siento una correspondencia conmigo. Me he reconocido en los temblores y fricciones de la autora. «¿No escuchas, al pasar cada página, la fricción? —escribe Folguera—. Estas palabras están pinzadas entre mis dientes». Esto se escribe al final, cuando se ha narrado el efecto que el vértigo creativo deja en el cuerpo, un rastro físico de lesiones y dolores que cualquiera que se haya entregado a esto ha sentido, y que no tienen que ver con el túnel carpiano ni con el sedentarismo ni con la escoliosis. No son enfermedades profesionales, sino devastaciones físicas de la soledad que uno se impone, efectos muy difíciles de contar a un médico, o incluso a un amigo.

Folguera —que es una dramaturga soberbia, una adaptadora de clásicos y de novelas magistral: si tropiezan con su nombre en los créditos de una obra de teatro, corran a verla, gozarán a rabiar de su inteligencia, de su elegancia e, incluso, de su humor— ha escrito el ensayo que devuelve el arte a su sitio, liberado de frivolidades, de burocracias y de lágrimas de cocodrilo.

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