La muerte del ayatolá y el temblor del tablero
El debilitamiento del eje chií entusiasma en silencio a los gobiernos suníes, inquieta a Rusia y China y coloca a Occidente ante un dilema moral que trasciende a Teherán.
Artículo
Si quieres apoyar el periodismo de calidad y comprometido puedes hacerte socio de Ethic y recibir en tu casa los 4 números en papel que editamos al año a partir de una cuota mínima de 30 euros, (IVA y gastos de envío a ESPAÑA incluidos).
COLABORA2026
Artículo
La muerte de Alí Jamenei no clausura una historia, pero trastorna el tablero medioriental hasta preguntarnos si el magnicidio cohesiona una sociedad que estaba dividida o si, al contrario, acelera la agonía de la teocracia. Durante casi medio siglo, la República Islámica convirtió la animadversión hacia Israel y Estados Unidos en la argamasa de su legitimidad revolucionaria. No era solo un régimen clerical, sino una pedagogía de resistencia, una identidad construida contra el recuerdo del sah respaldado por Washington, una promesa de dignidad frente a la humillación exterior. Jamenei personificó esa narrativa hasta el extremo de hacerla indistinguible de su figura. Eliminarlo no significa eliminarla.
La tentación occidental consiste en interpretar el ataque como una operación de higiene geopolítica. Se ha neutralizado al arquitecto de un programa nuclear que avanzaba hacia el umbral militar mientras mantenía la ambigüedad como escudo diplomático. Se ha golpeado el cerebro de una red que financiaba y armaba a Hezbolá, sostenía a Hamás, alentaba a los hutíes y proyectaba influencia en Irak y Siria. El mensaje resulta inequívoco: la perseverancia iraní en la disuasión nuclear tenía un límite y ese límite se ha cruzado.
Pero la legitimidad de esa misma linde no puede examinarse únicamente desde la eficacia militar. Si se acepta que un Estado elimine a un dirigente extranjero en nombre de la seguridad, el precedente deja de pertenecer al terreno excepcional y se instala en la normalidad estratégica. Y esa normalidad no discrimina por simpatías ideológicas. La coherencia ética exige preguntarse si el principio se mantendría inalterado cuando el objetivo no fuera un ayatolá detestado en Occidente sino un mandatario incómodo en otro eje de poder. Pongamos a Trump. O a Putin. La pregunta no pretende equiparar trayectorias, sino medir el alcance de la regla que se inaugura.
Irán no se encontraba en un momento de fortaleza interna incontestable. Las protestas de los últimos tiempos, la represión masiva, la fractura generacional y el desgaste económico habían erosionado la cohesión del régimen. Miles de muertos en episodios recientes dejaron al descubierto la distancia entre la juventud urbana y la élite clerical. Sin embargo, la agresión exterior introduce una variable que reconfigura el paisaje. El nacionalismo, incluso en sociedades profundamente divididas, posee la capacidad de suspender temporalmente el conflicto doméstico cuando la amenaza procede de fuera. Muchos iraníes que desafiaron a sus gobernantes pueden sentir que la injerencia estadounidense e israelí no representa una liberación, sino una humillación añadida. La consecuencia podría no ser la implosión inmediata del sistema, sino su reagrupamiento defensivo.
En el tablero regional, el movimiento adquiere una dimensión irresistible, precisamente porque la constelación chií que durante décadas proyectó influencia desde Teherán hasta el Mediterráneo atraviesa su momento más delicado. La caída del régimen sirio como aliado disciplinado, el debilitamiento severo de Hamás, el desgaste de Hezbolá y ahora la vulnerabilidad visible del liderazgo iraní alteran el equilibrio sectario. Los gobiernos suníes, que jamás ocultaron su desconfianza hacia la expansión iraní, observan el episodio con un pragmatismo apenas disimulado. Israel sigue siendo un actor incómodo, pero un Irán debilitado reduce la presión estratégica que durante años condicionó las políticas de Riad, El Cairo o Ankara. La rivalidad doctrinal entre suníes y chiíes, más que la retórica pública sobre Palestina, explica buena parte de ese cálculo silencioso.
La historia de Oriente Medio nos enseña que cada golpe contiene su réplica potencial
Israel emerge reforzado. Ha demostrado capacidad de penetración militar y determinación política. Puede interpretar esta coyuntura como una oportunidad histórica para consolidar su superioridad regional y redefinir el entorno de seguridad. Incluso podría sentirse en posición de negociar con los palestinos desde una fuerza inédita si su propia dinámica interna lo permitiera. Otra cuestión es que la historia de Oriente Medio nos enseña que cada golpe contiene su réplica potencial. Un adversario herido no siempre se resigna, a veces concluye que su única garantía de supervivencia consiste en acelerar el camino que pretendía recorrer con cautela.
Esa posibilidad resulta especialmente inquietante en el terreno nuclear. Si la élite iraní interpreta que la negociación no ofrece seguridad y que los acuerdos pueden ser revertidos unilateralmente, la conclusión lógica puede no ser la moderación, sino la decisión de blindarse con la capacidad disuasoria definitiva. La operación que pretendía frenar el programa podría, en un escenario extremo, convencer a los sectores más duros de que el arma nuclear no constituye una ambición ideológica, sino una necesidad existencial.
El riesgo de escalada no se limita a Teherán. Irán conserva instrumentos indirectos de presión. Milicias en Irak y Siria, capacidad de activar a Hezbolá, influencia sobre los hutíes en el mar Rojo y la amenaza latente sobre el estrecho de Ormuz, arteria esencial del comercio energético. Una ampliación del conflicto tendría efectos inmediatos en los mercados y en la estabilidad económica global. China y Rusia han condenado la ofensiva no por afinidad religiosa, sino porque cada precedente de intervención unilateral erosiona el equilibrio estratégico que consideran funcional a sus intereses. El episodio podría convertirse en un punto de fricción más amplio entre bloques.
Europa, mientras tanto, oscila entre la condena retórica y la impotencia práctica. Invoca el derecho internacional y la contención, pero su margen de maniobra depende en gran medida de decisiones adoptadas en Washington. La autonomía estratégica europea se pone a prueba precisamente cuando más se proclama. La distancia entre aspiración y capacidad vuelve a quedar expuesta.
La desaparición de Jamenei no garantiza una transición lineal hacia un modelo más moderado. Puede abrir un proceso de competencia interna entre facciones clericales y la Guardia Revolucionaria. Puede favorecer un esquema más colegiado y menos teocrático. O puede desembocar en un liderazgo aún más securitario, decidido a cerrar filas frente a la amenaza exterior. La incertidumbre no constituye un defecto del análisis; es la condición misma del momento.
Celebrar la eliminación del ayatolá como un desenlace inequívoco simplifica una realidad compleja. Las decisiones estratégicas producen efectos en cadena que raramente coinciden con las expectativas iniciales. La historia reciente ofrece ejemplos de intervenciones que prometían estabilidad y generaron ciclos prolongados de inestabilidad.
Oriente Medio entra en una fase distinta, marcada por un reequilibrio sectario, una redefinición de alianzas y un debate implícito sobre los límites del uso de la fuerza. La muerte de Jamenei altera el tablero, pero no elimina las tensiones que lo sostienen. La arquitectura de poder construida durante casi cinco décadas no desaparece bajo el impacto de un bombardeo. Se transforma, se repliega o se endurece, pero la irresponsabilidad de los actores involucrados –Trump y Netanyahu entre ellos– y el cinismo con que Putin y Xi Jinping denuncian la ferocidad castrense de Estados Unidos, sobreentienden que se ha abierto de par en par la jaula de las serpientes.
COMENTARIOS