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Jean Baptiste del Amo

«Es un error pensar que la literatura tiene una vocación terapéutica»

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15
abril
2026

La literatura de Jean Baptiste del Amo (Toulouse, 1981) gira en torno a varios temas recurrentes: la violencia, la memoria y el cuerpo. El escritor francés logra en cada una de sus novelas unir lo salvaje con lo íntimo, pero también lo racional con lo irracional, el placer y el miedo. Del Amo es ganador de prestigiosos premios literarios como el Goncourt o el FNAC 2022, y una de las firmas más aclamadas en Francia actualmente. Su última novela, ‘La noche devastada’ (Seix Barral) es un homenaje al género del terror y también una historia donde retrata a la clase media francesa de la década de los 90 a través de un grupo de adolescentes en el extrarradio de Saint-Auch, a las afueras de Toulouse.


La violencia parece el estado natural en sus obras. ¿Qué relación tiene con ella?

Siempre me interesó, vivimos en un mundo extremadamente violento. Nuestra humanidad demuestra cada día lo violenta que puede llegar a ser. Me interesa ver cómo los individuos en soledad no son malos por naturaleza, pero cuando se juntan en grupo y crean una sociedad, despliegan una voluntad evidente por controlar a los demás. Para mí sigue siendo un misterio la violencia sistémica en la que vivimos inmersos, y la literatura me permite cuestionar cosas que me preocupan.

Llama la atención, en su última novela, cómo describe una violencia ajena a lo físico. Una violencia silenciosa, que estriba en lo que se oculta.

Sí, porque muchas veces la violencia se ejerce de una forma sibilina y no es inmediata. Existen formas de violencia económica, familiar o social donde no hay golpes físicos, pero sí mucho dolor. He trabajado mucho sobre el concepto de la herencia, cómo la violencia puede transmitirse de padres a hijos. Creo que hay una violencia patriarcal en un mundo dominado por los hombres. Y esa violencia puede ejercerse a través del silencio también.

¿De dónde sale ese interés por la familia y las herencias?

Es una obsesión personal que viene de mi historia familiar, que es una historia de exilio de España a Francia. Hay una gran parte de mi historia que se perdió en ese exilio, y me he preguntado mucho por ese vacío en mi infancia y adolescencia. También tiene que ver con las figuras patriarcales en mi familia, hombres que no hablaban mucho de sus sentimientos, a los que les costaba demostrar afecto.

«El feminismo está cada vez más presente en nuestra sociedad, pero hay que tener cuidado porque podemos volver atrás»

En su obra refleja ese perfil de hombre rudo que ejerce una violencia patriarcal. ¿Cómo ve la lucha feminista actual?

Cuanto más se emancipan las mujeres, mayor es la reacción del conservadurismo y el machismo. Ningún combate por la igualdad social está ganado para siempre, hay que estar vigilantes. El feminismo está cada vez más presente en nuestra sociedad, pero hay que tener cuidado porque podemos volver atrás. Soy poco optimista, veo un mundo que no me gusta y un resurgimiento de extremismos en toda Europa. A veces el tiempo parece estancado, hay quien prefiere ignorar los avances.

Hablando de tiempo, ha situado su última novela en los años 90, una época donde la tecnología no era tan protagonista como ahora.

Sí, y fue una decisión consciente. Fue una suerte vivir mi adolescencia sin esa adicción al teléfono móvil. La tecnología tiene muchas cosas buenas, por ejemplo los adolescentes homosexuales pueden encontrar una comunidad, algo que antes era impensable. Antaño, sin apps, crecían de una manera muy solitaria. La tecnología nos abre a otros mundos, pero la ausencia de ella, y en particular del teléfono móvil, nos permitía aburrirnos. Ahora parece que aburrirse es algo negativo, pero es importante aprender a aburrirnos. La tecnología ha cambiado la forma en la que deseamos.

«Es importante aprender a aburrirnos»

Menciona el deseo, algo que va relacionado con el cuerpo. En su obra diferencia claramente el deseo físico de la conexión emocional en las relaciones sentimentales, y plantea la difícil comunicación entre los seres humanos.

La existencia humana es para mí la experiencia de una forma de incomunicación. Y el deseo y el cuerpo son dos temas que me interesan. Creo que tienen que ver con nuestra identidad, y la literatura permite plantear preguntas en torno a ello. Y sí, pienso que el deseo físico no siempre tiene que ver con algo sentimental. A veces encasillamos algunos temas por prejuicios o por estereotipos. A mí me gusta plantear cómo podemos liberarnos de una serie de cuestiones que nos vienen impuestas, como el físico que heredamos, la sexualidad que desarrollamos, las relaciones familiares o nuestra forma de relacionarnos en pareja.

En sus novelas, el amor aparece reflejado de un modo original. ¿Qué visión tiene de este tema?

Para mí el amor es una ficción. Sucede cuando uno decide escribir una historia conjunta con otra persona, y eso implica elegir a esa persona por encima de las demás y redactar esa ficción juntos. El amor puede comenzar por una atracción física inmediata, pero a largo plazo, el deseo nunca se mantiene igual, y uno tiene que ver qué prioriza. Hay algo que para mí es evidente, y es que el otro siempre será un misterio. Da igual que dos personas compartan su vida durante cincuenta años, nunca llegarán a conocerse del todo, y eso es tan fascinante como angustiante.

Eso tiene mucho que ver con la soledad, otro tema que reluce en su obra.

Todos buscamos huir de la soledad, pero al final vamos a morir solos. Naces solo y mueres solo. Hay un gesto desesperado en ir hacia otra persona y buscar que te complete, es algo humano y tiene una parte muy tierna. Nuestra vida es realmente muy corta, y hay un punto dramático y poético en ese intento nuestro de intentar conectar unos con otros.

De hecho, en La noche devastada queda claro cómo la presión grupal y colectiva, ese afán por pertenecer a un grupo, puede destrozar a las personas.

Efectivamente, y esa es la ambigüedad de nuestra sociedad. Estamos definidos y condicionados, nos guste o no, por dinámicas sociales y culturales que no elegimos. Podemos ser conscientes de ello, pero no sé si podemos huir de ello. Necesitamos a los otros, y muchas veces nos podemos ver inmersos en un auténtico infierno con tal de intentar encajar en un grupo. ¿En qué medida somos libres de nuestras elecciones, en qué medida podemos escapar de nuestro contexto? Esas preguntas me interesa plantearlas a través de los personajes.

Personajes como Max o Lena, adolescentes con la vida por delante, están en plena transición. ¿Qué cree que se pierde con el paso de los años?

Quizá la inocencia… Aunque yo nunca fui ingenuo, desde muy pequeño fui consciente de la gravedad de la existencia. Tuve que vivir en secreto, con el miedo del rechazo de los demás, y eso es algo que no dejó sitio para mi inocencia. Sin embargo, cuando era más joven sí gozaba de un sentimiento de encanto por el mundo que he perdido con los años. He perdido la capacidad de sentir alegría, y cuando la siento es porque recuerdo cosas del pasado que me hicieron feliz. Me nutro de recuerdos felices.

«El campo es un refugio para mí, es un lugar de conexión con la naturaleza, pero si me quedo mucho tiempo, me siento encerrado»

Usted vive en el campo, y la naturaleza aparece como un pilar de su literatura.

Pienso en Virginia Woolf, que se debatía entre su deseo de vivir en Londres y su afán por vivir en el campo. Vi un documental que me partió el corazón, donde explica que no soporta su vida en el campo y decide coger un tren a Londres, y su marido aparece en la estación y le recuerda que fue ella quien decidió mudarse allí. Virginia le dice que muere en ambos sitios, que no hay elección buena posible. A mí me pasa algo parecido, me encanta la violencia y el bullicio de las grandes ciudades, y a la vez me mata. El campo es un refugio para mí, es un lugar de soledad, de conexión con la naturaleza, pero si me quedo mucho tiempo, me siento encerrado.

Escribe a menudo de temas angustiantes, utiliza un lenguaje literario crudo, incluso desagradables.

La literatura no tiene que ser obligatoriamente un terreno de cosas agradables. Es un error pensar que la literatura tiene una vocación terapéutica. Por supuesto que puede enseñarnos el lado bello de la vida, pero también es una vía para ahondar en nuestras zonas más oscuras. A mí los libros que me han definido como lector son aquellos que me han interrogado sobre cosas que me dolían, a veces incluso me han desagradado. De hecho, los libros más importantes de mi vida no son aquellos con los que he disfrutado y lo he pasado bien, sino más bien al revés. A menudo me he enfadado con ellos, pero al final lo que queda es la sensación de una experiencia poética. Baudelaire me enseñó eso: que la literatura puede hablar de las cosas más triviales e infames y aun así desvelarte cosas valiosas de la belleza del mundo.

¿Cuándo escribe un libro piensa en transmitir esa experiencia a sus lectores?

En absoluto, de hecho no pienso en mis lectores cuando escribo. Intento centrarme más en la literatura de la experiencia. Creo que la literatura permite intentar descubrir quiénes somos realmente en este mundo y qué hacemos en él, con este cuerpo y esta identidad que nos ha tocado. Si no pudiera disponer del espacio de la literatura, no sé qué haría. Escribir es quizá la única cosa que da sentido a mi existencia.

¿Cómo vivió el fenómeno Dua Lipa y en general el reconocimiento público?

Me sorprendió enormemente, me hizo muy feliz. Que un libro que he escrito solo y recluido, en una lengua que no es la de Dua Lipa, nos permita encontrarnos y conversar es maravilloso. Los libros tienen ese poder que me parece mágico, el poder de conocer a gente de culturas diferentes. Es una riqueza increíble de mi trabajo. El reconocimiento público no me ha dado una plena seguridad en mí mismo y creo que nunca me la dará, porque con cada libro arriesgo y es una historia diferente.

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