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Gentrificación y/o nostalgia

Llamamos gentrificación a muchas cosas y una de ellas es el miedo a una ciudad que se nos escapa, que ya no reconocemos, que no hace otra cosa sino seguir el curso natural de su existencia.

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27
enero
2026

Madrid es eso que sucede mientras estás ocupado haciendo otras cosas: vivir, trabajar, enamorarte un par de veces y pagar facturas, muchas facturas. No conozco, al menos en España, una ciudad más inaprensible, precisamente porque nada ni nadie es de Madrid ni la ciudad se hizo con otro propósito que no sea el de albergar gente, cada una de su padre y de su madre. Todo ese teatro de operaciones, con su comedia humana asociada, se renueva cada X años. Por eso a Madrid le importa más bien poco tu nostalgia: porque siempre está ocupada con alguien, como un amante vicioso.

Año a año, el Madrid que conocí se reduce. Buena parte de los bares en los que me emborrache ya no existen –en este caso, a Dios gracias–. Los lugares que aún siguen en pie se han gentrificado desde dentro: véase el café Comercial, tan mono y más caro. Los garitos infectos de antaño son, hogaño, cafeterías de especialidad. Hay que reservar hasta para ir al chino y en la Filmoteca las entradas se compran ya por internet. No existen la sala Barco, la antigua Central de Callao, los Vips, algunos Renoir, el Junco de la plaza de Santa Bárbara… No existe casi el café Central, inmerso en una moratoria de cierre.

El último «soldado» en caer es la librería Tipos Infames. Llegué a Madrid casi al mismo tiempo en que abrió este negocio, hace unos 15 años, así que es como si las campanas sonarán por mí. Alegan los dueños que la «gentrificación» y el «puto capitalismo» les obligan a echar la persiana. Y lo cierto es que la gentrificación ya eran ellos, como lo somos todos quienes ocupamos el lugar del que estuvo antes, trayendo nuevas formas de vida, con un aporte superior de dinero.

Lo que sucede es que la de Tipos Infames fue una gentrificación cuqui, antes de que todo esto nos sonara a problema gordo, a calamidad importada. Eran los años álgidos del hipsterismo y Malasaña se llenaba de barberías, de negocios geeks y tiendecitas vintage. Un gran punto de encuentro para una nueva clase media joven e ilustrada con ganas de distinguirse por el lado simbólico y cultural –hedonista, ante todo–, que lideró un proceso de suplantación semejante, con variantes, al de Chueca. Malasaña pasó a designar un estilo de vida: los jóvenes querían vivir en Malasaña y vivir Malasaña. Huelga decir que aquello disparó el alquiler de la zona y generó también amplias bolsas de estupidez. Yo, que vivía en Chamberí –el Chamberí de antes–, bajaba allí como a un parque temático, a dejarme ver y sumarme al hipsterismo imperante de manera epidérmica, sobria: apenas pantalón pitillo y a veces, con vergüenza, todos los botones hasta arriba.

En ese contexto, una librería no podía ser ya un mero contenedor de volúmenes con estanterías abigarradas y un señor desgarbado con gafas de culo de botella. De ahí que los «tipos infames», con buen instinto, añadieran al conjunto vino, pizarritas, cartelería fetén y gente guapa. Personalmente, solía quedarme en el escaparate, sin pasar adentro, porque siempre tuve una sensación intimidante, como de no estar en el ajo. Parecía una librería hecha, más que para comprar libros, para mostrarte comprándolos. Y yo siempre fui muy tímido.

Lo cierto es que la gentrificación es un proceso bastante natural de las grandes ciudades

Precisamente en esa época escuché por primera vez la palabra gentrificación. La escuché de boca de una chica de la Filmoteca, que había renunciado a vivir en Malasaña porque «se estaba gentrificando»: era una chica alta, muy bien vestida y muy politizada, que simpatizaba con los okupas del Patio Maravillas. Huyendo de la deriva del centro, se había ido a vivir a la zona de Alonso Cano y supongo que ya debe andar por Alcobendas, huyendo de lo mismo.

Intento ver esto de la gentrificación con honestidad y lo cierto es que es un proceso bastante natural de las grandes ciudades. Justo estos días leía a Josep Pla, que vino en el año 31 a narrar en prensa el advenimiento de la República. Comparaba aquel Madrid con ínfulas norteamericanas, el «estilo cataclísmico» de la Gran Vía y sus gentes de aire «deportivo y actual» que «conocen y practican el bidet» con la capital a la que llegó por primera vez en 1921: «En mis tiempos, Madrid era un pueblo de La Mancha enganchado a una ciudad residencial». Aunque no lo declara abiertamente, se deduce cierta nostalgia por aquella ciudad pacata de hace solo diez años, con sus «macetas de albahaca en el alféizar de las ventanas». El progreso, dice, se hace contra algo.

El cierre de Tipos infames ha desatado, como viene sucediendo, lágrimas y exabruptos, el hate nuestro de cada día. No estoy ni con unos ni con otros, tampoco con el mensaje de sus dueños. Me parece a mí que el fenómeno de la gentrificación es un tercio real; otro tercio, una coartada; y el último tercio, mera nostalgia. Llamamos gentrificación a muchas cosas y una de ellas es el miedo a una ciudad que se nos escapa, que ya no reconocemos, que no hace otra cosa sino seguir el curso natural de su existencia. Es Madrid siendo Madrid, ni más ni menos. Cierran las librerías «de toda la vida» –de hace 15 años–, como cerró el café Fornos en su día (1909) o esa frutería de la esquina que daba servicio a un puñado de personas hacia 2008. Cierran por muchos motivos y no todos son pérfidos señores de negro de oscuros fondos buitre ni el «puto capitalismo» que no fue óbice para que antes montaras tu negocio sobre el de otro.

Cuando llegué a Madrid, joven y con entusiasmo, me excitaba justamente el dinamismo de la capital. Me gustaba estar en un lugar impredecible, como el París de Balzac, un sitio en el cual la gente entrechocaba tratando de hacer prevalecer su destino. El pacto era ese: montarse en una atracción de feria y renunciar a pedir luego indemnización por daños. Porque Madrid es sustancialmente una ciudad que cambia, a diferencia de tantas otras que han quedado fijadas en su identidad y viven de ella como una bendición y una losa.

Sigue llegando nueva gente; en cambio, nosotros ya arrastramos biografía y un Madrid al que llamar «mi Madrid»

Lo que sucede es que a partir de cierta edad todo eso deja de hacer gracia, como mínimo tanta gracia. El Madrid vibrante y espídico se nos antoja cada vez más complicado, empieza a ser ajeno. Sigue llegando nueva gente, con otras ideas o más dinero, con el entusiasmo que ya no tenemos. En cambio, nosotros ya arrastramos biografía y un Madrid al que llamar «mi Madrid». Como Josep Pla, podemos decir eso de «en mis tiempos», que es como reconocer que se nos está yendo de las manos. De modo que llega un momento en que uno quisiera que la ciudad no cambiara tanto y Google Maps se detuviera en un pantallazo de 2011.

Así que es posible que todo esto no sea tanto la manida gentrificación –o no solo– ni que Madrid esté muriendo a pasos agigantados, desangrada por oscuros designios del capital, sino que estemos muriendo lentamente nosotros, los de entonces, y otros pasos más decididos borren nuestros pasos sobre las calles que un día fueron nuestras. Nos gentrifican como gentrificamos antes nosotros, con las mismas armas. Socavan poco a poco nuestros sitios y nuestra memoria, ocupan los bares donde besamos a mujeres que ya no nos recuerdan y son felices en nuevos negocios que nos resultan aberrantes.

Por cuestión de honor, me corresponde llorar el fin de esos lugares que conocí y frecuenté con veintipico años, como el soldado que lamenta la muerte de un compañero de armas al que quizás ni soportaba. Al fin y al cabo, hemos compartimos un rato trinchera en esta ciudad inmisericorde que ya va siendo también de otros. Una ciudad llena de ruido y energía, realmente horrible y maravillosa, en la que nadie se detiene a escucharte cuando dices «en mis tiempos…» porque las palabras se solapan con las persianas metálicas de los nuevos comercios.

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