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María José Solano

«La belleza es una forma de rebeldía»

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10
abril
2026

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Durante los viernes correspondientes al periodo de confinamiento, esas semanas en las que el tiempo se invistió de otros hábitos, usanzas, rutinas, se fueron publicando en Zenda distintos relatos sustentados en una voluptuosidad elegante, firmados, de manera alternante, por I. Adler (María José Solano, Sevilla, 1975), la mujer que descolocó a Sherlock Holmes, y J.C. Pursewarden (Jesús García Calero, Segovia, 1965), uno de los protagonistas de ‘El cuarteto de Alejandría’, de L. Durrell. La editorial Reino de Cordelia las ha reunido para su colección Paladares, en un libro con hechura de objeto, ‘Geografía del deseo’. Hablamos con Solano sobre la naturaleza del deseo, su cartografía, así como de su próximo libro, ‘La RAE para lectores curiosos’ (Almuzara).


El deseo, ¿se maneja mejor con brújula o con mapa?

Depende de lo que quieras hacer con él. La escritora que soy se maneja mejor con mapa que con brújula, no soy de maquinaria, soy de papel, no me fío del artilugio, prefiero la bidimensionalidad, la capacidad de imaginar cosas que no existen. El erotismo de Geografía del deseo está construido sobre mapas imaginarios.

¿Qué predisposición de ánimo se requiere para que la literatura encienda el tacto de quien lee?

Que encienda el tuyo propio. Me preguntaban el otro día si, cuando escribía, me excitaba. Por supuesto que sí, me excito, si tú no te lo crees, cómo lo vas a hacer creer al lector. Uno debe probar primero el bebedizo y después dárselo a beber a quien quieras, pero si no pasa por ti, no es real.

«Si no hay imaginación en la vida, literatura incluida, no hay materia para poder escribir»

Pienso en su relato sobre Ulises, el héroe que «navega incansable el Ponto oscuro», ¿cuánto de aventura, de imaginación implica el deseo?

Todo, absolutamente todo, si no hay imaginación en la vida, literatura incluida, no hay materia para poder escribir; si no hay un mundo en el que construir cosas que no podrían existir, no habría escritura ni lectura. La escritura se alimenta de los retículos que los escritores te dejan para que construyas la lectura. Conrad decía que la mitad del libro lo escribe el escritor y la otra mitad, el lector. En mi caso, dejo más de la mitad al lector, porque la lectora que soy quisiera quedarse con más espacio para construir; esta es una forma de leer más maravillosa y satisfactoria que escribir.

Por cierto, esa mujer que fascina al cardenal en uno de sus relatos, una mujer «culta, hermosa, obediente inteligente, peligrosa…» ¿Cómo es y cómo se reconoce a una mujer peligrosa?

Cuando, literariamente hablando, a propósito del mapa de la imaginación, es capaz de vencer con sus armas de mujer, y como ahora eso es tan políticamente incorrecto, me parece fascinante decir que utilice su sensualidad, sexualidad, inteligencia, su cuerpo, su imaginación, su biografía y sus lecturas para seducir y conseguir el objetivo que se proponga, aquella mujer que lo maneja todo con la fiereza que te da saber que otras mujeres ya lo hicieron, mujeres admirables como maestras de tu propia forma de manejar el sable; sin esas maestras, todo está perdido. Mi personal Milady prestada, imaginaria, es una de esas maestras para mí. Otra sería el pseudónimo que utilizo en el propio libro, Irene Adler.

«Me interesa la belleza de hoy que se alimenta de belleza de ayer»

Hay una militancia, me parece, en todos sus libros en la belleza, por tanto verdad, porque los clásicos la acompañan en su manera de mirar. ¿Es el único territorio que nos queda, la belleza?

La belleza es una forma de rebeldía. Quizás por deformación profesional, como historiadora del arte, pienso que las múltiples teorías de las formas de belleza se contraponen en un palimpsesto y el resultado es lo que uno ha ido escribiendo encima. Me interesa la belleza que tiene estratos, la belleza arqueológica, la belleza de hoy que se alimenta de belleza de ayer. Soy una mujer que participa de la belleza que ha heredado conscientemente y traducido y traído al presente, decantándola, porque hay cosas que ya no sirven. Se trata de quedarse con la pepita de oro de todas esas bellezas que han sido a lo largo de la historia, que brilla con luz propia, en las cosas y las personas, una belleza singular, que tiene que ver con una forma de cocinar, de sentarse, de vestirse… o todas juntas.

Un binomio que también surge una y otra vez en su obra son los viajes. ¿De dónde se parte cuando se escribe y a dónde llega uno?

Uno es lo que sueña, más lo que escribe, más lo que vive y lo que lee. Se va ensanchando a medida que haces todo eso, más lo que sueñas, y se llega a la misma conclusión que llegaron nuestros abuelos, los griegos, los romanos, que la muerte que nos une a todos, y que por el camino hay tanta belleza que debes cumplir con la ley no escrita de disfrutarla.

¿Qué distingue el deseo del que escribe del deseo de quien lee?

Espero que no haya distinción, pero nadie pone lo que no tiene, cuando uno se asoma a un cuadro o un libro o una persona vuelca en ello lo que tiene, por tanto, cada uno hace una lectura diferente; no pretendía en ningún momento acercarme al lector, sino realizar una exploración sobre mi manera de construir el lenguaje, no hay tanto una obsesión por construir un encuentro erótico bueno, hermoso, como un atrevimiento del ejercicio literario de ver si soy capaz de transmitir, en un caudal léxico limitado, el erótico, un atrevimiento. Jesús y yo hablamos mucho sobre esto, sobre si seríamos capaces, y había más cuestionamiento sintáctico y lingüístico y literario que erótico y, por supuesto, el lector quedaba fuera. Estos relatos se publicaron los viernes durante la pandemia y obteníamos a tiempo real la respuesta del público, sobre todo de agradecimiento, porque, gracias a Dios, ya se nos ha olvidado, pero fueron tiempos duros, tristes, oscuros, desesperados. Y la gente lo agradecía.

«El sexo, manifestado carnalmente, es una de las grandes creaciones de dios»

A propósito de ese «gracias a Dios», ¿cómo se entrevera el deseo con lo sagrado?

Está directamente relacionado, no solo en lo evidente, generar vida, el gran milagro de la naturaleza, sino que, además, está en los libros sagrados de las tres grandes religiones, y por supuesto en los libros paganos. En el principio fue el amor. En las teogonías griegas el amor es el creador, el que insufla la forma en el caos. El sexo, manifestado carnalmente, es una de las grandes creaciones de dios. La bendición de Dios es el Hijo, engendrado de una mujer mayor. Eso es lo que construye nuestra civilización.

Cuando le cuenta a su hijo las vicisitudes de la RAE, qué le preocupa más ¿Qué aprenda el amor a las palabras, que cuide cómo usarlas, el acato a las normas…?

Mi hijo tenía 10 años cuando lo llevé el edificio de la academia y le expliqué, con anécdotas y ocurrencias, lo que significaba, pero no acabada de entenderlo, por eso quise contar la historia, para inculcarle el amor por la literatura, porque el análisis sintáctico, la lengua que se enseña en coles e institutos es disección de un cadáver; en cambio, la literatura es la vidia. Si no amas la literatura no puedes amar el lenguaje. Cuando se enseña sintaxis hay que explicar de dónde viene, porque si no, es como hablar del abuelo sin enseñarles fotos.

¿Consiguió que amara la literatura?

Sí, conseguí que mi hijo fuera lector, sobre todo de Camus, un autor que yo no he amado.

Es curioso que las directrices de las instituciones de referencia en otros ámbitos (por ejemplo, el Banco de España) no se ponen en duda, mientras que la autoridad de la RAE siempre está en disputa…

Ha sido así desde que nació. De hecho, dedico un capítulo a los odiadores de la academia, que antiguamente eran muy virulentos, y sus disputas podían durar días, semanas, meses, se escribían libros poniendo verdes a los académicos. También en Francia cuecen habas con sus inmortales, pero aquí, en España, cualquier oposición a la norma es un género en sí mismo. Aquí la unidad nunca ha existido, ni existirá. Con todo, la RAE hace un trabajo que deberíamos valorar, ha conseguido unificar el español, que utilizan más de 600 millones de hablantes, algo que no han conseguido ni el portugués (lengua que también cruzó el Atlántico) ni el inglés. Es un esfuerzo ingente el que hace la RAE por unificar y mantener la lengua dentro del mismo barco. Hay que estarle infinitamente agradecidos.

«La RAE ha conseguido unificar el español, algo que no han conseguido ni el portugués ni el inglés»

De este periplo por la historia de la institución, de entre los sillones vacantes durante cuarenta años (el de Gregorio Marañón), la escasez de mujeres, las negativas sonadas (la de Luis Alberto de Cuenca), lemas, emblemas…, ¿cuál es su lance más querido?

Destacaría ese trabajo de bordado fino de comunicación, de puente importantísimo e indispensable entre América y España; sin la Asale, la Asociación de Academias de la Lengua Española, no sería posible construir eso, es un trabajo magnífico y único en el mundo. Hay millones de anécdotas, en mi libro trato de atraer al público con una bibliografía, para que profundice en aquello que más le interese. Me gusta mucho el caso de Zorrilla, que se arruina veinte veces, se hace millonario otras tantas, malvende los derechos de autor de Don Juan Tenorio, era un vividor, un mujeriego, lo propusieron como académico, no acudió, se enfadaron y retiraron su candidatura; al tiempo, volvieron a proponérselo, y entró, y su discurso lo hizo en verso, fue una de las conferencias más singulares, junto con la de Arturo Pérez Reverte. Sus ripios eran maravillosos, brillan. Después muere en la indigencia y la RAE se encarga de su entierro, y del traslado de Madrid a Valladolid.

Por cierto, si usted fuera aprobada como miembro, ¿sobre qué versaría su discurso de ingreso?

Cuando eligieron a Arturo Pérez Reverte, lo eligieron por ser capaz de modificar el lenguaje creando un mundo, el alatristesco, que recupera la memoria del XVII y crea un héroe inmortal, con lenguaje híbrido, de gran sonoridad. Él hizo su discurso a partir de una novela corta contada con el lenguaje de un bravo, propio de las cárceles del XVII y del Mediterráneo, una mezcla de genovés, castellano, latín… En mi caso, haría un viaje por los libros del diablo y la carne, de los falsos académicos, de las mentiras que han construido verdades ya inamovibles, como el retrato de Cervantes atribuido a Jáuregui o El Buscapié, atribuido a Cervantes.

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