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«La hipercomunicación digital destruye el silencio. La información hoy es un ruido», escribe Byung Chul-Han en su último ensayo.  

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04
marzo
2026

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Desde el punto de vista estructural, otra de las causas de la crisis de la religión es la pérdida del silencio. La nuestra es una época de ruido. Nietzsche habría podido decir perfectamente: «El ruido ha matado a Dios». De hecho, él ya acusó al creciente ruido de ser el responsable de la crisis del pensamiento. El genio de la atención necesita silencio: «Más vale sordo que ensordecido. Antiguamente trataba uno de hacerse un buen nombre. Hoy esto ya no es suficiente porque el mercado se ha vuelto demasiado grande, por lo que es necesario hacerse oír a gritos. El resultado es que hasta las mejores gargantas se desgañitan, y que se ofrecen los mejores artículos con voces enronquecidas. Así, el genio ya no se reconoce sin gritos de mercado, sin ronquera. Sin duda corren malos tiempos para el pensador; ha de aprender a aprovechar el silencio que se produce entre dos ruidos y a hacerse el sordo hasta acabar siéndolo realmente. Hasta que lo aprende, corre el riesgo seguro de morirse de impaciencia y de dolores de cabeza».

En nuestros días, el mercado se ha vuelto aún más extenso y estridente. El mundo entero se está convirtiendo en un ruidoso mercado. Hoy todo es una mercancía. Por eso todo es bullicioso y reclama a gritos atención. La vida misma adquiere forma de mercado y mercancía. Cada persona es ya empresaria de sí misma y se produce y se presenta a sí misma constantemente, hasta acabar pareciéndose a un mercader que pregona sus artículos. Al capitalismo no le gusta el silencio. Cuanto mayor es la productividad, más ruido se genera. El ruido multiplica el capital. O el capital hace ruido para multiplicarse. El silencio no produce. La presión neoliberal del rendimiento y la optimización, como presión interna que es, enferma al alma al someterla a un exceso de ruido. Las presiones internas producen en el alma un estruendo mayor que el que desencadenan las presiones externas. Le impiden alcanzar la serenidad. El síndrome de desgaste profesional se asemeja a una pérdida súbita de audición provocada por el ruido interno. No oímos ese silencio de dentro que nos hace felices. Ya lo decía Simone Weil: «No hay dicha comparable a la del silencio interior».

Cuanto mayor es la productividad, más ruido se genera

La hipercomunicación digital destruye el silencio. La información, como tal, es un ruido. Hoy en día lo percibimos todo desde la perspectiva de la información. De ese modo, la inmundicia de la información y la comunicación cubre el mundo con su ruido. La información, en tanto que ruido, arrasa la atención. Solo la atención contemplativa puede acceder al silencio. El estruendo de la información y la comunicación que asalta al alma es mucho más destructivo que el estruendo de las máquinas de la modernidad. El espíritu necesita silencio para producir o para recibir algo que sea completamente distinto. En el espacio de la creación reina el silencio. El estado contemplativo del espíritu es un estado de suspensión, un estado liminar en el que, por un tiempo, lo ya conocido o moldeado se interrumpe y deja margen para que surja algo totalmente diferente. Así, la poesía sitúa a la lengua en un estado contemplativo «en el que el idioma ha desactivado su función comunicativa e informativa o […] en el que el idioma está en paz consigo mismo, contempla sus capacidades lingüísticas y, de esa manera, se abren ante él nuevas posibilidades de uso». Si, por el contrario, el idioma se agota ejerciendo su función de información y comunicación, no habrá lugar para la poesía, para la renovación de la lengua.

El silencio contemplativo también permite al pensamiento observarse a sí mismo y producir así nuevas formas de pensar. En ese sentido, la filosofía se asemeja a la poesía. El espíritu solo es receptivo a lo completamente distinto cuando se vacía y renace del silencio: «La atención consiste en suspender el pensamiento, en dejarlo disponible, vacío y penetrable al objeto […]. Y, sobre todo, la mente debe estar vacía, a la espera, sin buscar nada, pero dispuesta a recibir en su verdad desnuda el objeto que va a penetrar en ella». Solo el silencio acerca el espíritu a la creación. La comunicación ruidosa, en cambio, bloquea cualquier acceso al silencio. Y, sin silencio, continúa lo mismo. El silencio es la matrona de lo nuevo. De ese modo, la pérdida del silencio no solo provoca una crisis de la religión, sino también una crisis del espíritu, esto es, una crisis del pensamiento y de la poesía.


Este texto es un extracto de ‘Sobre Dios’ (Paidós, 2025), de Byung-Chul Han.

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