‘Fakes’ a derecha e izquierda: entre Margarita Robles y Sara Santaolalla
Dos situaciones muy dispares han tenido lugar con un par de días de diferencia y las dos, lo que no deja de ser sorprendente, con grabación de vídeo mediante, o sea, a priori, con pruebas evidentes para mostrar la manipulación. O, dicho de otro modo, evidenciar la verdad.
Artículo
Si quieres apoyar el periodismo de calidad y comprometido puedes hacerte socio de Ethic y recibir en tu casa los 4 números en papel que editamos al año a partir de una cuota mínima de 30 euros, (IVA y gastos de envío a ESPAÑA incluidos).
COLABORA2026
Artículo
«Al final, el Partido anunciaría que dos y dos son cinco y habría que creerlo. Era inevitable que llegara algún día al dos y dos son cinco. La lógica de su posición lo exigía. Su filosofía negaba no solo la validez de la experiencia, sino que existiera la realidad externa. La mayor de las herejías era el sentido común». La frase no es mía, claro, es de 1984, la conocida novela de George Orwell a la que hay que recurrir una y otra vez en estos tiempos en los que, como dice el británico, la realidad es la que dictan los otros.
Por momentos, solo por momentos, ha podido parecer que esa manipulación del dos más dos son cinco era cosa de la derecha. Y digo ha podido parecer, porque la realidad nos lleva, desgraciadamente, a la transversalidad de la manipulación. No había temas en los que coincidir a derecha e izquierda más que en el de la manipulación, por lo que veo. Me explico.
La realidad nos lleva, desgraciadamente, a la transversalidad de la manipulación
Dos situaciones muy dispares han tenido lugar con un par de días de diferencia y las dos, lo que no deja de ser sorprendente, con grabación de vídeo mediante, o sea, a priori, con pruebas evidentes para mostrar la manipulación. O, dicho de otro modo, evidenciar la verdad.
Una de ellas ha tenido como protagonista a la ministra Margarita Robles. Sucedió en la reunión que mantuvo con el embajador estadounidense, Benjamín León Jr., poco después de la agresión a Irán por parte del ejército estadounidense e israelí. El día del citado encuentro empezó a correrse la voz desde distintos perfiles de la derecha, e incluso de fuentes oficiales de la derecha, de que la ministra decía «yo estoy con Trump» en un momento de la conversación. Vídeo visto varias veces, es evidente que lo que dice la ministra es «yo estoy cómoda», en una conversación típica para romper el hielo sobre la temperatura de la sala. Nunca dijo «yo estoy con Trump», se lo inventaron.
El otro lo ha protagonizado Sarah Santaolalla. Un vídeo que grabó alguien del grupo de personas que la rodean –desconocemos la autoría, porque ella se limita a grabarse los pies, como si solo con los audios pudiera mantener su relato posterior–. En el vídeo no hay duda de lo que sucede, un grupo de personas rodean a Santaolalla, afines y no afines, vemos que se aproxima el agitador Vito Quiles, que la increpa, y ella se defiende increpándole a él. De pronto, sin más –insisto en que se ve todo en el vídeo– oímos a Santaolalla decir: «Me están pegando». A partir de ahí, de ministros a periodistas, todo el mundo salió en «apoyo» a «la agredida». He visto el vídeo varias veces, casi tantas como he visto a Santaolalla con un cabestrillo. El juez del juzgado no ha considerado que hubiera lesión consecuencia de… nada, y el cabestrillo que luce no se acompaña de un parte de lesiones. Sin embargo, el mantra, el relato no varía, en programas, desde perfiles de izquierda, todo eran aspavientos por la «agresión». ¿Críticas? Las menos. Porque si hay que decir dos y dos son cinco, se dice, cómo cuestionar la agresión a una mujer.
Mantener el relato, en nuestros días, tiene mucha más importancia que ceñirse a la verdad
Parece evidente que mantener el relato (antes decíamos «montarse una película»), en nuestros días, tiene mucha más importancia que ceñirse a la verdad, que los comentarios en redes corren mucho más rápido que las posteriores aclaraciones y que tiene más vigencia que nunca aquello de que «que la realidad no te estropee una buena noticia». Convenía apoyar a Santaolalla porque en vísperas del 8M no era «políticamente correcto» decir que una mujer inventaba una realidad paralela, mucho más si el supuesto agresor es evidente que no parece el ejemplo ético de nada; como también convenía, entre la tropa de la derecha, desacreditar al gobierno, y qué mejor que con la ministra de Defensa, para poner en evidencia «una falta de coherencia» respecto de las últimas declaraciones de Pedro Sánchez que se ha negado a colaborar en la guerra de Irán.
¿Lo siguiente? Lo que convenga en cada momento. ¿El drama consecuencia de todo esto? La sensación de que lo que menos importa es la verdad y que todo es rédito, presente o futuro, electoral. Va siendo hora de que la mayoría abandonemos la bandera militante o al menos no le demos prioridad frente a la bandera de la verdad. Sí, incluso si la verdad supone no darle la razón a aquellos que, quizás, están más cerca nuestros ideológicamente. No sé si es mucho pedir.
COMENTARIOS