Anna Gener
Sobre la belleza
La belleza tiene un gran impacto en nuestro bienestar y en nuestras emociones. Por ello, en momentos de especial dificultad, nos puede ayudar a mejorar nuestro estado de ánimo, posibilitando que nos sintamos mejor.
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Desde los filósofos griegos nos preguntamos por qué algunas cosas nos parecen bellas y otras no. Grandes pensadores han reflexionado al respecto y han destinado sus obras a descifrar la belleza, pero no han logrado definirla con precisión. Sin embargo, la sabemos reconocer; en el transcurso de la historia, determinadas obras, determinados objetos y determinados edificios han sido admirados por su belleza de manera ininterrumpida durante siglos.
El busto de Nefertiti – cuyo nombre significa «la bella ha llegado» – tiene más de tres mil años de antigüedad. ¿Cómo es posible que un objeto tan frágil haya sobrevivido a guerras, catástrofes naturales y mil vicisitudes? Esta especie de milagro ha sido posible porque en el transcurso de la historia siempre ha habido alguien que se ha preocupado de proteger y conservar este objeto para que llegara a nuestros días y pudiéramos disfrutar de su belleza.
Del mismo modo, los edificios bellos sobreviven al paso del tiempo porque se consideran merecedores de ser contemplados y disfrutados por las siguientes generaciones. Es el caso del Partenón de Atenas, del Coliseo de Roma, de la Pirámide de Giza, de Notre-Dame de París, de la Sagrada Familia de Barcelona, del Chrysler de Nueva York y de tantos otros edificios que consideramos que nos explican. Son, en definitiva, la herencia que hemos recibido y que queremos legar a los que nos sucederán.
Los edificios bellos pueden cambiar de uso, pueden oscilar entre épocas de decadencia y épocas de vigorosa rehabilitación, pero tienen vocación de eternidad. En cambio, los edificios que sólo son útiles suelen ser derribados para ser substituidos por otros; nos han servido, pero no los consideramos merecedores de ser recordados.
Los edificios bellos pueden cambiar de uso, pueden oscilar entre épocas de decadencia y épocas de vigorosa rehabilitación, pero tienen vocación de eternidad
En este sentido, es remarcable el caso del Pabellón que Mies van der Rohe y Lily Reich diseñaron en representación de Alemania para la Exposición Universal de 1929, celebrada en Barcelona. Al igual que el resto de pabellones que se construyeron para la ocasión, el Pabellón Alemán fue desmontado completamente a la finalización de la Exposición.
A pesar de su naturaleza efímera, el Pabellón de Mies y Reich siguió siendo recordado por cuantos lo habían visitado. Asombrosamente, también era recreado en la imaginación de muchas personas que no llegaron a verlo, pero que habían oído hablar de él. Tal fue la huella que dejó, que a pesar de su inexistencia física, se convirtió en un referente clave para la historia de la arquitectura del siglo XX, adquiriendo la consideración de exponente crucial del Movimiento Moderno. Por todo ello, al cabo de unos 50 años, a iniciativa del arquitecto Oriol Bohigas, se reconstruyó el Pabellón en su emplazamiento original de Barcelona, a partir de los planos que había dejado Mies van der Rohe, por lo que, afortunadamente, a día de hoy podemos disfrutar de su belleza.
La voluntad de proteger y hacer perdurable «lo bello» explica la importancia que manera instintiva otorgamos a la belleza. Queremos que nuestros hijos la disfruten, así como los hijos de nuestros hijos, y así sucesivamente, generación tras generación. Porque la belleza contiene nuestra civilización, nuestro anhelo de trascender y nuestro deseo de felicidad.
Ante la dificultad, belleza
«Vengo a abrir mi corazón a la belleza y a intentar calmar nuestras heridas emocionales». Teodor Currentzis, sobre el Réquiem de Mozart.
En la época en la que estuvimos confinados por el coronavirus se produjo una gran transformación en mí. A la ansiedad derivada de la situación, se le sumaban jornadas extenuantes de teletrabajo, que me dejaban sin energía y con una gran impotencia. Pasaban los días y la incertidumbre persistía. Sufría por la continuidad de los puestos de trabajo de mi entorno profesional, me sentía incapaz de encontrar soluciones que nos protegieran.
En esos días de confinamiento, llena de angustia e inquietud, de un modo intuitivo empecé entrar en las páginas web de los principales museos del mundo. Acudía a menudo a la página de la Galería Uffizi para contemplar ‘La Primavera’, de Botticelli. En aquel momento no sabía muy bien por qué recurría a este hábito, pero en cuanto pude salir a la calle y recuperar la normalidad lo vi claro: tenía hambre de belleza. La primavera de 2020 la pasamos encerrados, pero yo traje ‘La Primavera’ a mi vida para salir de la angustia vital en la que me encontraba.
La belleza tiene un gran impacto en nuestro bienestar y en nuestras emociones. Por ello, en momentos de especial dificultad, nos puede ayudar a mejorar nuestro estado de ánimo, posibilitando que nos sintamos mejor.
También en situaciones de dolor extremo, la belleza es capaz de proporcionar consuelo y destellos de felicidad.
Este texto es un extracto de ‘Sobre la belleza’ (Libros La Vanguardia, 2025), de Anna Gener.
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