Monjamanía: para lo que nos queda en el convento
En el sex appeal de la vida de monja hay algo más profundo que el estrés, la explotación laboral o el cansancio extremo. La sublimación de la vida en común de los conventos es en verdad una paradoja, porque quienes se salvan son los integrantes de esa selecta colectividad que ha decidido dar la espalda al mundo.
Artículo
Si quieres apoyar el periodismo de calidad y comprometido puedes hacerte socio de Ethic y recibir en tu casa los 4 números en papel que editamos al año a partir de una cuota mínima de 30 euros, (IVA y gastos de envío a ESPAÑA incluidos).
COLABORA2026
Artículo
En un capítulo de la nunca del todo bien apreciada Seinfeld, el personaje de Elaine coge prestado el coche de su novio y, al poner la radio, descubre que todas las emisoras presintonizadas son de rock cristiano. Preocupada y sorprendida por la posibilidad de que su pareja sea religiosa, pese a que nunca ha hablado de religión con él, comparte su perplejidad con sus amigos, quienes le ofrecen explicaciones alternativas. «A lo mejor compró el coche de segunda mano y le dio pereza reprogramar el dial», dice Jerry. «Eso es —responde Elaine, aliviada—: mi novio es un vago». George dice que el rock cristiano es optimista, es decir, perfecto para mentes simples. «Eso es —responde Elaine, esperanzada—: mi novio es idiota». Jerry le pregunta cómo es posible que un novio vago o idiota le parezca mejor que uno religioso, a lo que la aludida responde: «La pereza y la idiotez son cosas que entiendo; la religiosidad, no».
Elaine es un personaje que me representa casi siempre (una vez rompió con ese mismo novio porque este no llevaba un libro para leer en un viaje largo de avión; le pareció insoportable que alguien se quedase seis horas en silencio mirando el asiento de delante), pero con esto de la religión nos representa a muchos, sobre todo a quienes pasamos ya largos de los cuarenta y empezamos a ver Seinfeld cuando lo emitía Canal Plus. Entendemos muchas cosas, hemos sido educados en la tolerancia y la empatía hacia casi todo, aunque las ansias religiosas se nos escapan.
No pierdo de vista que lo religioso está en todas partes: la política, el forofismo futbolero, el nacionalismo, cualquier expresión de tribalismo y buena parte de los activismos sociales se expresan en términos de fe y fidelidad indistinguibles del funcionamiento de una iglesia. Todos tienen su ortodoxia, sus pontífices, sus sacerdotes, su inquisición, su catálogo de tabúes y pecados y sus herejes. Hasta un concierto de Bad Bunny es en realidad una misa, como lo es cualquier liturgia cultural. Pero una cosa es comprender que las actitudes religiosas dan forma a lo colectivo y lo público, y otra muy distinta que la religión se ponga de moda incluso en sus formas más fanáticas y enclaustradas. No quiere decir esto que la historia de Los domingos suceda en todas partes, ni que los conventos hayan colgado el cartel de «no hay celdas», ante la avalancha súbita de vocaciones. Ya sabemos que las iglesias y los monasterios siguen tan vacíos como hace veinte años, si no más. Pero la vida que prometen y representan ofrece unos atractivos insospechados hace años: cada vez hay más Elaines que descubren, al conducir el coche de su novio, que este solo escucha rock cristiano.
Quien dice rock cristiano, dice el podcast de Las hijas de Felipe, por ejemplo, de las historiadoras Ana Garriga y Carmen Urbita, pioneras de la monjamanía y editoras del reciente Instrucción de novicias, que mezcla la reinterpretación feminista de la historia hispánica del barroco con la autoayuda inspirada en la reclusión conventual de las mujeres. Una Elaine de hoy podría descubrir también que su pareja devora libros de narrativa y de ensayo que ensalzan el convento como comunidad deseada al margen del mundo, y quizá le sorprenda, como me ha sorprendido a mí, encontrarme a cada vez más intelectuales (trabajadores intelectuales, quiero decir, no me refiero a Zola escribiendo un J’accuse! cada semana) que se retiran en vacaciones a un monasterio, quizá no para orar ni laborar, pero sí para purgarse de las urgencias cotidianas con un régimen de silencio y deambulación por el claustro.
No soy del todo insensible. Aunque comprendo mejor la pereza y la idiotez que la religiosidad, aún alcanzo a entender la necesidad de calma y apartamiento. Para eso inventaron los domingos y las vacaciones pagadas. Entiendo también que el deterioro del trabajo ha hecho que los domingos y las vacaciones pagadas ya no sean derechos inalienables para muchos pluriempleados y autónomos, sino lujos casi inalcanzables. La necesidad de desconexión es mucho más fuerte para quien siente que no le dejan desconectar nunca. Pero creo que en el sex appeal de la vida de monja hay algo más profundo que el estrés, la explotación laboral o el cansancio extremo.
El convento es una huida: no busca una solución a los problemas sociales, sino una escapatoria individual
Percibo una negación imperiosa del mundo que se expresa a través de una paradoja: se exalta lo comunitario —buena parte de la armazón epistemológica del neomonjismo alude a la pérdida de los lazos comunales y a la dilución del individuo en una no-sociedad— para abrazar un nuevo individualismo. El convento es una huida: no busca una solución a los problemas sociales, sino una escapatoria individual. Impotente y desentendida de la sociedad, esta pasión por la vida retirada es una respuesta que encaja a medida en el marco de la ideología neoliberal, que reniega de la acción colectiva y exige que cada cual se solucione su vida. La sublimación de la vida en común de los conventos, como una especie de falansterios del socialismo utópico, es en verdad una paradoja, porque quienes se salvan son los integrantes de esa selecta colectividad que ha decidido dar la espalda al mundo.
La religión no ofrece tanto consuelo o sentido ante el caos, como sensación de inmunidad, un espacio seguro como los que propugnaba el activismo woke de las universidades americanas, un sitio donde la porquería del mundo no pringue y sea posible alguna forma de pureza y elevación.
Me cuesta mucho comprender este impulso porque, como Elaine, me enseñaron a vivir en medio del ruido. Crecí renunciando al sentido y al orden, y prefiero infartarme de estrés que amodorrarme de aburrimiento. Porque me importa el mundo y me interesa lo que sucede en él y desconfío de quien se aparta mucho y muy lejos, en busca de quién sabe qué perfección. Mi camino, como el de los personajes de Seinfeld, es la improvisación y lo imperfecto, transitado con ironía y un poquito de desencanto preventivo. Nada de eso cabe en una misa ni en la cama estrecha de una celda monacal.
COMENTARIOS