Crítica al «pelota»
La figura del «lamebotas» prospera allí donde se castiga la capacidad crítica. La adulación sustituye el criterio por la conveniencia con el objetivo de caer mejor o ganarse a un superior.
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Cualquiera ha compartido pupitre con un «pelota». Ese que siempre intentaba caer bien a alguien que tuviera un mínimo de poder, ya fuera la profesora o la persona más popular de la clase. O el compañero de trabajo que celebra cada idea del jefe, por mala que sea, aunque contradiga lo que acababa de decir unos minutos antes. Esta adulación no tiene que ver con la amabilidad, la educación o la diplomacia. Su lógica es otra. El peloteo sustituye el criterio por la conveniencia con el objetivo de caer mejor o de ganarse a algún superior y, así, conseguir algo. Estas actitudes suelen aparecer en entornos donde el poder está muy concentrado y donde importa más aparentar tener razón que tenerla. Así, el peloteo refuerza los egos y va de un lado a otro, rebotando entre personas que necesitan una validación constante para sentirse importantes.
Estas dinámicas no son nuevas. A lo largo de la historia, se ha retratado a las personas aduladoras como «trepas» que buscan sacar ventaja de cualquier situación. «Es preferible la compañía de los cuervos a la de los aduladores, pues aquellos devoran a los muertos y estos, a los vivos». Esta frase, atribuida a Diógenes de Sinope, el Cínico, lo expresa muy bien. Desde la filosofía, las lisonjas se han entendido como un problema político y social, porque no solo degradan el carácter de quien las practica, sino que dan más poder a quien ya lo tiene.
El politólogo chileno Tomás Chuaqui señala que «la adulación es una categoría de análisis muy antigua (…) del estudio de los caracteres humanos, y sin excepción, siempre con una connotación negativa y hasta ridícula». No es casual que haya ocupado un lugar destacado desde la Grecia clásica. En los textos de Platón y Aristóteles, por ejemplo, se asocia con el halago interesado del pueblo y con la deriva demagógica de la democracia y la degeneración del discurso político.
Diógenes de Sinope decía que «es preferible la compañía de los cuervos a la de los aduladores»
También la adulación ocupa un lugar importante en el pensamiento político de John Locke. «Para Locke, la adulación proviene de agentes ilustrados que incitan a los aspirantes al poder recurriendo al orgullo que típicamente los caracteriza», afirma Chuaqui. A Locke le preocupaba la concentración del poder y defendía que un régimen legítimo es aquel en el que los poderes están limitados y distribuidos. En ese marco, la adulación no solo exagera o inventa virtudes para obtener ventaja, sino que también alimenta el orgullo de quien aspira al poder. Por eso, estas conductas pueden llegar a poner en riesgo cualquier sistema político basado en los límites al poder.
Si bien nuestro sistema cuenta con estrategias para limitar los poderes, no resulta complicado pensar en algún que otro líder político que, a pesar de sus ideas o comentarios absurdos, siempre cuente con un círculo cercano dispuesto a aplaudirle y reírle las gracias. Pero no sucede solo en política. El peloteo tiene consecuencias en cualquier entorno profesional en el que una crítica a un superior puede considerarse un ataque personal.
Cuando las decisiones importantes se toman sin que haya una conversación honesta, el talento crítico aprende que discrepar puede tener un coste personal y profesional muy alto. Por eso, el peloteo acaba creando entornos laborales mediocres y tóxicos. Las organizaciones que fomentan culturas donde las personas pueden hablar con franqueza logran mejores resultados estratégicos.
Estudios en recursos humanos llevan años mostrando que los equipos en los que no se penaliza expresar dudas o desacuerdos obtienen mejores resultados, innovan más y detectan antes los errores. En cambio, cuando la crítica se interpreta como una deslealtad, la calidad del trabajo se empobrece. Por ejemplo, según la Global Workforce Hopes and Fears Survey 2025 de PwC, las personas que experimentan mayores niveles de seguridad en el trabajo —es decir, que sienten libertad para expresarse, proponer ideas y aprender de los errores— están hasta en un 72% más motivadas que quienes no perciben ese tipo de ambiente. La apertura al diálogo y la crítica constructiva no solo mejora la cultura, sino también el compromiso y la motivación de la plantilla.
Aunque parezca que adular a los jefes es beneficioso, el peloteo acaba creando entornos laborales mediocres y tóxicos
Desde fuera, las adulaciones son fácilmente reconocibles. Sin embargo, parece que entre quien hace la pelota y quien recibe los halagos se retroalimentan. El poder inseguro es terreno fértil para el peloteo. Quien duda de su legitimidad o de su competencia tiende a rodearse de espejos complacientes. El elogio constante reduce el conflicto y ofrece la ilusión de consenso. Pero ese consenso es frágil y, sobre todo, falso.
¿Qué sustenta estas dinámicas? A cualquiera le gusta recibir un halago y las redes sociales han explotado esa inclinación natural: nos han acostumbrado al «me gusta», al aplauso inmediato, a la validación constante. Y la inteligencia artificial también lo sabe muy bien. «Aunque los chatbots de inteligencia artificial prometen respuestas detalladas y personalizadas, también ofrecen validación a la carta: la posibilidad de sentirse visto, comprendido y aceptado al instante», afirma Simar Bajaj en un artículo de The New York Times, en el que recomienda no olvidar que ChatGPT está diseñado para adularnos. Ahora, quien no cuenta con un coro de «pelotas» siempre puede recurrir a la inteligencia artificial para reforzar su ego. Precisamente por eso, resulta cada vez más necesario preservar la capacidad crítica y, al mismo tiempo, la disposición a escuchar opiniones que no nos den la razón.
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